Natalia Montaño
Foto: cortesía de Aguamarina Schools.
mayo 15, 2026
Lo Último

Natalia Montaño: «Los errores son nuestros mejores amigos, es en dónde más aprendemos.»

La cofundadora de Aguamarina Elementary habla sobre cómo enseñar a preguntar, aprender con propósito y demostrar que la innovación educativa puede convivir con el rigor académico.
POR:
Revista Diners
Revista Diners
Getting your Trinity Audio player ready...

La educación es una de los pilares de la sociedad y, hoy en día, en donde los jóvenes crecen rodeados de redes sociales y tecnología, crece el cuestionamiento a los modelos tradicionales de enseñanza. En donde se busca innovación y un espacio en donde los jóvenes sepan utilizar en la «vida real» lo que aprenden, llega Aguamarina Elementary. Esta institución se convirtió en uno de los ejemplos más comentados de educación innovadora en Estados Unidos. El colegio independiente, ubicado en Miami, fue reconocido recientemente dentro del 7% de las escuelas primarias con mejor rendimiento académico del país en pruebas estandarizadas, una medición realizada entre más de 13,8 millones de estudiantes y más de 30.000 instituciones educativas.

El reconocimiento no solo llamó la atención por los resultados académicos, sino también por el modelo detrás de ellos. Hoy en día, aún existen instituciones con sistemas que le apuestan a la memorización y a estructuras tradicionales. Es ahí en dónde Aguamarina construyó un nuevo sistema enfocado en el pensamiento crítico, aprendizaje aplicado, el desarrollo emocional y la curiosidad.

Aguamarina Elementary fue fundado por Natalia Montaño y Roberto Montaño, el proyecto nació con la idea de transformar la forma en la que los niños aprenden desde la primera infancia, apostándole a un modelo donde el aprendizaje tuviera propósito, contexto y conexión emocional.

En conversación con Natalia Montaño, hablamos sobre el origen de Aguamarina, la importancia de enseñar a los niños a preguntar y el rol de las emociones dentro del aula.

Natalia montaño
Natalia Montaño y Roberto Montaño, fundadores de una sistema innovador. Foto: cortesía de Aguamarina Schools.

¿Cómo nace la idea de crear Aguamarina y qué sentían que hacía falta en los modelos educativos tradicionales?

Aguamarina nace de una inquietud muy personal y profesional. Cuando nosotros llegamos a vivir a Estados Unidos en el noventa y nueve, llegamos con una niña de cuatro años y otra de diez. Lo primero que hicimos fue aterrizar a cada una en su colegio, una en el preescolar y la otra en elemental. Sin embargo, me empecé a dar cuenta que había una oportunidad inmensa de crecimiento en los que respecta a la educación preescolar en ese momento, porque el sistema que había en ese momento era de cuidado de niños, más no de preescolares como estamos acostumbrados en Colombia.

Entonces yo dije: «wow, esto es un potencial inmenso para poder uno imaginarse un programa que realmente tenga una intención». Buscar un lugar que deje una huella y que esté conectado con aprendizaje para que los niños descubran y usen sus sentidos. Es a partir de ese potencial que veíamos que empezamos a presentar un programa en una escuela de artes que teníamos para los niños más pequeños y, así, comenzamos con ese programa.

Empezamos con niños de 1 a 2 años, luego seguimos con niños de 2 a 3 y así vamos consecutivamente. Bueno, hasta que llegamos a ahorita que ya vamos en cuarto grado. Pero fue un proceso para buscar crear algo que haga el aprendizaje especial para los niños.

¿Cómo se ve en la práctica aprender con propósito dentro de una clase cotidiana?

Yo siento que acá la clave son las preguntas. Es completamente diferente la aproximación que tiene un niño cuando entiende el por qué está aprendiendo algo. Y eso hemos aprendido a hacerlo a través de preguntas, pero no de la manera en que estamos acostumbrados nosotros: que el profesor pregunta y los niños responden, que obviamente es una práctica maravillosa porque abre muchas ventanas de pensamiento, sino también enfocándonos en que los niños aprendan a preguntar.

Nos hemos dado cuenta de que cuando son ellos los que preguntan —que al principio les cuesta, porque están acostumbrados a responder y no a preguntar— empiezan a abrírseles los ojos. Es como cuando empiezan a decir: ‘¿Pero qué puede ser esto? ¿Será que está derretido el centro de la Tierra? ¿Será que abajo hay mucho calor?’. Empiezan a hacerse preguntas para llegar, por ejemplo, a entender por qué existe un volcán.

