Antes de que aparezcan las canciones, están las decisiones incómodas. Antes del escenario, la adultez. Duplat no se refugia en la épica del virtuosismo ni en la nostalgia cómoda del conservatorio, prefiere interrogarse sobre qué significa comunicar algo en un mundo saturado de ruido, de fórmulas pegajosas y de música que se consume y se olvida con la misma velocidad.
Desde Dulce y Amarga, su sexto álbum, hasta la construcción consciente de un sonido bogotano junto a nombres como Juan Pablo Vega y Andrés Cepeda, el artista piensa su carrera como un acto de coherencia más que de estrategia, como una forma de decir algo cuando decir algo se volvió un gesto raro.
En esta conversación con Diners habla del miedo a crecer, de la incomodidad de hacerse adulto, de la necesidad de escribir canciones con mensaje en tiempos de inteligencia artificial, del orgullo de representar a Bogotá y de su apuesta radical por la música en vivo, sin playback, con músicos tocando de verdad.
Lo que sigue no es una defensa del pop ni un manifiesto generacional, es el retrato de un bogotano, amante de la música, que tiene algo que decir:
¿Considera que para entrar a la industria musical tuvo que abandonar parte del virtuosismo con el que comenzó su formación? Duplat
Sí, siento que formarse en el conservatorio es un arma de doble filo porque la música clásica y académica le da demasiada importancia a demostrar que el pianista puede tocar y que los músicos son habilidosos, mientras que el espíritu del pop está enfocado en la comunicación y en decir algo, y para decir algo no necesitas tocar como un dios. Duplat
En ese proceso ha sido importante soltar prácticas tradicionales y dejar de hacer música complicada que no se entiende, que a la gente no le gusta y que a mí tampoco me gusta, porque la música demasiado elaborada desconecta y se vuelve difícil de escuchar. Duplat
En el pop es importante hacer música comprensible. Incluso la pieza que vamos a tocar con la orquesta pertenece a un repertorio absolutamente digerible, más relacionado con el jazz y que mucha gente asocia con música para cine, no con esa música superarcaica y superseñorial que para mí ya está extinta.
Soltar ese deseo del músico de conservatorio de demostrar que toca bien es clave, porque a quien escucha música le importa que le comuniquen algo.
¿La transición hacia la adultez es un punto de partida conceptual para el álbum Dulce y Amarga? Duplat
Es un punto muy importante porque siempre he tenido una inquietud artística con las temáticas de las canciones. El amor es un tema muy fuerte que reaparece en toda la música y gran parte de la mía habla de amor, pero me interesa abordarlo desde otros puntos de vista, no únicamente desde el enamoramiento, sino desde el dolor que produce querer a la gente. Duplat
El proceso de crecer siempre me ha generado resistencia, me habría gustado ser un niño toda la vida, y crecer produce amargura porque las cosas cambian y aparecen nuevas preocupaciones. Desde que empecé a hacer música sentí que la vida me empujaba a crecer rápido, a rodearme de gente mayor y asumir retos, y este año fue particularmente adulto porque formé mi empresa musical, pasé tiempo en notarías, aprendí de inmuebles y asumí responsabilidades que me resultan absolutamente deprimente aunque necesarias.
Todo eso atraviesa las canciones, incluso cuando no se menciona de forma literal, porque me parece aburrido escribir una canción que diga que hay que pagar facturas, pero el espíritu de las letras está lleno de esa nostalgia de dejar de ser niño y adolescente. Duplat, Duplat, Duplat, Duplat, Duplat, Duplat, Duplat, Duplat
¿Este álbum le da forma a la idea de que la vida es hermosa y horrible al mismo tiempo? Duplat
Cuando escuché las canciones del disco entendí eso. Inicialmente el nombre provisional era Tragicomedia, pero me sonaba demasiado teatral. Luego apareció la canción con Andrés Cepeda y entendí que esa ambigüedad era el hilo conductor del álbum. Duplat, Duplat, Duplat, Duplat, Duplat, Duplat, Duplat,
Canciones como Elígeme hablan de querer estar con alguien aunque no sea posible, Vete del país expresa una relación que pasó del gusto al rechazo, Dulce Amarga aborda directamente esa dualidad, Zombie habla de estar con alguien y sentirse mal por lo hecho antes.
Todas comparten esa ambivalencia emocional que produce el amor, ese riesgo de lastimarse cuando uno decide querer. También fue un paso hacia hacer música menos adolescente y buscar canciones con mensaje, porque las canciones con sentido trascienden al artista incluso después de su muerte, mientras que las canciones pegajosas son efímeras.
¿En qué momento sintió que esa revisión emocional era algo colectivo y no únicamente personal?
Hubo un momento muy claro con Andrés Cepeda. Me sorprendió su visión sobre mi música y tuvimos conversaciones sobre lo aburrido que se volvió hacer música sentándose con muchas personas a buscar ideas pegajosas y hooks memorables que no se sienten propias ni sinceras.
Con él coincidimos en la necesidad de escribir canciones que digan algo y tengan un mensaje fuerte, y esa validación me hizo entender que lo que estaba diciendo podía llegar lejos. Es una mentalidad artística que debe mantenerse a lo largo de la carrera, sobre todo en un contexto donde se publica más música generada por inteligencia artificial que por personas, y donde muchas canciones humanas suenan genéricas.
Hoy la autenticidad se volvió un producto valioso y escaso, y el reto de decir algo es lo que separa al artista de quien simplemente publica música.
¿Cómo fue la experiencia creativa junto a Juan Pablo Vega?
