ALF llenó de risas los hogares durante los años 80, como un extraterrestre entrañable, travieso y con un gusto gastronómico por los gatos. Esta figura peluda vivía en la casa de Willie Tanner, un padre de familia con infinita paciencia por las travesuras de este ser proveniente del planeta Melmac. Esta es la premisa de una serie de televisión que durante años marcó el rating de diversas cadenas de televisión alrededor del mundo. Sin embargo, son pocos los que conocen la historia real de Willie Tanner, encarnado por el actor Max Wright . Vea también: La casa en la que se puede volver a los años 80 Este hombre oriundo de Detroit (Estados Unidos) confesó al final de la serie que trabajar con ese muñeco resultaba difícil, oscuro y cargado de tensión. Él dijo que el set era una carga pesada, que muchas escenas que parecían fáciles eran tortuosas detrás de cámaras. Esto desencadenó un resentimiento emocional, que le generó un agotamiento profundo que se acumulaba episodio tras episodio. Según relatos de Anne Schedeen, la actriz que dio vida a la esposa de Willie, producir un capítulo de treinta minutos llegaba a requerir veintidós a veinticinco horas divididas en dos días.
Se necesitaba ajustar luces, cámaras, recalibrar cada toma cada vez que ALF debía moverse, gesticular o aparecer completo en imagen usando cuerpo completo con el actor húngaro Michu Meszaros o como marioneta con operarios y trampillas bajo el escenario. Esa lentitud, ese calor del set, ese tedio se impregnaba en todos los miembros del elenco. Bajo la sombra de ALF Además, Max Wright sentía que el sentido del show se desplazaba hacia ALF demasiado. El personaje humano, Willie Tanner, quedaba reducido al soporte del extraterrestre. ALF recibía las líneas más divertidas, las intervenciones más recordadas, los remates cómicos que el público repetía después de los episodios. Wright, actor formado en teatro clásico, acostumbrado quizás a papeles con mayor complejidad dramática, veía cómo la marioneta dominaba escenas mientras él debía mantener naturalidad, realismo, a pesar de la artificiosidad que implicaba hablar con un muñeco operado por muchas manos. Esa sensación de secundario continuo le generó hartazgo profesional que creció con los años de rodaje. Justamente ese malestar alcanzó momentos críticos.
En una entrevista Wright dijo que estaba ansioso de que terminara el show. Anne Schedeen recordó que en la última noche de grabación no hubo despedidas, ni celebración. Había una sola toma final, Max se fue al camerino, agarró sus cosas, salió, se subió al auto y se marchó sin mirar atrás. Para él terminar fue un alivio, una liberación física del peso que representaba esa producción que consumía más de lo que entregaba en bienestar. No todo con ALF fue tan malo Wright dijo que pese al conflicto interno él reconocía que ALF había traído alegría a mucha gente que lo veía, que los correos, las cartas de admiradores le recordaban aquello que fuera público: el personaje entretenía, hacía reír, tenía encanto. Pero para Max el contraste entre lo que hacía ALF en pantalla y lo que vivía en el set era tan fuerte que la distancia entre su vida interior como actor y el personaje ficticio resultaba insostenible en muchos momentos. Además quedó claro que la relación con Paul Fusco, creador, voz y manipulador de la marioneta, complicaba las cosas. Fusco tenía un control muy amplio sobre ALF desde su concepción, las líneas, los tiempos de aparición, los gestos. Esa centralización amplificaba la impresión de que ALF no era solo el show sino el eje gravitatorio al que los humanos debían ajustarse constantemente. Wright se encontró varias veces interpretando la función de equilibrar la comedia del alienígena, contener los quiebres de humor, mantener credibilidad ante la audiencia mientras ALF robaba foco con facilidad.



