Manejo de la mentalidad colectiva
Estamos atravesando una crisis. Nadie la discute. Ya enuncié diversas circunstancias que establecen esta etapa que nos ha tocado vivir. A veces sin detenemos a pensar en la dramaticidad de los que nos roza, nos inclinamos a hacer balances sobre accidentales y transitorias posturas gubernamentales. Es más fácil, desde luego, y, a veces, nos evita enfrentar problemas fundamentales, no circunstanciales, que afectan nuestra nacionalidad. Es una habilidosa manera de eludir la profundidad exacta de la crisis y de tratar de remediarla. Nos entretenemos y desviamos en enfoques parciales. Y así creemos que cumplimos con nuestros deberes.
Quiero llamar la atención sobre ese constante desvío de la realidad colombiana y tratemos de pensar qué puede hacer la prensa por dar nuevos acicates al país.
Los medios de comunicación, determinan en parte principalísima, la mentalidad colectiva de los colombianos. Tenemos aún limitaciones para lograr que la población pueda dedicarse a especulaciones, tener juicios de valor, y desentrañar las causas remotas de los sucesos. Entonces, lo que define su actitud, es lo que lee en la mañana escucha en las primeras horas del día y constata en las informaciones con las cuales lo azotan en la noche, violentamente. Es así como nos movemos en una atmósfera de confusión, de desespero incertidumbre. Los estímulos que recibe esa mentalidad colectiva, para remozar sus esperanzas, son realmente escasos.
Habría que interrogar: ¿Cómo cambiar esa mentalidad colectiva del pesimismo, hacía una posición más positiva, donde juegue el optimismo, partiendo de lo real? Como es elemental, no se trata de estimular las ilusiones a un pueblo. Esto es tan dañino como en lo que estamos predicando con persistencia quienes tenemos alguna audiencia sobre Colombia. Aún cuando debo aclarar que me siento menos responsable, pues sigue guiando mi espíritu el optimismo que me han conocido mis compatriotas. Para intentar ese cambio de mentalidad colectiva, me voy a permitir in dicar algunas reglas que quizás nos liberen de esta capa funeraria que le cae al país de la mañana a la noche.
Nuestros compatriotas se sienten agobiados y pierden la capacidad de resistencia interior ante la abrupta explosión de datos negativos.
He pensado que sin dejar de decir la verdad, ni esconder los datos, ni de maquillar lo inmediato, se podría hacer un gran propósito colectivo de los medios de -después de un examen interno de ellos- para conseguir un viraje de actitud. Si ésta se modifica, podemos estar seguros de que se lograría un cambio en el pensamiento nacional. Para esto, habría que regresar al periodismo humanista que prevaleció en otras épocas, y al cual principian a inclinarse algunas facultades en tantos otros países. No desconocer que lo básico es el hombre y que este demanda dosis de estímulos para sus empresas. La responsabilidad del orientador de la opinión pública es ante lo que pueda acontecer hoy, que nos indica cómo será el porvenir. Y no desdeñar que lo que ocurre hoy, es porque viene de atrás.
Tiene una raíz en el pasado e, inexorablemente, se proyectará hacia el futuro. Que no nos vayan a someter al dañino principio de damos excesiva información, obedeciendo a un régimen de comercialización, que destruye sentimientos y arrasa con la inteligencia popular. Por fortuna, podemos proclamar que no ocurre así, aun en nuestro medio. Porque es indispensable incitar a la formación de un sentido nacional muy fuerte. Claro está que no es sólo deber y compromiso exclusivo de los periodistas. -Cada cual puede interrogarse: ¿el sentido nacional lo tenemos quienes no ejercemos en los diarios? Si proclamamos a cada instante la gran crisis que vivimos, debemos tener una ruta para proponer: ¿qué deseamos?, ¿qué cambios?, ¿cómo se nos ocurre que puede conjurarse?
Sin desconocer que aquel juicio escueto nos persigue y nos va anegando en dudas. Por lo tanto, si proponemos algo tiene que ser dentro del espíritu democrático que nos anima. Cuando se registran casos de tanta confusión, como el que atravesamos, la ironía principia a predominar en algunos escritores. ¿Cuál es su finalidad? Si sólo, revela desesperación, inconformidad, desdén o caprichos, o recelo, no se está dando alientos a la comunidad. El periodista tiene la obligación de cargar de respuestas su misma angustia. El no transfiere únicamente su preocupación; él está recogiendo el de la colectividad. Su actividad debe tener una finalidad y decir qué pretende: ¿un vuelco?; ¿para qué?, ¿para otro régimen? Los lectores demandan saber qué significado político hay detrás de cada palabra. De allí que insistamos en la urgencia de las precisiones ideológicas.
Es muy peligroso seguir jugando con el país, si no se cuenta con metas muy claras. Ese tono irónico lo que puede acentuar es la quiebra del respeto por los valores nacionales. Estimular una indecisión frente a lo nuestro. Favorecer otra sociedad: la que no tiene raíces hundidas en el suelo colombiano y en el torrente de nuestra sangre mestiza. Entendemos que en Colombia se ha puesto de moda el periodista crítico. Porque también en el sector se manifiestan las modas circunstanciales como en los trajes, en los peinados, o en la música. Se podría proclamar que no es sólo moda, sino que es indispensable en vista de que hay tantos desniveles en el mundo de la política, de los negocios, del desenvolvimiento general. Sabemos que ese buscar, lo favorecen todas las sociedades. Pero siempre que aspire a proponer soluciones positivas.
Estoy perplejo mirando la mentalidad colectiva que hemos creado. Me siento realmente en suspenso cuando advierto que hablar hoy bien de Colombia, es casi un atrevimiento. Es como si hubiéramos desertado de la capacidad de descubrir las precariedades de la patria y enunciar compromisos conjuntos para superarlas. Como que doblegáramos el coraje para combatir por un más alto destino comunitario. Como que el mandato fuera plegar la capacidad creadora, que es la que da impulso a las reservas morales de un pueblo.
No me consuela pensar que puedo indicar la responsabilidad de lo que pesa sobre el país como si sólo fuera de otros: el gobierno, para poner un ejemplo. Y así soslayar lo que a mí me toca. Porque sé que tenemos que colaborar, sin exclusiones, y especialmente quienes hemos estado cercanos al periodismo, a modificar esa mentalidad colectiva. Esta puede tomar su ímpetu creativo si la liberamos de la presión de pesimismo que le transmitimos cada día a través de los medios de comunicación, desde que amanece, alterándola con la carga explosiva de desilusiones. No puedo olvidar mi certidumbre de que cuando un pueblo se deprime colectivamente, pierde su rumbo.
Para darle solidez a mi tesis, apelo a los juicios de un maestro del periodismo colombiano, como lo fue, y lo sigue siendo, Eduardo Santos. Él nos enseñó:
«Huyamos del pesimista sistemático, que es tan sólo espectador inerte de los problemas contemporáneos, Pensemos, con hondo y valeroso pensar, que cada uno tiene algo que hacer -lejos de la violencia que todo lo envenena y corrompe, lejos del conformismo que lleva a la muerte civil-, para asegurar efectivamente en Colombia los bienes de la paz, la libertad y la justicia, al amparo» de la ley».


