Foto: Foto cortesía Penguin Random House
septiembre 23, 2025
Cultura Arte y Libros

«Mi gran indagación siempre ha sido esa selva que nos habita”, Pilar Quintana 

La Revista Diners conversó con la escritora Pilar Quintana sobre su libro más reciente Noche negra, sobre la selva, sobre el Pacífico, sobre violencia doméstica, entre otros temas.
POR:
Simón Granja Matias

Cuando Pilar Quintana se fue de la selva hace 13 años con su computador y su maletica a escondidas de quien en ese entonces era su esposo y su agresor, ignoraba que su mente estallaría en historias que tendría que convertir en letras, en cuentos, en novelas. Quizá para sanar, o quizá para vengarse de la forma como una escritora sabe hacer, escribiendo.

De esa experiencia en la selva han quedado esas historias que se han tenido titulos como La perra, mundialmente distribuido, y más recientemente, Noche negra. Son historias que se encuentran bajo un mismo mundo narrativo en tiempos distintos, pero con el mar Pacífico de fondo, como un personaje más que intimida, que se admira, “siempre el mar”, como le dijo recientemente Tomás González. Y por otro lado, casi como un antagonista, la selva, con sus enredos y misterios, su traición transparente, esa que le dice a quien entra: de acá puede que no salgas, y si sales, sales diferente. 

"mi gran indagación siempre ha sido esa selva que nos habita”, pilar quintana 
"Mi gran indagación siempre ha sido esa selva que nos habita”, Pilar Quintana 

En esta ocasión, la novela cuenta la historia de Rosa, quien decide dejar su vida cómoda en la ciudad para irse con Gene, su pareja de origen irlandés, a construir con sus propias manos una casa en la selva a orillas del mar. Pero cuando él debe ausentarse por unos días, ella queda sola en aquel paraje que aún le resulta indescifrable. A medida que la luna mengua y las noches se oscurecen, Rosa se enfrenta a las amenazas de la ingobernable naturaleza que la rodea y también a los otros, los vecinos del lugar que saben que está sola. Su pasado, además, la acecha, y su soledad se vuelve cada vez más profunda y definitiva.

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En esta nueva novela, la autora caleña ganadora del Premio Alfaguara lleva al lector a un viaje a la humedad de la selva, a las picaduras de los zancudos, a mirar el suelo en busca de alguna serpiente, y, como dice la misma Pilar en esta entrevista, a entender que ese miedo que se vive en la selva es el miedo que viven las mujeres, siempre, en todo lado, a todo tiempo, pendientes de esa talla X que las está acechando. 

Con su libro Noche negra viajé a la selva; se siente la humedad, el movimiento, la vida…

Me alegra que digas eso, porque mi intención era invitar al lector a un viaje, que al leer el libro se sienta en ese lugar. Sacarlo de donde vive para llevarlo a otro espacio, que no necesariamente es mejor, ni mucho menos; incluso puede ser peor. Pero que, al menos, sienta que su mundo no es tan horrible como el de la pobre Rosa.

La selva la ha acompañado a usted en su vida y en sus libros…

Yo creo que la selva es una gran pregunta, y es la que me he venido haciendo desde que me fui a vivir a la selva en 2003. En esa época me pedían que hablara sobre mi vida en la selva, y creo que no he parado desde entonces, que lo hice en los artículos que me pidieron en aquel momento, pero he necesitado más de 13 años —desde que dejé de vivir en la selva en 2012— para seguir rumiando el tema. Desde entonces he escrito libros, cuentos…

¿Qué es la selva para usted?

Creo que es una pregunta muy interesante porque mi gran tema ha sido la animalidad. Yo creo que somos selva, no somos distintos de ella. En mis libros he intentado desmitificar esa idea de la selva como un lugar bello, romántico, donde todo es armonía y paz, para mostrarla también como un lugar bello pero hostil, muy inhóspito y donde siempre estás amenazado.

La selva es un ente acechante, que está pendiente para volverte abono. Eso es. Pero entonces esa violencia de la selva también vive en nosotros porque somos naturales, pertenecemos a este planeta, igual que una piedra, una planta o cualquier otro animal. Esa ha sido mi gran indagación: la selva allá afuera pero también la selva que nos habita.

(Para leer más: Los libros favoritos de Pilar Quintana, ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2021)

¿Por qué cree que a usted en particular la selva la tocó tanto?

Creo que por dos cosas. Mi primer gran contacto con la selva fue antes de vivir en ella. Viví cinco meses en un refugio de animales silvestres en el Chaparí boliviano, donde los Andes terminan y empieza la Amazonía. Llegaban turistas alemanes, holandeses, suizos, con la idea de que la selva es maravillosa, preciosa. Algunos se quitaban los zapatos y caminaban descalzos en la selva.

