Hasta hace poco, confieso que el golf me parecía un deporte aburrido. Desde la televisión, esa coreografía de hombres vestidos con colores pastel, caminando entre el pasto para golpear una pelota diminuta, me resultaba incomprensible. Pero una mañana decidí salir de Bogotá, llevar conmigo un poco de curiosidad y algo de escepticismo, y tomar la carretera hacia el norte, hasta el Campo de Golf Briceño 18, en el kilómetro 18 de la vía a Sopó. El paisaje fue cambiando, los edificios se hicieron menos densos, y la ciudad quedó atrás, como si se disolviera en el espejo retrovisor.
Vea también: Confesiones de un fanático al golf
Apenas crucé el portón, entendí que aquel lugar tenía una energía distinta. Frente a mí se extendían setenta hectáreas de verde impecable, una sucesión de colinas, lagos y árboles que parecían dispuestos para calmar el ruido de la cabeza. El aire tenía un olor a eucalipto que lo limpiaba todo. Y lo mejor es que aquí no se necesita ser socio ni experto para jugar, porque el lugar fue pensado bajo el concepto golf para todos, lo que convierte a Briceño 18 en un refugio más democrático de lo que cualquiera imaginaría. Un inexperto con palo en mano Briceño 18 Decidí empezar con lo más simple recorrer el campo en uno de esos carritos de minigolf que, en la televisión, parecían un capricho de millonarios. Pero en la vida real resultan una maravilla. Mientras avanzaba lentamente entre los árboles y los espejos de agua, empecé a entender por qué hay gente que se obsesiona con este deporte. El viento movía los pinos con una elegancia silenciosa y el golpe seco de los palos contra las bolas resonaba en la vasta pradera. En el camino me enteré que este lugar es la casa de figuras como Juan Sebastián Muñoz, jugador del PGA, que entrena aquí cada vez que vuelve al país. También ha sido escenario de proezas como la del alemán Martin Borgmeier, quien consiguió un Récord Guinness con un tiro de 520 yardas (un poco más de 475 metros), el más largo jamás registrado [TRUNCADO]