Con Juan Pablo Vega se formó una amistad muy natural que hizo que la relación dejara de sentirse profesional. Empezamos a escribir música de forma constante para él, para mí y para otros artistas, y en una de esas sesiones nació Zombie.
Todo fluyó con naturalidad y compartimos una visión de arriesgarnos a hacer música diferente y especial. Hemos hecho mucha música juntos y vienen proyectos para el próximo año. Además, en el disco quise consolidar un sonido bogotano, combinando la participación de una banda argentina, que me inspira mucho, con figuras posicionadas del pop nacional como Juan Pablo Vega y Andrés Cepeda.
Creo que Bogotá necesita construir una identidad sonora propia, como lo han hecho bandas como Aterciopelados y Morat, y mostrar ese sonido capitalino que surge de la mezcla de influencias de Estados Unidos, Reino Unido, Argentina y México.
¿Las colaboraciones con artistas como Álvarez Mejía, Juan Galeano y Santiago Cruz influyen en su estilo musical?
Con Santiago Cruz y Diamante Eléctrico todo fue muy espontáneo y natural porque compartimos una visión artística centrada en la autenticidad.
Ellos son artistas que se han mantenido fieles a su lenguaje y a su espíritu, sin ceder a modas pasajeras. Santiago Cruz, por ejemplo, mantiene su esencia cantautora, y Diamante Eléctrico también ha sido coherente con su identidad. Me atrae esa afinidad por escribir música sincera, sobre todo en un contexto donde la gente se está cansando de escuchar la misma canción repetida de distintas formas.
¿Qué significa asumir el título de ‘El príncipe de Chapinero’?
Comenzó como un chiste interno, pero este año se volvió una realidad. En marzo, durante los premios Nuestra Tierra, gané un premio y en mi discurso espontáneo hablé de Bogotá y del sonido bogotano. Luego vino una condecoración del Concejo de Bogotá agradeciéndome por representar el nombre de la ciudad.
Más tarde acompañé a Manuel Medrano en una gira latinoamericana donde mencioné constantemente el bogotanismo. Pasó de ser una fantasía a una responsabilidad real de exportar la identidad sonora de Bogotá.
Hoy siento que muchas personas entienden cómo suena Bogotá y cómo es un bogotano, y ese orgullo se está volviendo tangible dentro y fuera de Colombia.
¿Cómo describes la visión escénica que tienes para sus conciertos?
Me interesa enaltecer el acto en vivo y mostrar música hecha sin pistas, sin playback, sin coreografías, con músicos tocando de verdad.
Me importa el arreglismo y llevar un formato grande con vientos, cuerdas, coristas, teclados y mostrar el multiinstrumentalismo. En la apertura que hice para Manuel Medrano en el Movistar Arena no hubo pantalla ni visuales, y eso me hizo entender que el centro del show debe ser la música.
Quiero evocar esa experiencia de fascinarse con la música en vivo bien hecha, donde luces y videos acompañen, pero no sustituyan el acto musical.
¿De qué forma este sexto álbum redefine su camino artístico?
Siempre he decidido publicar mucha música y construir una discografía que funcione como un diario público. Autogol, de 2023, fue mi verdadero debut, porque antes no me veía como cantante.
En 2024 publiqué Mosaico Pirata, un disco muy enfocado en arreglos, pero sentí que descuidé el mensaje. En este álbum quise escribir con libertad, sin pensar en si iba a gustar, y entendí que lo más importante es el mensaje.
Simplifiqué el sonido porque la sobreproducción desconecta. A la gente no le importa cuántos violines hay, le importa lo que dice la canción. Este disco me dio la confianza de que el camino está trazado y que el reto es seguir haciendo buena música.
¿A qué emociones quiere que se entregue el público cuando escuche este álbum y sus conciertos?
Quiero evocar ese sentimiento extraño de llorar en un concierto, de emocionarse colectivamente, de vivir una catarsis compartida.
No es llorar en la cama, es llorar cantando, celebrando, desahogándose con otros. Me interesa ese equilibrio entre fiesta y emoción, como cuando uno ve una película de Disney y llora rodeado de gente. Quiero ser un artista de conciertos y festivales, de cantar bajo la lluvia, sacar el teléfono, emocionarse juntos. Ese es el sentimiento que busco con mi música.
Esta es la música que escucha Duplat por estos días:
Yendo de la cama al living / Charly García
Esta es una canción importante para entender el lenguaje musical del pop; he empezado a comprender que mucho de mi repertorio en español y mis mejores referencias están en Charly y en toda la Argentina.
Será que no me amas (cover) / Luis Miguel
A veces solo buscamos escuchar algo que podamos comprender de principio a fin. Luis Miguel lo logra con este cover de Blame It on the Boogie, tema interpretado originalmente por el cantautor británico Mick Jackson y popularizado por The Jacksons (nada que ver el uno con los otros). Ahí podemos escuchar que el pop es un lenguaje tan internacional que se puede llevar al español y ser igual de exitoso.
Detalles / Roberto Carlos
Me gusta mucho la música en español, por lo que Roberto Carlos no puede faltar. Siento que tengo un amor por el tiempo pasado, y de algún modo esta música es más trágica y trascendente que la que actualmente se hace.
Tú necesitas / Aleks Syntek
Otro de mis referentes es de México y, además, es pianista como yo. Esta canción demuestra que los tecladistas tienen un diferencial como compositores, respecto a lo que escriben los cantantes o los guitarristas.
El amor acaba / José José
Aunque tomé el hábito de escuchar poca música para no estar sesgado a la hora de experimentar, estos clásicos se convierten en referentes narrativos porque son letras más profundas. Tal vez siento eso porque he deseado ser más adulto de lo que soy.


