La Ciudad Heróica, 1989. Serigrafía sobre papel. Hernando “Momo” del Villar
Foto: cortesía libro Hernando «Momo» del Villar: Geometrías en el Caribe
febrero 10, 2026
Arte y Libros Cultura

Hernando “Momo” del Villar: el artista del color

El samario Hernando “Momo” del Villar fue un artista poco reconocido en Colombia, pero que dejó una obra llena de color, fuerza y pulsión caribeña. Su legado artístico se recoge en un libro.
POR:
Revista Diners

“El primer encuentro con la obra del Momo fue absolutamente mágico”. Así lo afirma el curador Camilo Chico en la charla de la presentación del libro Hernando “Momo” del Villar: geometrías en el Caribe, llevada a cabo el pasado 2 de diciembre en el Museo de Arte Moderno de Bogotá.  Chico cuenta emocionado que fue hace quince años, en la casa de la también artista Ana Mercedes Hoyos, cuando vio en su biblioteca cinco enigmáticas esculturas de balso, “con colores incorrectos, estridentes y unas geometrías mal hechas, que me llamaron profundamente la atención”. El curador le preguntó a qué artista norteamericano pertenecían, a lo que Hoyos respondió: “¡No, esto es de un artista de Santa Marta que se llama Hernando ‘Momo’ del Villar!”. 

El segundo encuentro con la obra del samario sucedería mucho tiempo después, en el año 2024, cuando Chico decidió hacer una exposición del artista en el espacio La Casita. “El crítico Eduardo Serrano convenció al hermano del Momo, don Oliverio, para que muy generosamente nos diera acceso a la colección de la familia; así tuve una primera aproximación intuitiva a su pintura”, manifiesta.

Hernando “Momo” del Villar
María Tomasa la Resbalosa, 1966. Acrílico sobre lienzo.

Posteriormente, vendrían la curaduría y la escritura de uno de los ensayos de este libro, publicado por Davivienda y Seguros Bolívar, y editado por Ediciones Gamma, “para profundizar en su obra y entender cómo sus bocetos y dibujos son una parte fundamental de su pintura. Si yo tuviera que describirle a alguien la obra del Momo diría que es vibrante, sencilla, fácil de entender, a pesar de su sofisticada construcción”, asegura Chico en el video oficial para la presentación del libro.

Como es habitual, Seguros Bolívar y Davivienda rinden cada año un homenaje al arte colombiano y dedican un libro a un artista nacional. En esta ocasión, el libro contiene más de 200 obras de Hernando “Momo” del Villar e incluye textos de los curadores Camilo Chico, artista plástico bogotano, especialista en arte moderno colombiano y actual director y curador del espacio La Casita, y Osbel Suárez, historiador de arte cubano, quien fue curador del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y de Cisneros Fontanals Art Foundation. 

En palabras del presidente de Seguros Bolívar, Álvaro Carrillo, “sus aportes críticos y curatoriales ofrecen nuevas lecturas que enriquecen la comprensión de la vida y obra del maestro ‘Momo’ del Villar. El arte del Caribe, con su brillo y vitalidad, enriquece la diversidad cultural de Colombia y nos recuerda que somos un país plural, de raíces profundas, y de una naturaleza exuberante que invita a celebrar la vida con alegría y color. Esa mirada que Hernando del Villar supo traducir en su pintura constituye un aporte invaluable para la construcción de un imaginario común que se debe valorar y transmitir a las nuevas generaciones”.

“Una fiesta en sí mismo” 

Hernando "Momo" del Villar frente a su obra Ciudad Sagrada en 1981. Foto Óscar Monsalve. Cortesía archivo Óscar Monsalve.
Hernando «Momo» del Villar frente a su obra Ciudad Sagrada en 1981. Foto Óscar Monsalve. Cortesía archivo Óscar Monsalve.

