Bunkuany
Foto: Camilo Medina Noy
febrero 12, 2026
Viajes Colombia

Bunkuany, donde nace la luz en la Sierra Nevada de Santa Marta

Conocida como la segunda Ciudad Perdida, este es un lugar místico ubicado en la Sierra Nevada de Santa Marta, de la mano de Tayrona Birding, una empresa dedicada al turismo comunitario y sostenible, especializada en observación de aves.
POR:
Simón Granja Matias

Bunkuany, Bunkuany, Bunkuany, Bunkuany, Bunkuany, Bunkuany, Bunkuany, Bunkuany, Bunkuany, Bunkuany, “Puede ser bueno o puede ser malo”, fue la respuesta del mamo Manuel cuando, apenas nos bajamos de las camionetas, apareció una pareja de tucanes volando encima de nosotros. “¿Sobre nuestra presencia acá?”, le pregunto, y él parece asentir. Las aves se van, y en el aire queda la incertidumbre generada por la respuesta vaporosa del sabio que nos guía.

“¿Qué significa eso?”, le pregunto a Jaruen Rodríguez, nuestro guía de Tayrona Birding. “Los mamos leen en el canto de los pájaros lo que puede suceder porque ellos conectan el cielo con la tierra”, me explica. Pero la respuesta no me parece suficiente: “Entonces, ¿el mamo interpretó algo en la aparición de los tucanes para nuestro camino, una especie de designio?”.

La pregunta queda en el aire. El mamo nos convoca al frente de Donama, una roca de unos tres metros de alto, rodeada por rocas más pequeñas, con petroglifos de todo tipo. Este lugar, conocido por el nombre de la misma roca, es uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de la Sierra Nevada de Santa Marta, por la cantidad de petroglifos con figuras zoomorfas y antropomorfas que hay allí.

Se presume que sus autores fueron los taironas, un pueblo indígena precolombino que resistió la invasión española con fiereza y se destacó por su avanzada tecnología, pese al aislamiento en el que vivían en esta tierra. Actualmente, su cultura es famosa por su orfebrería en oro y cerámica, al igual que por construcciones que todavía se visitan, como las terrazas de Ciudad Perdida o Bunkuany —conocida como la segunda Ciudad Perdida—, nuestro destino en esta caminata por las laderas de la Sierra Nevada.

Nos formamos en círculo alrededor del mamo Manuel, quien, mientras mastica hoja de coca, saca un algodón, le quita un pedazo y nos lo entrega. Debemos depositar en él nuestros pensamientos buenos y malos, soplarlos y devolvérselos. El mamo habla con la tierra e intercede por nosotros mientras observamos los petroglifos que nos rodean.

El excazador en Bunkuany

Bunkuany
Camilo Medina Noy

La camioneta avanza veloz por las trochas, mientras escuchamos las historias de Jaruen. Antes de dedicarse al turismo, era cazador. En 1996, Parques Nacionales lo invitó, así como a otros cazadores, a una reunión para proponerles cambiar de profesión mediante cursos ocasionales. Así pasó el tiempo, hasta que en 2000 se convirtió en guardabosques del parque Tayrona y se dedicó a proteger a los animales que antes cazaba. Sin embargo, durante el desarme paramilitar (2003-2006), dejó Parques Nacionales para apostarle al turismo.

“Me enamoré del turismo”, afirma emocionado. “Vi que era una gran oportunidad en un tiempo de mucha presión en el territorio; era como una ventana que me mostró una luz. El turismo, bien manejado, puede cambiar realidades y ayudar a construir paz”, dice.

Este hombre de 49 años empezó con un grupo de 14 guías en el parque Tayrona para turismo comunitario; en la actualidad, hay más de 100. “Seguimos creando productos con comunidades indígenas y campesinos, haciendo acuerdos y descubriendo nuestro territorio, que antes desconocíamos. Hoy en día, apreciamos más sus tesoros escondidos”, asegura.

Hace tres años creó Tayrona Birding, agencia dedicada al turismo comunitario y sostenible, especializada en observación de aves de la Sierra Nevada. “¿Cuál es su gran sueño?”, le pregunto. “Hemos tenido tiempos difíciles, con un turismo desorganizado o monopolios destructivos, pero un turismo bien hecho genera paz, pues une a la gente. Cuando hay bienestar económico, estudios y menos necesidades, hay paz”, responde.

“¡Hasta acá llegamos en carro, ahora sí toca a pie!”, anuncia el guía. 

Un cuarzo en el camino

La luz es distinta a la de otras selvas que he visitado. Esta selva húmeda tropical de la Sierra Nevada brilla con más intensidad: la vegetación es menos tupida, estamos colgados de la falda de la montaña, cerca del mar, con una brisa salada. Y es que la luz en la selva no es solo luz: es el color de las hojas, el viento que corre, la humedad del ambiente, el sonido de las aves y los insectos, y también el silencio.

