María Paula Estela creció en un mundo de hombres y con una energía tan poderosa que, cuando apenas se le forjaba en la mente la capacidad de guardar los recuerdos, pasados los cuatro años, ya corría detrás de un balón y soñaba con ser una futbolista de élite.
Lo que para muchos podría ser un sueño infantil, para ella, incluso a tan corta edad, era una pasión absoluta, avivada por un entorno masculino en el que las figuras dominantes eran sus dos hermanos mayores, y en la que le resultaba natural driblar a rivales, repartir pases y apuntar al arco cuando ni siquiera sabía qué significaban aquellos términos.
Si jugar era natural para ella, tanto como a otros niños les resultaba común jugar en el parque o caminar, era por su vocación por el deporte.
Su calidad con la pelota se volvió un distintivo propio. Las felicitaciones de propios y extraños se unieron a su propia certeza de que era excelente en lo que hacía. Fue cuando decidió que quería llegar lejos. Tenía el talento para ello. Aún niña, se proyectó como una jugadora profesional en un equipo fuera de Colombia y se dedicó de lleno a hacer realidad su sueño.

María Paula fue afinando su talento con el paso del tiempo, pero su progreso meteórico se detuvo a los dieciocho años, cuando aplicó a una beca y la vida le negó la posibilidad de estudiar kinesiología y jugar en un equipo de alto rendimiento en el exterior.
De paso, detuvo su carrera fulgurante como futbolista. Siguió jugando en clubes con proyección y disputó varios partidos en el exterior, sin parar de entrenar con rigurosidad, pero su camino al estrellato no fue como lo había planeado. Sintió que se le rompía la vida.
No sería la primera vez. De hecho, sería apenas una de tantas, y no la más dolorosa. Sin embargo, como deportista de élite que era, sabía de derrotas, y se volvió a levantar.
Entendió entonces que si no se podía apalancar en el deporte para cursar una carrera fuera del país, buscaría otra forma de alcanzar sus metas. Ya lo había dicho Ernest Hemingway en Adiós a las armas: “El mundo rompe a todos y después muchos son fuertes en los lugares rotos”.
Nutricionista por accidente

Eso hizo. Durante un periodo tomó clases extracurriculares y fue al gimnasio para liberar su poderosa energía física. Finalmente, decidió dejar su Cali natal para irse a estudiar a Bogotá. Descartó la kinesiología para empezar de cero en la capital del país, una ciudad que le parecía compleja y que, en efecto, la recibió con su distancia y frialdad habituales. Estela, para sobreponerse a la dificultad de mudarse a un lugar nuevo, continuó entrenando.
Aunque le habían sugerido que estudiara medicina, terminó eligiendo una carrera de la que no estaba convencida en ese momento y cuyo pénsum sonaba más teórico que práctico: nutrición.
Ingresó a las aulas con cierto resquemor, el cual se acrecentó cuando el primer día se dio cuenta de que compartiría clases con sesenta mujeres. De inmediato se preguntó qué estaba haciendo allí. Su ambiente competitivo y de adrenalina al tope la propulsaba a hacer, ejecutar y actuar, verbos de movimiento y acción. A buscar la victoria o demostrar su valía a diario. Se tuvo que adaptar.
Tras cinco semestres, comprobó lo que ya había anticipado: cursaba materias de teoría médica, enfocadas en el campo clínico y el desarrollo de políticas públicas. Todo aquello le parecía ajeno a su universo deportivo. Se sintió fuera de lugar.
Sin embargo, una nueva contrariedad la reorientó y le dejó en claro, irónicamente, que su carrera era un sólido camino futuro. Solo que era ella quien debía definir su propia ruta: una urticaria crónica, que ya se le había desencadenado en la niñez y le había generado problemas de salud desde los ocho años, se exacerbó durante su carrera; se trataba de una alergia compleja, que detonó en pleno en su tercer año de universidad y le impidió llevar una vida normal.
El veganismo como sanación

El proceso fue doloroso. Incapaz de hallar una solución médica efectiva, más allá de la obligación de tomarse hasta ocho antialérgicos al día, empezó a buscar una cura dentro de sus mismos estudios de nutrición. Estaba decidida a entender si la alimentación le podía ayudar a resolver su urticaria.
Al no encontrar material en las aulas, fue más allá de lo que le explicaban en clase. Abordó lecturas paralelas, indagó con otros autores fuera de los recomendados y abandonó el estudio teórico puro para abordar la nutrición desde un enfoque holístico.
Fue cuando conoció la alimentación vegana, de la que su universidad apenas hacía referencia tangencial. Para los catedráticos, era una tendencia hippie, pero cuando María Paula la adoptó, le resultó poderosa. Fue decidida y no dio el brazo a torcer. Su alergia comenzó a remitir.
Desde ese momento, su conexión con la nutrición se convirtió en una exploración personal por medio de los alimentos para buscar soluciones de fondo a decenas de problemas, tanto suyos como de personas que buscaban su asesoría. Ella misma se comprometió a fondo con el veganismo y cambió su alimentación por completo, pero sin parar nunca de hacer deporte.
Entre el dolor y la disciplina