Ahí empiezan a abrirse los ojos porque ellos solos comienzan a encontrar esas respuestas y, en grupo, empiezan a alimentarse entre ellos mismos.

Entonces se dan cuenta de que hacer preguntas es increíble porque los lleva a responderse ellos mismos. Y ahí está la clave: en ese momento donde dicen ‘wow, me encanta aprender porque estoy descubriendo cosas por mí mismo’. Ahí es donde se enciende ese botoncito y uno dice: ‘wow, realmente logramos que el niño sienta pasión por aprender’, porque él es parte del proceso del aprendizaje.

Es algo muy natural, muy libre. Tiene una estructura clara de hacia dónde queremos llegar, con un propósito y unos objetivos, pero los niños se vuelven parte del aprendizaje como tal.

(Le puede interesar: En febrero abre Aguamarina, el nuevo jardín infantil bilingüe en Bogotá)

Natalia montaño
Aguamarina Schools se encarga de una educación para impulsar el pensamiento crítico y la curiosidad. Foto: cortesía de Aguamarina Schools.

¿Cómo fomentan la curiosidad en niños que son más tímidos o que les cuesta participar?

Tenemos un personaje que traemos desde preescolar hasta elemental que se llama Ask a Lot, que en español sería como ‘pregunta mucho’. Es un personaje al que le tenemos una bolsa donde no se ve qué hay adentro y llega a presentar cosas relacionadas con el contenido que queremos enseñarles.

Entonces, ellos ya saben que una vez al día, en algún momento, llega Ask a Lot. Y Ask a Lot solamente puede salir de su bolsa a través de preguntas, donde ellos descubran qué hay adentro. Se convierte como en un juego que esperan todos los días, desde primer grado hasta cuarto grado.

Les emociona porque siempre es algo sorpresivo, siempre hay algo nuevo. A veces trae mensajes para ellos, dependiendo de lo que estamos aprendiendo.

Eso nos ayuda muchísimo a que vayan perdiendo la angustia de preguntar. Van entendiendo que hacer preguntas que de repente no llevan inmediatamente a la respuesta está bien, que es parte del proceso, que se vale cometer errores y que todas las preguntas son buenas.

Poco a poco pierden eso que los cohíbe y ya les sale natural. Es un proceso donde los niños que llevan dos o tres años en Aguamarina ya tienen muy fluido el poder hacer preguntas.

¿Cómo equilibran el desarrollo emocional de los niños con la exigencia académica sin que uno termine afectando al otro?

No lo vemos como opuestos, sino como dos cosas que interactúan; son interdependientes. Si un niño emocionalmente está bien, está seguro y aprende mejor.

Y en este momento de la vida, en esta transformación cultural tan grande que está afectando cómo pensamos, cómo nos comunicamos, cómo hacemos amigos, cómo aprendemos, con todo lo que ha traído la tecnología —que es este reto que tenemos ahorita nosotros como educadores y, yo pienso, como seres humanos en general—, los cambios pasan todos los días. Estábamos acostumbrados a que el cerebro funcionara a un ritmo y ahorita nos toca aprender muy rápido, desaprender y volver a aprender otra cosa.

Con la evolución del día a día, con las pantallas, con los juegos, con todo lo que está pasando tan rápido, rápido, rápido. El cerebro está tratando de adaptarse a esas velocidades. Entonces, si nosotros no les damos herramientas socioemocionales que los sostengan, donde puedan manejar la frustración, parar y respirar, entender lo que realmente es conectarse, caminar descalzos en el pasto, tomar decisiones con calma, no pueden enfrentar este presente que estamos viviendo.

Ahora más que nunca, para nosotros es fundamental el trabajo socioemocional dentro de las clases y en el día a día del colegio. Hacemos prácticas como journaling, tenemos brain breaks y breathing breaks, donde ellos aprenden a parar, respirar, moverse, autorregularse, solucionar conflictos y ser tolerantes frente a situaciones donde no tienen la razón o tienen que compartir una idea con alguien.

Yo siento que ese es un avance al que casi todos los colegios ahorita tenemos que montarnos: darles herramientas a los niños para que realmente logren adaptarse.

Natalia montaño
Aguamarina Schools impulsa la curiosidad en los niños. Foto: cortesía de Aguamarina Schools.

Recientemente la institución fue reconocida dentro del 7% de los mejores resultados. ¿Qué significa ese logro para ustedes?

