Un hombre corpulento vestido de militar permanece a pocos pasos de Tom Hiddleston en una escena de The Night Manager. Pronuncia sus líneas en un inglés preciso, se mueve con seguridad en el espacio y mientras la cámara acompaña la acción, nadie sospecha que ese actor secundario nació en Guapi, que creció entre canchas de barro mirando el cielo húmedo del Pacífico y que durante años creyó que su destino estaba bajo un arco de fútbol. Ese hombre se llama Jair Ocoro.
A los nueve años dejó su casa para vivir en la pensión de Deportivo Cali. “Yo era un niño grandote que no entendía bien qué hacía tan lejos de su mamá, pero tenía claro que quería ser arquero”, recuerda. Allí, entre catres alineados y uniformes colgados, aprendió a levantarse antes que los demás y a sostener el cuerpo con disciplina. Mientras intentaba adaptarse a esa vida lejos de su familia, recibió la noticia de la muerte de su padre en un accidente. “Me tocó despedirme de él a la distancia y seguir entrenando al otro día”, dice.
Ese golpe no lo devolvió a Guapi. Permaneció en Cali con una determinación que hoy recuerda como madurez temprana. “Aprendí a lavar mi ropa, a comer lo que me servían y a no quejarme”, cuenta. Entrenaba con una concentración absoluta porque el fútbol representaba una posibilidad real para sostener a los suyos. Su estatura de 1.93 y su contextura atlética empezaron a abrirle puertas en distintas escuelas del Valle del Cauca, aunque ninguna terminó por ofrecerle estabilidad.
La promesa del fútbol empezó a desplazarse por el mapa. Viajó por varios países de Sudamérica siguiendo convocatorias que nunca se concretaron. Después llegó una oferta que lo condujo a Madrid con la ilusión intacta. Allí descubrió que el contrato era una trampa. “Llegué pensando que mi carrera iba a despegar y me encontré sin un euro y sin equipo”, recuerda. Durante varios días caminó por la Gran Vía con la sensación de haber perdido el rumbo. “Sentía que todo se había acabado”.
Esa experiencia lo obligó a improvisar una nueva ruta por Europa. Recorrió 16 países con trabajos ocasionales hasta llegar a Dinamarca, donde logró integrarse a un equipo de segunda división. “Aprendí danés trabajando en el campo y jugando fútbol”, cuenta. Allí empezó a notar que su presencia física llamaba la atención en otros escenarios. Algunas marcas lo contrataron como modelo. “Eso me parecía raro, yo nunca me había visto de esa manera”.
Adiós al fútbol, bienvenida la actuación
A los treinta años tomó una decisión que no estaba en sus planes de infancia. Dejó el fútbol. “Sentía un vacío, como si estuviera cumpliendo un sueño que ya no era mío”, explica. Un agente insistió en que se tomara fotos profesionales y comenzara a presentarse a castings. Jair aceptó sin demasiadas expectativas. “Fui por curiosidad y terminé encontrándome con algo que no sabía que me gustaba”.
Buscó formación con rigor. Se inscribió en una escuela de interpretación en Madrid y pidió ayuda para poder pagar sus estudios. “Le dije al director que no tenía dinero, que lo único que podía ofrecer era disciplina”, recuerda. Allí comenzó a trasladar la disciplina del deporte al trabajo artístico. Descubrió métodos de trabajo corporal y emocional que le resultaban familiares por su pasado como deportista. “Entendí que actuar también era entrenar”.
Su primer rodaje profesional lo recibió con una van Mercedes que llevaba su nombre en la puerta y un camerino que parecía desproporcionado para alguien que pocos años atrás había dormido en pensiones deportivas. “Cuando vi mi nombre en ese automóvil pensé que se habían equivocado”, dice entre risas. En el set conoció al actor español Pedro Alonso durante una producción vinculada al universo de Berlín. Poco después compartió escena con Hiddleston bajo la dirección de Susanne Bier. “Todos me repetían que siguiera estudiando, que no dejara de prepararme”.
El método Jair Ocoro

Jair habla de su proceso con serenidad. Menciona técnicas de trabajo corporal y ejercicios de memoria emocional que le permiten entrar y salir de personajes con control. “La cámara detecta todo, no se le puede mentir”, afirma. En esa búsqueda encontró referencias teatrales clásicas y métodos contemporáneos que incorporó a su rutina diaria.
También estableció límites. “No quiero aceptar cualquier papel por necesidad”, dice. Prefiere esperar proyectos que le permitan crecer y que no lo encasillen en estereotipos.
Hoy, mientras participa en producciones para plataformas como Prime Video y Netflix, su rostro pronto aparecerá en grandes comerciales relacionados a la Copa Mundial de la FIFA, donde irónicamente interpreta a un arquero. “Es raro porque termino haciendo frente a la cámara lo que soñé hacer en una cancha”.
Cuando recuerda ese pasado, no habla de fracaso. “Todo lo que viví en el fútbol me sirve ahora”, afirma. Su cuerpo, disciplina y resistencia siguen presentes cada vez que se para frente a una cámara. “Yo siempre le digo a la gente que no limite sus sueños con argumentos de realidad. Hay que imaginar un futuro con insistencia hasta que empiece a parecer posible”.
Jair Ocoro entiende que su historia no sigue una línea recta. Desde Guapi hasta los sets europeos, su camino ha estado marcado por pérdidas, viajes y decisiones que lo empujaron hacia una profesión que hoy asume con la misma seriedad que lo llevó a estar hoy frente a una cámara. ¿Su próximo gran sueño? Convertirse en una estrella de Hollywood.