María Paula siguió compitiendo y forzando su cuerpo al más alto rendimiento. Con una dieta vegana, logró resultados igual de destacados que con una dieta basada en proteínas animales. Tampoco abandonó esa alimentación cuando quedó embarazada, a pesar de las recomendaciones médicas y familiares. Jamás tuvo complicación alguna.
Varios miembros de la creciente comunidad vegana y vegetariana la buscaron para que les ayudara a entender cómo alimentarse y para encontrar apoyo. A la par, ella comprendió que los deportistas de alto rendimiento tampoco sabían muy bien cuál era la alimentación más adecuada. Puso su conocimiento adquirido al servicio de aquellas personas que necesitaban nuevas herramientas, en un ámbito en el que se buscaba una alimentación más sostenible y nutrirse en una forma menos agresiva.
Cuando los horarios le dificultaron participar en entrenamientos de fútbol, decidió empezar a correr largas distancias, entre ellas maratones. Luego se pasó al triatlón. A los veintitrés años, se casó; diez años después, sobrevino el divorcio.
Fue un nuevo punto de ruptura en su vida. Quizás el más doloroso, porque para escapar del dolor que sentía y de la depresión que la invadió se forzó a entrenar como nunca antes, hasta el punto de llevar su cuerpo al límite. Pero un día el cuerpo le pasó factura de cobro: perdió la conciencia por una baja de potasio y despertó en el hospital con la alerta de que, si no se detenía, podría sobrevenir la muerte. En el periodo de la pandemia, además, le dio un covid de larga duración. Su cuerpo le exigía una pausa.
Fue entonces cuando entendió que hacer deporte no era sinónimo de competir, sino una expresión pura del amor propio. Desmontó muchos de los ideales que había construido a lo largo de su vida y se entregó al día a día. Y paró, al menos mientras trataba de resolver la nueva pregunta que le rondaba la mente: “Si no soy esa que compite, ¿entonces quién soy?”.
Terapeuta del cuerpo y la emoción

Se lo preguntó una y otra vez, mientras decidía detenerse hasta no comprender las razones por las cuales hacía cada cosa. Fue un proceso de ganar conciencia y de quitarse las máscaras para entender quién, en realidad, era ella. No la externa, no la ganadora, sino la que simplemente era. Se tomó un año y medio de receso, tiempo en el que se dedicó al yoga.
Cuando por fin sintió que ya tenía algunas de las respuestas, comenzó a trotar lentamente, sin precipitarse, reaprendiendo desde el goce lo que antes era una encarnizada voluntad de competir. Poco a poco recuperó su estado físico, como un bebé que aprende sus primeros pasos.
Su proceso de introspección la hizo crítica consigo misma y le dio la experiencia necesaria para ayudar a otros a comprender por qué hacen lo que hacen, cuáles son sus límites reales y por qué los sobrepasan; también empezó a aportar su visión sobre si lo que cada quien hace realmente le sirve en la vida.
Antes de su divorcio, había abierto un centro de bienestar. Después de su proceso de sanación personal lo reabrió con el nombre de Alquimia, en Bogotá, para ofrecer nutrición, terapia somática (la emocionalidad convertida en síntoma) y bienestar holístico. Hoy, no solo los veganos o deportistas la buscan; a su centro llegan pacientes de todo tipo.
“Escucho la frustración de mis pacientes por el peso o la inconformidad de no sentirse bien. Aquí cabe preguntarse: ¿qué no funciona? ¿Su dificultad es nutricional o viene de otro lado? El trasfondo puede tener un componente ligado a lo emocional. Muchas personas se sienten en una cárcel por la comida. Amar el cuerpo es la verdadera salud”, aclara.
A ellos los invita a cuestionarse si están cuidando el cuerpo o retándolo, o si hacen deporte por placer o para huir de un problema irresuelto. María Paula Estela ha vuelto a correr, y en su rigurosa agenda programa tiempo cada mañana para entrenar. Pero desde la conciencia.
“Aunque la gente te aplauda por correr un triatlón de 113 kilómetros, divididos en tres segmentos, es irresponsable forzarse tanto. Siempre hay que preguntarse por qué lo haces. Debe ser por amor a ti mismo, no por demostrar nada a nadie”, recalca esta caleña de 38 años, para quien el deporte ha sido su gran salvavidas.
En la actualidad, María Paula sabe que la alimentación es una responsabilidad y nos invita a aterrizar en un 2026 que retome lo sencillo. Al final del día, nutrirse es el acto de amor más básico y revolucionario que nos queda.
Las claves de María Paula Estela para 2026

Para la nutricionista, los cambios más profundos no requieren fórmulas mágicas, sino de conciencia; de hecho, sus tres recomendaciones esenciales son un canto a la sencillez:
Darle color al plato
La comida tradicional suele ser monocromática y rica en harinas y grasas saturadas de origen animal. Incluir una variedad de frutas y verduras garantiza que el cuerpo reciba los micronutrientes necesarios. Mientras más color, más valor nutricional.
Hidratación consciente
No basta con beber agua; hay que fijarse en las señales. Si la orina es ligeramente clara, el riñón está trabajando bien; de lo contrario, hay signos de deshidratación. La mayoría de las personas viven en un estado de falta de líquido que afecta su rendimiento y salud.
Dormir suficiente
Aun cuando no parece un consejo nutricional, es la base de una buena salud. La falta de sueño altera las hormonas del apetito y nos lleva a elegir alimentos altos en grasa y azúcar, así como a depender del café. Dormir bien permite tomar buenas decisiones alimenticias.