Sí, estamos muy felices con esos resultados, porque, para nosotros, es el indicador de que realmente se puede aprender diferente. Es una manera de reafirmar esa necesidad y esa pasión que nos ha llevado a crear este currículum. Entender que enseñándole a los niños a aprender desde otro punto u otra perspectiva, en donde tienen estructura, se forman y la educación tiene una coherencia académica conectada con el diario vivir es gratificante.

Es un espacio donde ellos pueden aplicar lo que aprenden en la vida real, entienden el significado de lo que aprenden y lo que pueden poner en proyectos de entrepreneurship, en proyectos de ciencia, de construcción, de salidas de campo o en trabajos en equipo. Todo esto hace que las habilidades se les graben y puedan contestar con muchísima seguridad. Entonces, ha sido entender el resultado que tiene el poder hacer las cosas de esta manera.

¿Crees que estos resultados ayudan a romper el prejuicio de que innovar en educación significa perder rigor académico?

Absolutamente sí. De hecho, nosotros hemos venido estudiando muy bien a las familias que acompañamos porque creemos firmemente que, como educadores, somos un soporte muy importante para cada familia y para cada mundo que representa cada una de ellas.

Entonces, resultados como estos hacen que se sientan más tranquilos y digan: ‘Ok, puedo confiar en este tipo de educación. Me gusta cómo está aprendiendo mi hijo, pero además estoy seguro de que está desarrollando las habilidades académicas que necesita para desenvolverse en cualquier entorno’.

Ya sea que sigan en un esquema tradicional o en uno diferente, les da la tranquilidad de saber que su hijo está desarrollando las herramientas necesarias para sobresalir en cualquier medio.

¿Cómo se enseña a un niño a pensar fuera de la caja sin recurrir a la memorización?

Yo creo que ahí está la magia de Aguamarina: en cómo llevar a los niños a pensar fuera de la caja cambiando el esquema. Básicamente, es ponerles retos que nunca se les olviden porque ellos mismos pudieron descubrir algo.

De repente nosotros les damos este marcador y les preguntamos: ‘¿Esto qué es?’. Entonces lo descubrimos con Ask a Lot, por ejemplo: ‘¿Qué hay acá adentro?’. Hasta que ellos lleguen a respuestas como: ‘No es duro’, ‘sirve para escribir’. Nosotros no damos pistas de sí o no y luego viene el reto: ‘Listo, necesito que me den otra función para esto que no sea escribir’.

Y les ponemos un poquito de presión de tiempo, ¿sabes? Entonces cada uno empieza a pensar: ‘Ok, ¿qué puedo hacer con esto?’. ‘Ah, esto puede servir para sostener cosas en la nevera si le meto algo acá en la tapa’, o ‘puede pasar esto otro’. Y cada niño, a su manera, empieza a generar un proceso donde busca un sentido para algo y luego diseñamos cómo hacer para que funcione.

Ahí tenemos que aplicar matemáticas, hacer medidas, pesar, ver qué materiales vamos a usar. O sea, hay muchísimas habilidades que vamos integrando a lo largo de un proyecto donde ellos participan, entienden y se emocionan.

Entonces, cuando conectan los objetivos académicos con algo que tiene una funcionalidad en la vida, dicen: ‘Ah, ya entendí por qué aprendí a medir, porque sin eso no hubiese podido comprar material y no me hubiera alcanzado’. O: ‘Ya entendí por qué tengo que sumar y restar, porque si no, no hubiera podido calcular esto’.

Eso es lo que hace que los niños entiendan el porqué de la academia y que se motiven a aprender así. Nosotros tenemos un sistema que cubre los objetivos académicos que debe cubrir un colegio regularmente. En cada uno de los proyectos que hacemos vamos metiéndole los objetivos académicos al tiempo.

Entonces, ellos casi aprenden sin darse cuenta, porque cuando ya construyeron su aparato, también aprendieron a hablar en público, a presentarlo, a escribirlo, a poner pasos en orden, proceso científico, matemáticas… Hay muchísimas habilidades dentro de un solo proyecto y ellos ni siquiera se dan cuenta de todo lo que están haciendo.

Entonces, cuando llega el momento de enfrentarse a un examen o a un test estandarizado —que son las pruebas que miden resultados como el reconocimiento que obtuvimos—, son niños que, deduciendo, logran llegar a la respuesta. No necesitan memorizar. Ellos leen, y aunque no sepan algo exactamente, deducen. Y así contestan con seguridad.

Se cambia memorizar por comprender y luego por deducir. Y eso hace que sean muy ágiles en sus procesos de pensamiento, que siento que es una habilidad fundamental para los niños hoy en día.