Adelante van el mamo Manuel y su hija Patricia, una niña de nueve años que, al igual que su padre, viste el traje típico kogui: un vestido blanco que deja al descubierto brazos y piernas. Lleva una mochila, un collar de chaquiras rojas del que cuelga un gancho de ropa y lo que parece un arete cualquiera, además de otro collar con piedras de distintos colores. Con el tiempo entiendo que no son objetos cualquiera, y que Patricia es una niña curiosa e inteligente que les da un significado profundo a las cosas que encuentra; seguramente, el significado que les dio a esos objetos que parecen tan sencillos, como un gancho de ropa o un arete, es mucho más de lo que se puede apreciar a simple vista. Además, en cada mano lleva una pulsera de algodón con una piedra negra.

No habla casi español, solo pronuncia algunas palabras. Su padre domina un poco más el idioma, pero es evidente que no es su lengua nativa. Su lengua, el kaugiañ, pertenece a la familia chibcha; curiosamente, aunque los koguis conviven en la Sierra con otros tres pueblos defensores de la Sierra Nevada (arhuacos, wiwas y kankuamos), comparten cosmovisión y algunas costumbres y sus lenguas son hermanas, no se entienden entre ellos.

El mamo Manuel le muestra a su hija cosas que ve en el camino: plantas, agua, luces; ¿la vida? Hablan mientras caminan; él la guía y ella escucha. “A ella la están preparando para ser una saga”, me murmura Jaruen. “¿Cómo así?”, le pregunto. Las sagas son equivalentes a los mamos: líderes espirituales que se comunican con la naturaleza, las cumbres de la Sierra, la vida. El mamo se conecta con el Sol; la saga, con la Luna. Aun cuando esta es, obviamente, una descripción sucinta que se da en medio de la caminata sobre los roles profundos que tienen ambos, con solo ver al padre mamo y a la hija saga delante de mí, entiendo que están conectados al mundo de manera espiritual y profunda. Me siento honrado de caminar con ellos. 

El mamo carga dos mochilas cruzadas y, a diferencia de su hija…

Este hombre viste unos pantalones blancos y encima una gran camisola también blanca. No lleva collares visibles, aunque luego me mostraría un cuarzo que le cuelga del cuello. Y en la cabeza luce su namato, un gorro blanco con forma puntiaguda que en la cultura kogui únicamente visten los mamos y que representa los picos nevados de la Sierra. 

Si bien el camino se torna más agreste y los niveles de humedad crecen, siento esa paz que solo la naturaleza da. Me detengo un instante, y noto que frente a mí se abre el camino; el mamo y su hija pasan una quebrada sobre la que brilla un rayo de sol que entra por entre las hojas de unos árboles inmensos. Las mariposas revolotean y rozan el agua. 

En un instante, el mamo se aleja del grupo y quedo solo con Patricia. Trato de preguntarle cosas, pero ella simplemente me mira y sonríe, así que seguimos en silencio nuestro camino. En algún momento, ella recoge del piso la hoja de una planta y me la da; me señala que la huela. Es cilantro cimarrón, que se emplea para adobar la comida. Ella me mira y nuevamente sonríe. 

“¿Por dónde cruzamos?”, le pregunto cuando nos encontramos frente a un derrumbe en el camino, porque aun cuando yo le llevo ventaja en años, ella me lleva ventaja en experiencia en estas tierras. Ella con sus crocs, yo con mis botas de montañista, empezamos a cruzar por entre la tierra; ella me extiende la mano para ayudarme, y de repente nos damos cuenta de que estamos parados sobre un montón de cuarzos; el suelo brilla. Le señalo las piedras y ella, emocionada, comienza a mirarlas; escoge una y me la entrega. 

Yo tengo el agüero de no llevarme piedras, conchas o plantas de los lugares a los que voy. Hace poco me enteré de que los koguis piensan exactamente lo mismo, y aun más cuando se habla del cuarzo, pues ellos lo consideran un ser vivo; dicen que es una semilla de agua y que donde lo siembren va a nacer un río. 

Miro a la niña, y ella asiente con una sonrisa, así que me lo guardo en el bolsillo. Al poco tiempo, el mamo Manuel nos alcanza, le muestro el cuarzo y le cuento que su hija me lo entregó; él me mira, me coge la mano y me la cierra en torno a la piedra. Entiendo que es un regalo y así lo acepto. 

Donde nace la luz

Bunkuany
Philip Graves/ Unsplash

“¿Esos son toros?”, pregunto cuando veo que frente a nosotros, en un pequeño cañón, se aglutinan varias cabezas de ganado con enormes cuernos. “No sé si pasar por allá”, pienso, y veo que el mamo coge a Patricia y también la resguarda. Sin embargo, nos encontramos con un ángel, literalmente: con José Ángel Londoño Salazar, un campesino de la zona. Él, con su firmeza, nos ayuda a abrir campo entre las enormes vacas, en medio de un olor amargo, barro y heces. 