Pero ¿quién fue este hombre que no dejaba indiferente a nadie? Hernando del Villar nació el 25 de febrero de 1943 en Santa Marta, un lugar que lo marcó profundamente en su producción artística. Oliverio, su hermano, con quien sostuvo una relación muy estrecha, asegura en el video oficial que nacieron, literalmente, a 35 metros del mar, “y eso nos marcó para toda la vida: esa luminosidad, esa exuberancia, ese tropicalismo nuestro, nuestra mar, nuestros pescados, nuestra vida cotidiana… Sí, eso influyó mucho en el Momo. Es decir, el hombre es una consecuencia del medio”, explica con su marcado acento costeño. 

Su profesor de arte del bachillerato, el maestro Puello, ya apreciaba su talento artístico, en  medio de una familia que se había destacado más en lo literario que en lo plástico. Sin embargo, en 1962, Del Villar decidió viajar a Bogotá a estudiar Medicina en la Universidad Nacional. Un año más tarde, se dio cuenta de que lo suyo era el arte y no la medicina y se cambió de facultad. 

Entre 1964 y 1970, Del Villar comenzó a exponer en salones y galerías de arte. Vale la pena destacar su participación en el XVIII Salón Nacional de Artistas en 1966, porque estaría marcada por una tensión entre la crítica y el apoyo a su talento, algo que se mantendría en sus apariciones posteriores. Otro punto para destacar es la exposición que hizo cuatro años después en la galería Belarca, en Bogotá, un espacio dirigido por Eduardo Serrano, que le permitió compartir desde ese momento con otros artistas que tenían sus mismos intereses por la geometría y el color, como el barranquillero Manolo Vellojín, al igual que fortalecer la amistad con la artista Ana Mercedes Hoyos.

De hecho, los tres crearon un grupo al que apodaron Los Tirapiedras. “El trío de rebeldes que conformaron Los Tirapiedras no tuvo intención de exhibir conjuntamente, ni de formar parte de ninguna plataforma, ni estuvo unido por ningún interés común, más allá de una postura ácida y blasfema frente al entorno cultural, las instituciones, la crítica y, particularmente, los artistas”, asegura Osbel Suárez en su ensayo titulado “La vida breve y la muerte larga de Hernando ‘Momo’ del Villar”.

Hernando “Momo” del Villar
Eclipse de luna, 1981, Acrílico sobre lienzo.

De igual manera, esta integración le facilitó entrar en contacto con las discusiones artísticas de Estados Unidos, en las que se planteaba la necesidad de un nuevo tipo de pintura frente al expresionismo abstracto, en declive desde finales de los años cincuenta, según lo explica Chico en su texto “Geometrías en el Caribe”. 

En 1971, Hernando del Villar obtuvo la beca Fulbright para cursar una maestría en Bellas Artes en la Universidad de Nueva York. Dos años más tarde, regresó a Colombia a seguir pintando y exponiendo. En 1973, realizó una muestra individual en la galería Belarca, en la que él mismo escribió lo que se podría considerar su manifiesto pictórico:

“Paisajes-metáfora de colores y horizontes inexactos que combinan la rudeza de una imagen erótica con anhelos de desmaterialización. (…) La presencia de la pintura impone un juego en la escala de valores de la sociedad, llenando el vacío metafísico del público con imágenes reales e irreales, con analogías de impreciso contenido crítico, formando en un todo un físico manifiesto no carente de humor ni de belleza simple. Durante esta acción o proceso pictórico, adquieren una honda relación arte, objeto y realidad”.

Hernando “Momo” del Villar
Ediciones Gamma publicó el libro en diciembre pasado.

En los años siguientes, Del Villar continuó exponiendo en diversos lugares. Quizás una de las más importantes fue su inclusión en “Cien años de arte colombiano”, una exposición itinerante por varios países, organizada por el Museo de Arte Moderno de Bogotá, que reunía a figuras tan reconocidas como Fernando Botero y Alejandro Obregón. 

