Gabo: el costeño

“Costeño es, en cambio, y por el contrario, ese caballero un poco tímido, ligeramente retraído, vestido de negro, con chaleco y leontina…”. El Gabo Costeño por Juan Gossaín.

Siempre he dicho que el costeño verdadero no se lleva por fuera, sino por dentro. Como creo que el temperamento caribe es un estado de alma y no el color de una camisa floreada, y como pienso que eso es una forma de ser y no una manera de bailar, desconfío de esos costeñismos exteriores, estrambóticos y artificiales que se inventaron para descrestar a los ingenuos: costeño no es el que más grita ni el que más escandaliza ni el que dice más groserías inoportunas para abochornar a las señoras. Costeño es, en cambio, y por el contrario, ese caballero un poco tímido, ligeramente retraído, vestido de negro, con chaleco y leontina, que tocaba sonadas y romanzas en su violín, al pie de la ventana de su amada, en las páginas de El amor en los tiempos del cólera. Se llamaba Florentino Ariza, y hay que ver las diabluras que ese hombre solitario fue capaz de hacer, a la hora de la verdad, cuando la vida le dio la oportunidad de desquitarse con Fermina Daza en su viaje interminable por el río.

Ahora que lo pienso bien, me parece que en ese personaje, en su temperamento y su talante, en su engañosa aparienciaa asustadiza, hay mucha autobiografía del alma costeña de García Márquez.

Ramiro de la Espriella, uno de los primeros amigos de la adolescencia, en aquellos tiempos en que la familia García Márquez llegó de La Mojana a radicarse en Cartagena, recuerda que Gabito tenía cierta tendencia a la ropa chillona y el estropicio del vestido que los malos críticos sartoriales suelen confundir con la elegancia costeña. Una vez —dice Ramiro— el jovencito se presentó en su casa luciendo unas insólitas medias amarillas. Su padre, el de Ramiro, con la solemnidad de un abogado le dijo: “Joven García, se necesita mucho valor civil para ponerse esas medias”. Ha pasado medio siglo, pero desde entonces, en la familia De la Espriella se refieren a Gabito por aquel apodo adolescente: “Valor Civil’.

Unos pocos años después, cuando ya el muchacho era periodista en El Heraldo de Barranquilla, los taxistas del Paseo Bolívar, que son los hombres más sabios y mejor informados del mundo, y entre los cuales estaba Nicolás Márquez, un tío suyo, le pusieron el sobrenombre de ‘Trapo Loco”, porque no se quitaba las guayaberas verdes con rombos azules y morados, ni los pantalones negros con rayas rojas. La ropa, pues, es el símbolo de la transformación que ha sufrido el costeño inmortal que duerme en el alma y el atuendo de García Márquez. Hoy es un costeño de setenta años vestido de blanco, con un pantalón de lino holandés, de los que antes traían de Aruba, y unos mocasines sin medias. Pero hay tres cosas, en su orden, que lo delatan como costeño, aunque se esconda en el fin del mundo y aunque después de tantos exilios voluntarios o involuntarios hable con ese acento suyo, revuelto de cantante cubano, mecánico de Montería, licenciado mexicano y marinero catalán.

La primera: su manera de caminar. Es “aguajero” –como decían en los años cincuenta-, garboso y pisahuevo, eso es. Tal como los viejos barranquilleros de aquellas épocas —y de los cuales sólo quedan pocos ejemplares—, camina en la punta de los pies con cierto aire musical, sin afirmar toda la planta en el piso. Es una marca de fábrica, y nadie más camina así en este mundo.

La segunda: su sonrisa y su bigote, que forman un conjun to armónico. Ese bigote de la Sonora Matancera es inconfundible. Viene del Caribe. Y cuando se ríe con toda la boca, y con una risa fresca, que suena como un reguero de monedas en el suelo, boca y bigote le revelan a uno, aunque no lo sepa, que este hombre viene del salitre y del mar, de los puertos bucaneros, de la brisa que huele a marisma.

Pero aunque García Márquez lo negara rotundamente, y aunque se consiguiera, pongamos por caso, un diploma de odontólogo noruego, y aunque se vistiera con un saco-leva, y aunque en vez de mocasines blancos se pusiera los borceguíes con carramplones de un capitán de húsares, y aunque se afeitara el bigote, y aunque nunca le hubieran dicho ‘Valor Civil”, y aunque su padre no hubiera sido telegrafista en Aracataca sino fogonero del tren transiberiano, bastaría con abrir la primera página, o la última, o la de la mitad; bastaría con  leer veinte  palabras suyas o con leer solamente la última palabra de ese canto de amor  y dignidad que es El coronel no tiene quién le escriba, y uno diría, sin titubeos, sin necesidad de confirmaciones previas, sin una prueba adicional: Ese hombre no puede ser sino costeño…

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