Revista Diners
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Hay historias que se cuentan en libros y otras que se sirven en una tortilla caliente. La de El Tizoncito pertenece, sin duda, a las segundas.
Llegamos una tarde domingo a El Tizoncito en Bogotá, de esas en las que el plan familiar es tan importante como el lugar elegido: mi esposa, mis dos hijos y yo, con la curiosidad de probar un nombre que carga con un peso histórico difícil de ignorar. No es para menos. Este 2026, El Tizoncito celebra 60 años de haber creado el taco al pastor, una tradición que comenzó en 1966 en Ciudad de México de la mano de Concepción Cervantes y Eguiluz, y que hoy se reconoce como un emblema de la cultura gastronómica mexicana.
Pero más allá de la historia —que es potente— está la experiencia.
El espacio en Bogotá respira ese aire de taquería auténtica, donde el protagonista no es otro que el trompo girando al fuego. Hay algo hipnótico en verlo: la carne dorándose lentamente, el corte preciso directo a la tortilla, la piña coronando cada bocado. Es, en sí mismo, un pequeño espectáculo.

La atención, desde el primer momento, marca la diferencia. Amable, ágil, cercana. De esas que saben leer la mesa: cuándo sugerir, cuándo dejar disfrutar, cuándo volver. En un plan familiar, ese equilibrio lo es todo, y aquí lo tienen bien afinado.
La recomendación principal, por supuesto, es inevitable: los tacos al pastor. Hay una razón por la que este lugar lleva seis décadas defendiendo esa receta. El equilibrio entre la carne al carbón, el dulzor de la piña, la acidez de la salsa y el frescor del cilantro funciona con una precisión que no necesita explicación.
Pero la experiencia no se queda ahí.

La experiencia en El Tizoncito en Bogotá
Conviene empezar con el chicharrón de queso: una costra generosa de gouda, crujiente por fuera y elástica por dentro, que llega a la mesa como una declaración de intenciones. Es simple, contundente y absolutamente adictivo.
Luego, vale la pena abrir el juego. La orden de tacos de New York —dos tacos de carne asada al carbón— ofrece un contraste perfecto: más robustos, más directos, con ese sabor ahumado que equilibra la dulzura del pastor. En la mesa, esa variedad se agradece, sobre todo cuando hay distintas edades y antojos en juego.
Y para acompañar, una horchata bien fría. Dulce, especiada, refrescante. El contrapunto ideal para una comida que, sin ella, podría sentirse incompleta.

Lo que sorprende de El Tizoncito no es solo que logre trasladar una tradición mexicana con fidelidad, sino que la haga cercana. Que funcione en Bogotá no como una réplica, sino como un lugar vivo, donde la historia se actualiza en cada mesa.
La marca, que nació como un pequeño negocio familiar en la colonia Condesa y hoy suma más de 20 sucursales, aterrizó en Colombia en 2025. Y la respuesta ha sido inmediata: filas, entusiasmo y una sensación compartida de estar probando algo auténtico.
Al final de esa tarde de domingo, mientras los platos se vacían y la conversación sigue, queda claro que no se trata solo de comer bien —que se come—, sino de compartir. De construir memoria alrededor de una mesa.
Sesenta años después, el trompo sigue girando. Y en Bogotá, también.
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