Corredores entrenando en la naturaleza
Foto: kovop/ Shutterstock
enero 1, 2026
Mundo Viajes

Nacimos para correr, historia de un corredor colombiano en Uganda

David, aventurero que ha recorrido varios lugares del mundo, encuentra en Uganda, a orillas del río Nilo, la placidez de una actividad que podría considerarse agotadora en el trajín que genera un viaje: correr.
POR:
Malaquita

El recuerdo vuelve con la nitidez de las decisiones que se toman sin demasiada reflexión y que luego terminan marcando un rumbo inesperado. Estábamos en Uganda, a orillas del río Nilo, en una pequeña sala de Internet donde el tiempo parecía suspendido entre ventiladores ruidosos y pantallas gastadas, cuando mi esposa me habló de una persona que había decidido viajar durante cuatro meses con un objetivo tan sencillo como ambicioso, regresar en mejor forma física de la que había partido. nacimos para correr

El plan había funcionado con tal contundencia que aquel viajero terminó convirtiendo su experiencia en una plataforma profesional desde la cual hoy dicta conferencias a ejecutivos sobre disciplina, movimiento y constancia. Bastó que leyera una de sus crónicas en el blog nerdfitness.com para que algo se activara sin previo aviso y saliera a subir y bajar escaleras durante una hora completa, inaugurando así mi primera rutina de ejercicio en medio del viaje.

Un libro en un tren africano nacimos para correr

Días antes, durante la travesía interminable del Tazara Train, una línea ferroviaria que atraviesa África oriental entre historias compartidas, cucarachas persistentes y mosquitos obstinados, pasé largas horas tendido en mi litera conversando con Hukam y Omkar, dos indús con quienes compartíamos el camarote, mientras devoraba un libro que terminaría por romper varios de mis prejuicios. nacimos para correr, nacimos para correr

Born to Run llegó a mis manos casi por accidente, luego de que mi hermano Juan me hablara de él en Colombia y de que Alex lo encontrara en una librería del aeropuerto de Miami. Este libro, que en esencia es una crónica periodística, propone un viaje profundo para explicar por qué los seres humanos estamos hechos para correr, siguiendo la ruta de los Tarahumara, una comunidad que habita los cañones de México y cuyos integrantes recorren decenas de millas con sandalias rudimentarias y una resistencia que parece inagotable.

Las advertencias del miedo moderno nacimos para correr

Las frases repetidas por especialistas que anuncian problemas de espalda y rodillas como una consecuencia inevitable del running comienzan a perder peso cuando el autor se encuentra con corredores capaces de atravesar montañas y desiertos sin registrar lesiones. Desde entonces no han faltado quienes, aferrados a una vida sedentaria y a la dificultad de construir hábitos, me auguran un futuro de articulaciones desgastadas y rodillas ausentes antes de cumplir cincuenta años por haber sostenido una rutina física durante tanto tiempo.

La historia de nuestra especie parece contradecir esos presagios. Correr fue una habilidad fundamental para la supervivencia humana, desarrollada en escenarios como el desierto del Kalahari en Botswana o la Garganta de Olduvai en el cráter del Ngorongoro en Tanzania, donde el Homo sapiens aprendió a desplazarse largas distancias bajo el sol gracias a una de las mayores conquistas de la evolución humana, su sistema de refrigeración basado en el sudor. nacimos para correr, nacimos para correr, nacimos para correr

Este mecanismo permite regular la temperatura corporal alrededor de los 37.5 grados centígrados y sostener el movimiento durante horas sin depender del ritmo respiratorio, una ventaja decisiva frente a otras especies obligadas a detenerse para enfriarse.

La caza, el cansancio y el cuerpo resistente nacimos para correr

Antes incluso de contar con herramientas de caza, nuestros antepasados lograron acceder a la carne mediante una estrategia colectiva de persecución que implicaba seguir durante horas a un kudu, un impala o una gacela hasta llevarlos al agotamiento absoluto.

Hombres y mujeres corrían durante cinco, seis o diez horas bajo el sol africano hasta que la presa colapsaba por fatiga, un esfuerzo sostenido que no dejaba secuelas articulares y que moldeó cuerpos diseñados para el impacto prolongado. Los pies, con arcos fuertes y flexibles, utilizaban toda la planta para absorber el golpe contra el suelo y adaptarse a terrenos irregulares.

El zapato como ruptura nacimos para correr, nacimos para correr

El conflicto aparece en la modernidad, cuando el corredor urbano delega la función de su cuerpo a la tecnología. Los zapatos de running desarrollados en la década del setenta por marcas como Nike, con sistemas de amortiguación, control de pronación y cámaras de aire, interrumpieron un proceso evolutivo refinado durante miles de años. nacimos para correr, nacimos para correr, nacimos para correr

El pie comenzó a debilitarse, a deformarse, a perder sensibilidad y a anular su principal fuente de fuerza, el arco, mientras las suelas curvas prometían corregir problemas inexistentes o suprimir movimientos naturales. Basta observar a los Tarahumara con sus sandalias planas o a los corredores masái en Kenia, quienes pasan la vida corriendo descalzos y dominan las maratones internacionales, para entender la magnitud de esa ruptura.

Esta idea transformó mi relación con el ejercicio y convirtió el acto de correr en una experiencia más cercana a lo espiritual que a lo competitivo. La obsesión por correr descalzo se instaló como un aprendizaje desde cero, una forma de volver al origen del movimiento. Con esa convicción recorrí al trote las calles de Beijing, Bangkok, Siem Reap, Phnom Penh, Chau Doc, My Tho, Hoi An, Ho Chi Minh, Da Nang y muchas otras ciudades, usando sandalias que me recordaban en cada paso que mis pies se estaban fortaleciendo y exploraban territorios olvidados durante más de treinta y cinco años.

Uganda como punto de partida

Al regresar a Uganda entendí que este país no se llevó únicamente un fragmento de nuestra memoria. También me dejó la disciplina de mover el cuerpo durante una travesía de siete meses.

Nunca olvidaré aquel primer día subiendo y bajando más de dos mil escalones bajo el sol del mediodía en el hostal Nile River Explorers, mientras un joven de veinticinco años armado con arco y flecha me preguntaba por qué hacía aquello. Le respondí con una sonrisa amplia que era porque resultaba divertido.

Tal vez allí, entre el sudor y la risa, quedó claro que todos nacimos para correr.

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