Revista Diners
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Cuando responde esta entrevista, Esteban Duque se encuentra en altamar, en su elemento natural, a 9.500 kilómetros de distancia de su Itagüí natal. Un par de días después de la charla avistará en el océano ballenas jorobadas, que han ido en verano al punto más austral del planeta para alimentarse de kril antes de emprender su migración de 10.000 kilómetros de vuelta al trópico.
Duque acaba de zarpar desde Ushuaia, la ciudad más al sur del continente, cuando logra conectarse por videollamada en el barco de 200 pasajeros y 200 tripulantes de Scenic Eclipse para el cual trabaja, que en ese momento enfila por el canal Beagle rumbo a la Antártida, en un viaje por el encabritado pasaje de Drake.
Si bien es verano, el clima sigue siendo variable; las temperaturas bajan diez grados en la tarde, los vientos embravecen las olas y por momentos no hay más paisaje que la inmensidad absoluta del océano o los leones marinos que los observan desde las islas deshabitadas. Allí, Duque está en su elemento natural, mientras trabaja como guía naturalista en estas expediciones de lujo a los hielos eternos.

Aunque nació en Medellín hace 32 años, en medio de las montañas, incluso sus primeros recuerdos confirman que su vida ha estado volcada al mar. “Desde pequeño me encantaron los animales. Me enamoraban más los documentales que los cómics”, dice. Su héroe era Steve Irwin, el Cazador de Cocodrilos, así como los biólogos o zoólogos que aparecían dando su opinión sobre el mundo natural.
Para su fortuna, la familia de su madre provenía del campo, por lo que viajaba con frecuencia a las vecindades de Amagá, en el sur de Antioquia, para pasar tiempo con cerdos y caballos los fines de semana.
“Junto con mis hermanos, nos sentíamos niños libres entre los animales. Mis papás fueron mochileros, amaban explorar, y cada año nos llevaban a un viaje al mar, sin importar la situación económica que tuviéramos. Para mí y para mis hermanos era la semana más esperada del año”, cuenta Esteban Duque.
Tendría unos cinco años cuando su mamá comenzó a observarlo y a detallar cómo, las veces que iba a la playa, Duque se olvidaba del mundo y vivía en tiempo presente. Recuerda verlo sentado en la orilla, jugando con la arena, a la espera de que las olas le cubrieran sucesivamente las piernas, desde la salida hasta la puesta del sol. Algo escondían las orillas para él que, a esa edad, aún no podía descifrar.
Tendría que pasar el tiempo para saberlo. Sucedió a sus doce años, cuando apenas internet llegaba a Colombia, y el entonces niño comenzó a navegar por la web para ver qué le deparaba la suerte de su búsqueda. Una pesquisa condujo a la otra y, de repente, se encontró con los cantos de ballenas jorobadas que había grabado el biólogo Roger Payne. Cuando le dio clic, se conmovió hasta el tuétano.

Lo que escuchó no se parecía a nada que hubiera oído antes. No solo le despertó la curiosidad, sino que sintió que aquellos cantos lo movían por dentro como nada antes lo había impresionado. Lo invadió una sensación de nostalgia que, a su edad, aún no había experimentado. Empezó a llorar de la emoción, incapaz de entender qué era aquel sonido.
Desde entonces, no pudo parar: comenzó a leer sobre ellas, a tratar de comprender sus sonidos, sus mensajes y la profundidad de sus cantos, hasta entender que era una profunda y elaborada forma de comunicación.
Pronto se dio cuenta de que se había obsesionado con ellas. El agua volvió a llamarlo, y a los dieciséis años se convirtió en nadador profesional. Entrenó natación con monoaletas, quizás imitando secretamente el movimiento de los cetáceos. También empezó a bucear, consciente de que cada aprendizaje lo acercaría a ellas.

Aunque desde niño se había propuesto convertirse en biólogo, sus allegados pusieron el grito en el cielo y le recordaron que esa carrera no era rentable. Su familia, además, soñaba con que fuera médico. Puesto a elegir, decidió optar por la carrera sanitaria, pero conectada con los animales: escogió veterinaria. Sin embargo, apenas alcanzó a estudiar un semestre.
En ese momento, Esteban Duque afrontó una fuerte crisis con respecto a su vocación profesional. Perdió la pasión y el enfoque. Tuvo que hacer un pare y entender que su propio espíritu le pedía dedicarse realmente a lo que amaba. Fue cuando, de nuevo, las ballenas acudieron a su vida.
Tenía dieciocho años y enfrentaba una crisis psiquiátrica generada por un síndrome complejo llamado trastorno de despersonalización. Se lo había generado un estrés crónico, fruto de su perfeccionismo. Aquella afección disociativa lo llevaba a sentirse distanciado de su propio cuerpo, como un observador externo en un entorno irreal.
La terapeuta le propuso varios métodos para bajar el estrés, desde el uso de electrodos hasta el reiki, pasando por la medicación o el yoga. Nada resultó. Finalmente, optó por intentar con cantos de ballenas. Fue casi milagroso. “Sus cantos bajaron mis gráficas de estrés a cero. Me volví a conectar con lo que había sentido de niño”, recuerda.
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Obtuvo un cupo en la Universidad de Antioquia, con beca incluida. Una vez logrado, le informó a la familia que se había decidido por la biología. “Si esa carrera es lo mejor para usted, siga adelante, mijo”, le dijeron en casa, y le dieron su apoyo incondicional.
A partir de entonces, a Esteban Duque dejó de importarle lo que le dijeran, sobre todo lo que le repetirían muchas veces: que estaba loco. Se puso a estudiar juicioso, con la firme convicción de trabajar con los cantos de las ballenas, algo que todos consideraban imposible en ese entorno de montañas.
Sin embargo, él no dejaba de hablar de ellas. Fastidió a todos con su tema insistente. En Medellín no se hablaba de estos animales ni se podrían ver jamás, le recordaban. Hasta que un profesor suyo, ante su terquedad, le propuso que hiciera su tesis sobre estos cetáceos y lo contactó con una estudiante que trabajaba en una tesis con delfines. Gracias a ese enlace, se enteró de que en Perú había una empresa de avistamiento de ballenas. Duque les escribió para hacerse voluntario con ellos y, en respuesta, le ofrecieron trabajo. Allí, de paso, finalizó su trabajo de grado sobre la evolución cultural de los cantos de las ballenas jorobadas.