Una vez un alemán se fue así y a los tres días estaba lleno de picaduras, con infecciones, vómitos y diarrea. Me dijo: “Nunca volveré a hacer algo acá sin consultarle a usted.” Y no es que yo fuera habitante de la selva, soy citadina, pero la tenemos cerca, entonces sabemos un poco más cómo es. Me interesaba desmitificar esa idea tan occidental —y también nuestra, de los habitantes de la ciudad— de que el campo, la selva, es divina, y mostrar su complejidad.

Además, ese tema de la animalidad ha estado presente desde que escribí mi primera ficción, a los siete años, que trataba sobre un payaso que por fuera estaba pintado de risa y por dentro estaba triste.

Ha sido una búsqueda desde siempre…

Exacto, esa ha sido mi búsqueda siempre, porque nuestro animal cultural es mucha pose y tenemos esta idea de que somos civilizados, gente buena y decente. Esa es nuestra fachada hacia afuera, pero adentro está el animal salvaje, y yo quiero saber quién es ese animal. En mis primeros libros escribí mucho sobre el sexo porque ahí estamos desnudos, sin poses, somos placer e instinto.

Luego, cuando fui mamá, llegó esta pregunta sobre la maternidad, pero no como algo divino. No, la maternidad es sangre, dolor, lágrimas, un amor salvaje y puro, pero también rabia. Nuestro hijo nos produce la ternura máxima, pero en cinco minutos queremos asesinar a ese hijueputica; nadie más nos produce esa rabia. Está en nuestro animal. Uno lo ve en las perras, que aman a su cachorro y le dan teta, pero luego le sacan los colmillos.

¿Qué preguntas surgen de esa búsqueda?

En mis libros siempre estuvo esa búsqueda en relación con los otros. Acá hay una mujer sola. ¿Qué somos cuando no estamos rodeados por los otros? ¿Qué somos cuando estamos solos en la selva, en la noche oscura, siendo nuestro cuerpo y nuestros miedos, pero también nuestra mente? ¿Qué hay dentro de esa mente cuando no estamos mediados por nada más, sino solos? Y creo que estaba buscando ese animal. Por eso me parece que la selva es tan importante para mí.

En el libro, la selva se convierte en un antagonista, pero como yo lo siento, aun con esas amenazas latentes, el hombre sigue siendo ese animal peor, genera más miedo… Siento que Rosa puede enfrentar más fácilmente a la Talla X que al hombre.

Me encanta esa lectura, porque la Talla X es malvada, tiene un veneno asqueroso y si te muerde, te mata. Y tú lo sabes, la ves y vas con el machete en alto; es transparente, honesta, no tiene dobles intenciones. No te dice: «Hola, vecinita, ¿cómo estás?» Mientras que estos hombres eran regios con ella, educadísimos, decentes, respetuosos. Se va el marido y se produce un cambio.

Nosotras, las mujeres, hemos experimentado esto a diario en nuestras vidas: un hombre que era queridísimo y de repente, el novio, el marido, el papá, lo que sea, se va un momento y entonces esa persona te mira con una mirada que es como un lametazo. Creo que es esa gran pregunta que dice Rosa: «Este es un hombre más de los que no se puede confiar.» Le sale la X, el monstruo.

¿Cuando escribe tiene alguna intención de que los lectores reaccionen de alguna forma en específico? ¿Pensó, por ejemplo, en las sensaciones que le puede generar a una mujer o a un hombre al leer el libro?

Mira, no. Sí pienso mucho en el lector, pero no en qué quiero que le genere. Más bien, quiero poner en escena este miedo que siento, me esfuerzo mucho para que quede narrado y no se escape. Creo que eso hace que el lector pueda sentirlo. Más que querer que lean la novela como feminista, quiero que sientan lo que yo quiero poner. Que el otro pueda sentirlo como yo. No busco que piensen o digan algo en particular; supongo que al sentirlo puede llegar una reflexión, pero esa reflexión no es mi problema, es del lector.

Es un libro que incomoda a los hombres y que nos hace replantearnos muchas cosas frente a las mujeres…

He conversado mucho sobre este libro, sobre todo con editores en Colombia, España, Estados Unidos y Londres. Los lectores hombres me han dicho que es un texto que incomoda, o que los interpelaba. En cuanto a las mujeres, me han dicho que pone en escena lo que sienten todo el tiempo. No necesitas vivir en la selva, solo ser mujer.

Cuando caminas por la calle sientes eso que siente Rosa todo el tiempo. No necesitas ser latinoamericana, pobre, subdesarrollada ni estar en una casa sin puertas ni ventanas. Un poco, el cuerpo de la mujer es esa casa sin puertas ni ventanas que todo el mundo cree que puede entrar y tocar. Esa es la sensación de habitar un cuerpo de mujer: que vas por la calle y tienes que ir con cuidado, con el machete y la bota, porque hay Tallas X por todas partes.

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