Natalia montaño
Natalia Montaño cofundadora de Aguamarina Elementary. Foto: cortesía de Aguamarina Schools.

¿Y qué rol juega el error en este sistema académico?

Los errores son nuestros mejores amigos, es en dónde más aprendemos. En Aguamarina celebramos los errores y cada que pasa algo es como: «oh, oh, y ¿qué aprendimos de acá?». A partir de ahí, todos saben que toca sacar la lista de todas las cosas que aprendimos del error.

De esa manera, el niño va perdiendo ese miedo a «me quedo mal», «me van a poner una mala nota», «esto no fue bien»., sino que se le cambia la cara a la moneda y es cambiar la mentalidad a un «Esta vez no nos salió como estábamos esperando, pero aprendimos algo». Si nos toca volver a hacerlo, vamos a volver a hacerlo, solo que nos va a salir diferente. Entonces, así trabajamos en clases, cero miedo a cometer errores.

¿Cómo preparan a los estudiantes para enfrentarse a evaluaciones estandarizadas sin que la ansiedad termine dominando el proceso?

Al principio, cuando los niños pasan de preescolar a elemental y todavía no se han expuesto a test estandarizados, uno ve que eso les genera un poco de ansiedad. Y siento que también tiene algo que ver con lo que viene desde casa, porque obviamente nosotros anunciamos cuándo vienen los exámenes y llegan los niños como: ‘¿What?’.

Entonces, es un trabajo que hacemos durante todo el año: sensibilizarlos. Les decimos que, cuando no entiendan una pregunta, pueden deducirla; que respiren, que se tomen su tiempo. Está bien si nos va bien y está bien si no nos va bien.

Trabajamos constantemente en darles herramientas para que puedan parar y pensar, que no sea simplemente responder rápido y terminar.

No importa lo que diga el test: tú sabes lo que sabes. Y es una manera de decir: ‘Wow, estoy orgulloso de todo lo que sé’.

De tal manera que, cuando llegan los test, ellos ya están tranquilos. Pueden hacer pausas si las necesitan y sentimos que eso nos ha dado muy buen resultado.

Les ponemos música clásica, respiramos antes y dejamos que se tomen el tiempo que necesiten para resolver el examen, obviamente dentro del rango que nos permiten. Y funciona bastante bien

¿Cree usted que este modelo es replicable en sistemas educativos más grandes o públicos?

Sí. No se trata de copiar, sino de transformar. Yo siento que, para que sea replicable —que absolutamente puede serlo—, se necesita una voluntad de cambio, una voluntad de reaprender a enseñar.

Se necesita que el rol del profesor, el del evaluador y el del director del colegio cobren una vida diferente, donde realmente exista una comunidad, una red en la que todos interactúan.

Si hay compromiso y motivación por parte de los líderes y del equipo de profesores, es de los procesos más divinos que hay: empezar a enseñar distinto y darse cuenta de la cara de los niños cuando empiezan a decir ‘wow’ y a descubrir cosas. Eso hace que uno se motive.

Y también pasa con los profesores. Cuando vienen de entornos tradicionales y empiezan a enseñar diferente, se les abren los ojos, se les abre la mente y empiezan a ver la educación de otra manera. Casi que se vuelve un juego para ellos, se vuelve pasar rico, el trabajo deja de sentirse como trabajo y se convierte en ser parte de un grupo donde todos aportan.

Ya no estoy yo parado adelante enseñando, sino que ahora soy parte de este grupo donde todos estamos aprendiendo al mismo tiempo. Y eso apasiona.

Entonces, cuando uno tiene un equipo con ganas, todo se logra.

LO MÁS LEÍDO DE LA SEMANA

Natalia Montaño
Lo Último

Natalia Montaño: «Los errores son nuestros mejores amigos, es en dónde más aprendemos.»

La cofundadora de Aguamarina Elementary habla sobre cómo enseñar a preguntar, aprender con propósito y demostrar que la innovación educativa puede convivir con el rigor académico.
Cultura

Series imperdibles que llegan en los próximos días al streaming

A las nuevas versiones de El cabo del miedo y Spider-Man se suma una miniserie producida por los creadores de Stranger Things.
Lo Último

Kevin’s Joyeros y la nueva era del lujo consciente con diamantes de laboratorio

La firma colombiana Kevin’s Joyeros redefine el concepto de exclusividad con su apuesta por los diamantes de laboratorio. Conozca todos los detalles.
Viajes
Gastronomía
Cultura
Otras Categorías