Viajó al norte del Perú, decidido a conocerlas. Las había visto ya una primera vez durante un viaje que hicieron a Bahía Solano con motivo del cumpleaños de su papá, pero en Perú las pudo ver realmente, ya no como turista en una lancha, sino como especialista. Se abrió a su mundo. Nadó con ellas. Navegó para verlas y escuchó sus cantos en vivo.
De paso, aprendió de turismo, un oficio que le ha permitido vivir. A sus veinticuatro años, tuvo el placer de conocer a Roger Payne en un evento en Medellín, el científico que impulsó un movimiento mundial de conservación ambiental con su descubrimiento de que las ballenas podían cantar, y pudo decirle lo importante que habían sido esos cantos en su vida.
Ya en ese momento sabía que amaba salir al mar para aprender de ellas, pero surgió un nuevo proyecto al que no pudo negarse. En 2019, mientras trabajaba en Bahía Solano, una voluntaria le contó que había trabajado en la Antártida y le explicó las diferencias de la exploración polar en comparación con el Pacífico. En 2021, Duque decidió que
quería intentar esa experiencia. Le tomó año y medio pasar los filtros para trabajar en los barcos que trasladan a los turistas a las zonas más inhóspitas del planeta. Ya lleva tres temporadas recorriendo, durante tres meses, el sur del mundo.
Un recorrido espiritual
Aun cuando es biólogo y se ciñe a lo comprobable, también ha ido creciendo, en paralelo, en un camino espiritual ligado a la cosmogonía del sur de América y sus comunidades nativas. Ellas le recuerdan que todos somos familia con el agua, el viento, los animales, las plantas y lo que parece inerte, como las rocas o la cama en la que dormimos.
“Todo está vivo y es familia. Cuando generas un vínculo con algo externo, entiendes que estás conectado con todo. De los animales aprendes la forma en que resuelven sus problemas y a vivir desde el presente, en un estado de contemplación”, agrega.
De las ballenas ha aprendido también que todos somos migrantes. “En este periodo tan duro que vivimos como humanidad aprendemos que es importante volver a nuestra naturaleza animal, representada en ser exploradores, viajeros, seres que migramos porque comprendemos que las fronteras no existen en realidad, sino que son construcciones de la mente”, señala.

Esteban Duque ha sido testigo del poder de estos cetáceos que mantienen los ecosistemas y a los que los antepasados cazaron casi hasta su extinción, pero que hoy brindan esperanza y congregan a miles de personas que quieren conocerlos.
Mientras se interna por el canal Beagle y deja el continente a sus espaldas, me cuenta que ha tenido varios encuentros memorables. No puede olvidar cuando entró al agua en Bahía Solano a revisar a una mamá y su bebé ballenato lo vio aparecer de la nada. El pequeño, de dos metros, lo observó con miedo y curiosidad. Con su acento paisa, Duque interpreta lo que el bebé debía pensar: “Amá, mirá, hay algo ahí; amá, ayuda”. La madre, de catorce metros, lo inspeccionó hasta que decidió confiar en él; le permitió ayudarla con un hilo que tenía en la cola, el bebé se relajó y tomó leche, en un espacio íntimo en el que se le permitió estar presente.
Por supuesto, le quedan sueños por cumplir: trabajar con las ballenas directamente en el agua, ser padre y compartir con otras personas el conocimiento que ha obtenido, de la misma manera que lo hacían los biólogos de los documentales que veía cuando niño.
Mientras proyecta sus sueños, permanece en Chocó cuando no va a la Antártida, en la época en que las ballenas llegan a reproducirse. Allí, los machos entonan un canto que guía a las hembras a una zona de encuentro. Ellas son capaces de improvisar, cambiar la tonada y comunicarse, de acuerdo con la situación o el momento que viven.
Y es que las ballenas tienen un lenguaje. Y una cultura. Son migrantes y seres profundamente conscientes. “La suya es una conciencia muy elevada. Para mí, son seres con sociedades complejas y lenguaje propio”, aclara.
Mucho tenemos que aprender de ellas. Lo sabe Duque, quien también compone canciones. Desde el sur del mundo, antes de adentrarse en la Antártida, me envía uno de sus cantos. Un fragmento de su canción Los nombres del agua, en la que se entremezclan sonidos de ballenas de fondo, y que recuerda que el agua es la “Historia del tiempo, primer pensamiento, promesa de vida que creó el aliento” y que su “agua bendita, con lluvias de sal lava mis heridas… Elijo ser el capitán de mi vida”.

