Foto: Fotografía Diego Dussán
septiembre 28, 2026
Gastronomía

Un café que salva vidas: el milagro del café en el sur de Bolívar

La historia del sur de Bolívar está cambiando gracias a un grupo de familias que creyó más en el café que en los cultivos ilícitos. Por eso, pueden mostrar con orgullo un producto de exportación que es ejemplo en la serranía de San Lucas.
POR:
Laura Camila Calvo Flórez
Revista Diners
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En una de las paredes de madera hay varias fotografías de la familia Barajas.

—Ahí mi papá ya estaba enfermo —dice Arcadio Barajas mientras señala una de ellas—. Ya son cinco años desde que nos dejó —recuerda.

Tiene veinticinco años y es el único hijo varón de una larga lista de mujeres. Dice que su papá nunca lo castigó ni fue severo con él. Que antes de morir le repetía que tenía que cuidar el cultivo, que era la única forma de mantener a la familia. Son las diez de la mañana y las gotas de sudor ya se asoman por la frente de Arcadio, producto de los 40 °C de temperatura en la serranía de San Lucas, situada en el sur de Bolívar.

—¿Ya tomaron un cafecito? Les voy a preparar uno —dice.

Se dirige a la cocina mientras suena la emisora de fondo. Toma una olla esmaltada gris y alista un par de pocillos, abre la bolsa y el lugar se llena de aromas dulces; dice que el café “llegó por allá en la época de las avionetas”.

La serranía de San Lucas se encuentra en el sur del departamento de Bolívar, muy cerca del río Magdalena. Durante cuarenta años, ha sufrido la violencia por la disputa de sus cultivos ilícitos y por la explotación del oro en sus ríos. Por suerte para Arcadio y sus hermanas, hace unos años llegaron los primeros programas de sustitución y unos nuevos sembrados que le trajeron esperanza a la familia Barajas después de la muerte de su padre.

Arcadio se pone sus botas de caucho; es la hora de entrar a los cafetales. El sol golpea tan fuerte que los granos se ven de un rojo intenso. 

—Esos son los que están maduros y van para la canasta; los verdes déjelos en la rama —me advierte una voz que acentúa con fuerza el final de la oración—. Es que las personas que llegaron a estas tierras son de Boyacá y de Santander, por eso hablamos así —aclara Édgar Mendoza, cuñado de Arcadio.

Este hombre bonachón, de acento golpeado, dice que nunca planeó cultivar café y que llegó a él por accidente. Todo empezó sin querer, en las tardes, cuando se reunía con su suegro y le ayudaba a recoger los granos de la cosecha.

—Yo le voy a dejar el terreno para que usted siembre el café, me dijo un día mi suegro, y ahí empecé en este mundo —recuerda.

Así como Édgar conoce casi al pie de la letra la historia del corregimiento de Santa Rosa y puede hablar sin cansarse durante horas, también puede, en el primer sorbo, distinguir con exactitud las tonalidades y la altura del café.

—Es casi una manía que tiene —me dice Arcadio.

Aunque en un principio este señor con nombre de personaje de Cien años de soledad mostró incredulidad, luego comprobó que aquel poder legendario, lejos de ser mítico, está arraigado en un recuerdo: el primer café de calidad, sin azúcar, que tomó.

“No podía creer que a un producto tan común en Colombia se le diera tan mal trato. Valía la pena esforzarse para tener un cafecito de calidad en casa”, manifiesta. Édgar comenzó a cultivar café gourmet, motivado en parte por el deseo de que los colombianos puedan degustar un sorbo de calidad viviendo en la tierra cafetera.

En ese mismo corregimiento, otras 35 familias campesinas se atrevieron a apostarle al café en un territorio donde la economía es casi imposible. Tres décadas después, este emprendimiento se convirtió en la Asociación de Caficultores y Productores Agropecuarios de Santa Rosa del Sur, Bolívar (Asocafé), organización que sostiene, junto a otras cooperativas de la región, a 723 familias cafeteras que cultivan 1.386 hectáreas en todo el departamento de Bolívar. La misma que hoy preside Édgar Mendoza y que tiempo atrás le enseñó al papá de Arcadio las bondades de la planta.

En la geografía del sur de Bolívar se escucha vallenato, se come comida santandereana y en las tardes, en lo alto de la serranía, se ven los morados y naranjas del atardecer. Los caminos de trocha, polvorientos, conectan el municipio de Santa Rosa con los corregimientos de San Lucas y Fátima. Ahí, en una de esas montañas, esperando la tarde, se encuentra Manuel Plazas. Sin titubeos, dice que el amor más grande de su vida ha sido el café y que le debe su segundo amor —el de su familia— a ese cultivo.

Café en el sur de bolívar
La Asociación de Caficultores y Productos Agropecuarios de Santa Rosa del Sur, Bolívar (Asocafé). sostiene, junto a otras cooperativas de la región, a 723 familias cafeteras.

Llegó a Fátima en 1974 y en esas laderas verdes imaginó que el café podría ser su proyecto a largo plazo: el mismo que le permitió darles educación a sus hijos y verlos graduados de la universidad a punta de cosechar café. A sus 70 años, se enorgullece de saber que a sus hijos y nietos les dejó la herencia de “trabajar la tierra honradamente”, que cada uno de ellos asistió a la universidad y hoy, desde sus distintas profesiones, regresan a retribuir algo a esta tierra. “Para mí, lo más sagrado que existe es cultivar la tierra sin ilícitos… Aquí la gente ha sufrido las consecuencias de trabajar en esas cosas”, señala Manuel.

A la planta de Asocafé llegan bultos cargados con los granos desde la serranía de San Lucas; sobresalen todo tipo de máquinas y en uno de los estantes se encuentran los cafés listos para la distribución de las familias asociadas. Buena parte de esa infraestructura llegó de la mano del proyecto “Fortalecimiento de la producción de café especial de 121 familias”, cofinanciado por el Programa Colombia Sostenible y ejecutado por el Fondo Colombia en Paz con recursos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), además del respaldo de la Alcaldía de Santa Rosa del Sur y el Programa de Alianzas Comerciales de Usaid.

Café en el sur de bolívar
A la planta de Asocafé llegan bultos cargados con los granos desde la serranía de San Lucas.

De la convicción de Manuel de que la paz no se hace, sino que se construye, surge el café de la familia de Arcadio, que está presente en la reconocida marca Amor Perfecto con el sello Café Barajas. Esa misma creencia ha llevado a que el café gourmet de Édgar compita en Cartagena y, gracias a esa misma creencia, 240 familias campesinas decidieron dejar la coca por el café en el sur de Bolívar, una transición que hoy encuentra respaldo concreto en el Fondo Colombia en Paz: plantas de transformación, sistemas de energía solar y asistencia técnica que están cambiando, poco a poco, la manera en que esta comunidad procesa y vende lo
que cosecha.

“Si cultivar café me une a mis hijos, a mis padres, a mis hermanos, ahí hay paz. Ahora, si como caficultor vivo en unidad con mi vecino, que también cultiva café, ya somos dos familias que vivimos en paz. Pero aquí no somos dos familias, somos más de 400 familias y, si todos tenemos ese mismo pensamiento, pues seremos 400 familias santarroseñas que vamos a vivir en paz, en tranquilidad”, dice Édgar mientras se toma el último sorbo, uno que alcanza tonalidades de chocolate, miel y, por supuesto, paz. 

( Continúe leyendo: Caldas florece entre las nubes: la reinvención del departamento biodiverso que lo tiene todo por descubrir )

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