La caminata sigue mientras José Ángel va contando historias de la zona. Si bien no nació en la Sierra Nevada, se siente oriundo de ella porque llegó a estas laderas cuando tenía tan solo tres años. “Encontramos una oportunidad con esto del camino Bunkuany; entonces construimos unas cabañas para recibir a los turistas, y también creamos experiencias; por ejemplo, vendemos miel pero también la posibilidad de hacer apicultura”, explica. 

El mamo Manuel se queda quieto. Jaruen se le acerca y entre susurros le dice: “¿Cuco ardilla?”. En kogui se llama Mama Dzhiñkuaxa, y es un mamo mensajero. “Ese sí que es importante”, dice Jaruen. “Cuentan que cuando lo escuchan le hacen preguntas mentalmente. Algunas veces los cantos representan peligro, y por eso le hacen ofrendas para que todo se equilibre espiritualmente”. 

Otro designio más. Ya no quiero preguntar si es bueno o malo; ya veremos. 

Y así, entre charla y charla, llegamos a la finca La Esperanza, en la vereda Calabazo. Allí nos recibe José Duverney Rico, propietario de estas tierras, quien durante décadas se dedicó a la ganadería; alcanzó a tener 96 cabezas. “Gracias a la ganadería saqué adelante a mi familia, a mis hijas”, nos cuenta. 

Así fue su vida, hasta que un día tuvo una revelación: vio en sueños a un indígena que caminaba, y él lo seguía y lo seguía hasta que llegaron al lugar del hallazgo. “¿Qué habrá ahí que me quiere mostrar el indígena?”, se preguntó en ese momento don José. “Yo creía que era una huaca”, dijo. Así que un día se fue hasta allí, un terreno que tenía sembrado todo de café. Pero el día del hallazgo fue distinto, pues encontró una muralla en piedra; no pensó que esas piedras lo llevaran a algo tan grande, porque Bunkuany es algo más importante de lo que a simple vista se observa. Hasta el momento hay unas cuatro terrazas grandes, incluso más grandes que las de Ciudad Perdida, pero don José calcula que existen entre quince y veinte murallas en el monte. 

Cuando don José encontró por primera vez este sitio, pensó inmediatamente en el mamo, así que lo llamó y él lo acompañó. El mamo pidió quince días para pensar, y fue así como lo bautizó Bunkuany, que en damana, lengua del pueblo wiwa, significa ‘donde nace la luz’. 

“Caminen les muestro”, dice don José. Cruzamos una quebrada y nos encontramos con los primeros caminos de piedra, los cuales indican la proximidad a lo que fue en su momento una gran civilización que vivió en estas montañas. 

Estamos llegando cuando se escuchan unos rugidos y, al mismo tiempo, comienza a tronar. La selva se abre y nos deja ver a Bunkuany, una serie de terrazas, los últimos rezagos de lo que era la cultura tairona que habitó en estas tierras. Las terrazas que acá podemos ver eran el centro de esta comunidad, donde se reunían los líderes espirituales. Solamente se escuchan los rugidos, los rayos. El mamo Manuel y Patricia caminan con respeto. 

“Aquí el corazón de nuestro territorio, muy alegre, corazón contento”, expresa el mamo cuando le pregunto sobre este lugar. 

Los tucanes

Nunca supe si los designios que vio el mamo Manuel fueron buenos o malos. Pienso que buenos, porque fue un recorrido inolvidable que además tuvo un último designio, y es que tan pronto descendimos de la Sierra y nos hicimos en una planicie al lado de la carretera para entrevistar a Jaruen, se volvieron a aparecer dos tucanes a observarnos curiosos. 

“Dos tucanes al inicio, dos tucanes al final”, señaló conmovido. Y Jaruen dijo: “Algo bueno fue”.

Encabezado de la diapositiva 1
Haz clic aquí
Encabezado de la diapositiva 2
Haz clic aquí
Encabezado de la diapositiva 3
Haz clic aquí
Encabezado de la diapositiva 4
Haz clic aquí
Encabezado de la diapositiva 5
Haz clic aquí

LO MÁS LEÍDO DE LA SEMANA

Bunkuany
Viajes

Bunkuany, donde nace la luz en la Sierra Nevada de Santa Marta

Conocida como la segunda Ciudad Perdida, este es un lugar místico ubicado en la Sierra Nevada de Santa Marta, de la mano de Tayrona Birding, una empresa dedicada al turismo comunitario y sostenible, especializada en observación de aves.
Trabajo ilustración
Tendencias

Consejos para ganar dinero sin trabajar

En tiempos de incertidumbre económica, cinco verdades que debería tener en cuenta para generar unos ingresos adicionales sin trabajar de más.
James Van Der Beek
Cine y TV

James Van Der Beek, 5 producciones para recordar su legado

El protagonista de Dawson’s Creek falleció a los 48 años, tras enfrentar un cáncer colorrectal.
Viajes
Gastronomía
Cultura
Otras Categorías