En 1987, presentó la exposición “Pinturas y gráficas” en la galería Garcés Velásquez de Bogotá. El crítico Germán Rubiano Caballero resume en el catálogo de la muestra el lugar alcanzado por Del Villar hasta el momento: “Parece increíble, pero es cierto: Hernando del Villar tiene una carrera artística de más de veinte años. Largos años que se acusan en una obra cada vez más sólida y osada. (…) La pintura del artista de Santa Marta, siendo fidelísima a un estilo casi inflexible —hecho de formas tabicadas y de colores francos y gayos—, conserva una frescura y vitalidad francamente sorprendente. (…) Esta estrecha vinculación con un paisaje propio, unida a una voluntad de forma y a un temperamento íntimamente conectados con una idiosincrasia, hacen de la pintura de Hernando del Villar un hecho específicamente latinoamericano y, sobre todo, colombiano y costeño”.

Sin embargo, inesperada y repentinamente, el Momo se fue de este mundo: lo asesinaron el 17 de mayo de 1989, a los 46 años, en su apartamento en Chapinero, en plena madurez artística. 

Paso a paso

Hernando “Momo” del Villar
Burucuca, 1969. Serigrafía sobre papel.

El crítico Eduardo Serrano, quien también fue un gran amigo del artista, explica de manera sencilla en el video de la presentación del libro las cuatro etapas fundamentales de la obra de Hernando del Villar. “En primer lugar, estuvo influenciado por el arte pop de Estados Unidos, y es cuando produce obras figurativas, como María Tomasa la Resbalosa (…)”. Por su parte, Osbel Suárez afirma en su ensayo que “el pop pasajero de Momo tuvo como peculiaridad un ligero sabor erótico, heredado de las revistas de la época que reproducían las imágenes de bailarinas y cabareteras que funcionaban bien en el imaginario popular”.

Después —continúa Serrano— “viene una etapa en la que se vuelve completamente abstracto, influenciado por las culturas precolombinas, sobre todo de la tairona”. Chico asegura en su ensayo que “Del Villar concibió que la síntesis formal elaborada por las culturas precolombinas podía someterse a un nuevo proceso de reducción: simplificar la forma hasta hacerla reconocible únicamente en un plano comunicativo, reinterpretándola mediante colores primarios y secundarios. Con este procedimiento, intuyo, buscó aludir al origen, no solo de la experiencia cromática, sino también de la esencia misma de lo precolombino”.

Posteriormente, en una tercera etapa, “retoma la figuración, y hace obras como las de la catedral de Santa Marta, con dos o tres colores y un color vibrante al frente”. 

Hernando “Momo” del Villar
Bahía de las Ánimas, 1985. Acrílico sobre lienzo.

Y finalmente, una cuarta etapa, cuando a base de formas abstractas crea la figuración (…). En la época de la modernidad, lo que era abstracto era abstracto, y lo que era figurativo, figurativo; eran opuestos, pero él los mezcla”, explica Serrano. “Del Villar fragmenta el color y esquematiza las formas en pequeños módulos que somete a una múltiple e intensa repetición que termina configurando la imagen, y hace de estos trabajos sus más complejas composiciones a nivel técnico y visual”, describe Chico en su ensayo.

Eduardo Serrano, conmovido hasta las lágrimas en la presentación del libro, asegura que “Del Villar era una fiesta en sí mismo. Su personalidad era una fiesta”, dice, y asegura que si pudiera preguntarle algo en este momento “sería si él sentiría ganas de producir obras tan alegres y extrovertidas como las que hizo en medio de esta época tan horrible que estamos viviendo”. 

Lo cierto es que, como concluye el curador Camilo Chico, “la agudeza de sus observaciones, la amplitud de sus intereses, el uso pertinente del humor y la solidez de sus soluciones plásticas le otorgaron a Hernando del Villar un lugar singular en la historia del arte del Caribe, dejando tras de sí una obra que se distingue por su capacidad de experimentar con motivos culturales locales y universales”.

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