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junio 25, 2014
Tendencias

Hombres al borde de un ataque de nervios

Actores a quienes les cambiaron el parlamento. Así, en buena medida, se sienten los hombres en la segunda década del siglo XXI. Todo un drama.
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El cromosoma Y

Si nos atenemos al componente genético, los hombres nacen configurados con tendencias a la agresividad, a la promiscuidad y a la territorialidad. Su propensión al crimen es notable, tanto que los genocidas han sido todos hombres, y las asesinas en serie se cuentan con los dedos de la mano. La pedofilia en la mujer casi no existe. Pero, también, los genes predisponen a los machos a otras actividades más constructivas: conquistadores, profetas, navegantes, trovadores, inventores y humoristas han sido, por regla general, hombres. De manera equivocada se cree que todo esto es consecuencia del cromosoma Y, cuando en realidad es el responsable de los matices más frágiles.

En efecto, el Y aporta fortaleza física, pero también condena a la debilidad. En términos biológicos, los hombres viven menos que las mujeres, tienen mayor propensión a sufrir enfermedad cardiovascular, se inclinan más a las adicciones, y alcanzan más rápido el nivel de incompetencia sexual, porque dependen de la erección. Son, en suma, seres tan multidimensionales o vulnerables como cualquier otro.

El médico Juan Fernando Uribe, urólogo especializado en medicina sexual que se dedica a estudiar el fenómeno de lo masculino, sostiene que si bien la genética dicta sus órdenes, estas están gobernadas y subyugadas por la cultura. “La predisposición genética a la agresividad no puede ser una excusa, porque eso se puede moderar con la cultura. Que los genes masculinos induzcan a la violencia no la justifica”. En cambio, Uribe en sus conferencias plantea un nuevo escenario en donde el rol del hombre se renueva: no aceptar más el estereotipo del macho, renunciar a ser el centro de lo económico, poder fallar como amantes y reproductores, negarse a la violencia de cualquier tipo, compartir los oficios domésticos, no pagar todas las cuentas y hasta reunirse para chismes y cotilleos. Se trata de “una rebelión pacífica donde se rompen los moldes tradicionales de la masculinidad”. Y aunque asegura que los hombres tienen derecho a sentir emociones blandas y a comportarse diferente, hay que andar despacio pues la masculinidad no se debe travestir.

Es aquí donde se entra en arenas movedizas. Definir los límites nunca había resultado tan difícil. ¿Los hombres pueden vestirse de rosado? ¿Pintarse? ¿Depilarse todo el cuerpo? ¿El presidente de un monopolio económico puede ser una mujer? El asunto es tan delicado que ni siquiera podría legislarse sobre el papel que le compete a cada rol, y a quienes lo han hecho los hemos calificado como obtusos.

La última frontera sería, tal vez, el cortejo. Allí aún existen códigos que no se han fisurado y el protocolo de la seducción, allende las culturas, ha permanecido más bien intacto. Aunque, en sí mismo, esto encierra una contradicción: en tanto más felices se sienten las mujeres siendo conquistadas por hombres que expresan de manera abierta sus emociones y exploran facetas más sensibles de su personalidad, más intransigentes se muestran a la hora de demandar en sus parejas una masculinidad ortodoxa cuando se trata de la práctica sexual y, sobre todo, la reproducción.

El hombre de la casa

Que la masculinidad cambie no significa que se transforme en feminidad. Ahí radica la confusión. De hecho, el proceso es más sencillo de lo que se piensa. El macho ya no tiene que cazar ni herrar caballos para sobrevivir, entonces su energía puede desplazarla hacia otras actividades: los deportes de impacto, por ejemplo. La mecánica, que durante los dos últimos siglos fue uno de los escenarios más concurridos en la lúdica masculina, se redujo al enfrentarse al mundo digital, así que muchos hombres trasladaron sus talleres de la cochera a las cocinas, donde se comportan como inventores.

El nuevo rol va más enfocado a ser “el hombre de la casa”, en el sentido extenso de la palabra. Cuidar a los niños y encargarse de la administración del hogar ya no es extraño. De hecho, desde 1965 los hombres se han involucrado 50 % más en las tareas domésticas y han triplicado el tiempo que pasan junto a sus hijos frente a épocas anteriores. Pero claro, su comportamiento en estos escenarios dista mucho de ser el de una mujer; allí aflora su verdad genética. En el supermercado son como cazadores: ven un producto, lo toman y avanzan sobre el siguiente, opuesto al instinto recolector de la hembra, que examina cada etiqueta para ver cuál le ofrece mejor calidad. Sus instintos los hacen más recursivos y arriesgados, toman decisiones más rápidas, usan la web para informarse y leer instrucciones, compran gadgets que les hacen la vida más fácil, y optimizan mejor el tiempo. Los padres que permanecen más en casa que sus esposas tienden a crear atmósferas divertidas y relajadas, e involucran herramientas en la crianza.

El nuevo prohombre

¿Quién es, entonces, el prototipo del nuevo hombre? Un estudio llamado The state of men, realizado por la firma de comunicaciones y mercadeo JWT, asegura que los nuevos íconos cultivan facetas que complementan sus ocupaciones diarias. En ese sentido la filantropía y la familiaridad se toman como un valor. Bill Gates es considerado un referente. También Barack Obama, no por su labor política, sino porque en las noches cena con sus hijas y es afectuoso con su esposa, aun en público. Jamie Oliver, Brad Pitt y, por supuesto, David Beckham –el inventor de los metrosexuales– entran también en esta lista.

En Colombia, para el doctor Uribe, Julio Sánchez Cristo o Sergio Fajardo son muy cercanos a ese modelo de nueva masculinidad. Son ponderados, se expresan con prudencia, se apoyan en las mujeres, se visten con cierta informalidad y dejan entrever una vida interior tranquila, opuestos a personajes como Germán Vargas Lleras o Álvaro Uribe, que encarnan con mucho más vigor el estereotipo del macho. En los deportes, Falcao se comporta como un nuevo hombre. Lleva el pelo largo e incluso su voz es aflautada, pero tiene cuerpo de atleta, es buen esposo, buen padre de familia y su imagen siempre está ligada a valores positivos.

La hombría no está muriendo, al contrario, se está adaptando a esquemas menos rígidos, pero la pérdida de un rol definido les causa ansiedad a muchos que no encuentran el camino para convertirse en esa mezcla de hombre Marlboro con artista del Renacimiento que busca –y necesita– la sociedad hoy en día.

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