Todo es cuerpo. El principio de cualquier existencia lo es. Se nace nace cuerpo y al principio, uno es lo que otros perciben de él, por eso, cuando la vida empieza solo se puede ser un bebé bonito o feo. No hay más. Con el tiempo esa masa bonita o fea adquiere nuevas cualidades. El habla y las ideas se imponen y a las apreciaciones estéticas se le suman otras: inteligente, coqueto, aburrido, grosero, generoso, o noble. El cuerpo es ese lugar que lo contiene todo: lo físico y lo abstracto.
Pero no se sabe nunca si el cuerpo nos va llevando o si nosotros a él. Lo cierto es que mientras alguna de estas dos ocurre el cuerpo obedece.
Cuando le piden pudor, esa cosa que te quita la libertad de andar en calzones por la casa, delante de padres y hermanos, con el pecho descubierto, como lo hace Mowgli en la película que a esa edad de niña uno todavía ve, el cuerpo empieza a cubrirse con temor.
Cuando el cuerpo trae la venida de esa mancha del color incómodo de la sangre, se vive en una paranoia adolescente en la que se le pregunta a una amiga si todo anda bien allí atrás. Cuando todo empieza a crecerle, uno desea y espera, que el cuerpo pida una talla de brasier más grande. Y cuando los que empiezan a opinar, y de pronto ya no paran de opinar sobre lo bien que uno se ve en ese pantalón o lo mucho que muestra con esa blusa, el cuerpo empieza a odiar al espejo.
Pensé en esto y en otras cosas más leyendo Cuerpos, veinte formas de habitar en el mundo, una antología de relatos escritos por veinte escritoras colombianas en las que el cuerpo de niña, de madre, enfermo, excitado, el de órganos y sangre, el cuerpo de una mujer, protagonizan los relatos. Una madre recién parida, una chica insegura de sus muslos, una mujer adaptada al cáncer, una que lo evade, una que le teme al deseo.
Paula Marulanda, editora del libro, cuenta que la pregunta fundamental para hacer esta publicación siempre fue “el cuerpo de la mujer, porque yo crecí teniendo una relación complicada con mi cuerpo y en un momento esa relación derivó en un interés por querer explorarlo y entenderlo. Entonces cuando estaba como editora en Planeta me plantee esto: ‘bueno, cómo narramos las mujeres nuestros cuerpos o cuerpos que habitamos’ y entonces lo concebí así”.
Paula buscó a las escritoras, quería que fueran de todas las generaciones posibles. Quería que el cuerpo apareciera como lo ve a una mujer de 60 y una de veinte. Varias le dijeron que no. Por eso, al principio trabajó solo con 13 mujeres. Escribieron, enviaron y Paula leyó. “Cuando empecé a trabajar con ellas me sorprendí mucho porque era como si se ‘espejaran’ sus historias. Como que uno podía hacer pares de cuentos que trataban el mismo tema de una manera diferente. Eran como dos caras de una misma moneda”.
No importaba que se repitieran las preguntas, pero a ella le hacía falta algo. “Me pasó que en esa primera etapa yo veía que estaba esa incomodidad, un sufrimiento, un dolor, y yo también quería cuentos que celebraran ese cuerpo”. Así que buscó siete mujeres más y les habló sobre eso que está buscando. “Pero cuando me entregaron su cuento volvió a aparecer otra vez el dolor, una tensión con estas estructuras culturales y sociales que se nos imponen. Entonces eso fue como, wow, muy impresionante. Yo creo que el de Dayana es el único que muestra el cuerpo súper libre”.
Dayana Zapata, la autora de Cununo, es chocoana. En su relato, una mujer experimenta una especie de orgasmo en medio de un concierto en el Pacífico, mientras ve a un hombre tocando el cununo, un instrumento de percusión. Paula me dijo que la libertad que la autora le había dado al cuerpo podría explicarse por las relaciones que planteaba esta geografía, en donde todo parece existir por fuera de lo cánones.
“Pero cuando hablé con Dayana, ella me dijo, ‘Paula, genial, gracias por proponerme escribir. Porque empecé a escribir un relato erótico, pero me pareció tan erótico que me asusté frente a lo que estaba escribiendo, me asusté de ser capaz de escribir algo así’. Entonces en su cuerpo está está la libertad, pero ella también tiene las tensiones y conflictos que se manifiestan en algunos de los relatos”.
En Cuerpos la válvula está estallada. La realidad que contiene cada relato está arropada con la suerte que tienen todas las ficciones. La gordura, el acné, un dolor en el seno, una masa en la axila, la lactancia, una niña en calzones, un cuerpo virgen y el desespero de una mujer excitada aparecen con una honestidad que alivia tanto como puede descansar un adicto al confesarse ante un círculo de congéneres.



