Foto: Autorretrato con máscara - Martha Hincapié
marzo 22, 2016
Cultura

Katalina Moskowictz y Martha Hincapié Charry: dos protagonistas del Festival de Teatro de Bogotá

En el marco del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá conversamos con Katalina Moskowictz y Martha Hincapié Charry, dos mujeres que nos contaron cómo es vivir del y para el teatro.
POR:
Camila Brugés

Cada vez que comienza el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, la ciudad sufre una transformación y como si fuera parte de nuestra cotidianidad, todos hablamos de teatro. Es un privilegio tener tantas compañías con propuestas tan diversas tomándose las calles y los escenarios, pero es extraño que sólo en estas fechas el público se dirija a las salas con ese arrojo, que sólo entonces estemos interesados en discutir qué quería decir esa obra sueca sobre la cual no entendimos nada pero nos conmovió profundamente; que suframos una esquizofrenia cultural semejante.

Katalina Moskowictz y Martha Hincapié Charry, una directora y una coreógrafa, una bogotana y una bumanguesa exiliada en Alemania hace más de una década, hacen parte del festival con sus obras El Silencio de las Cosas Rotas y Autorretrato con Máscara. Conversamos con ellas sobre lo que significa estar en el festival y vivir del teatro.

Katalina no es una persona con respuestas preparadas y se siente detrás de su mirada –una mirada que no evade a otras– a una persona que vuelve cada vez que le hacen una pregunta como ¿cuál es su búsqueda?, a hurgar sinceramente en sí misma sobre el asunto, como si no lo hubiera hecho mil veces antes.

Es una mujer sensible, no sensiblera, una conversadora inteligente a quien se le nota en la voz la experiencia, el camino que ha recorrido, las horas que se ha gastado pensando en por qué y para qué hace lo que hace, pero a la que también se le nota en el cuerpo que siente este oficio intensamente, que la afecta, que tiene con él una relación de amor y odio.

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“El teatro es como una novia bipolar”, recuerda que le dijo alguna vez Pedro Miguel Rozo, uno de los dramaturgos con quien trabaja regularmente y confiesa que a ella le sucede lo mismo pero con Bogotá. Hay días en que amanece queriéndola y otros en los cuales no la soporta, y quizá por eso la ciudad es protagonista de muchas de sus obras.

Katalina se pregunta sobre la locura latente que vive en estas calles, la oscuridad en la que es posible caer si uno se deja tocar por el caos, la dificultad de sobrevivir en ella, la frialdad de los demás, la soledad en medio de la multitud, la violencia –contenida o manifiesta– que parece movilizarnos a todos, el humor que necesitamos para salvarnos de nosotros mismos, y finaliza el recorrido por los temas que navega en su creación diciendo, “sobre lo imposible que a veces parece hacer teatro acá”.

Es difícil hacer teatro en Bogotá porque no hay un público formado hacia las artes escénicas. El FITB forma un espejismo en medio del desierto, pero lo cierto es que los bogotanos y los colombianos en general no tenemos el teatro en la canasta familiar. En palabras suyas, “la gente está dispuesta a pagar una boleta para un partido de fútbol o un concierto, pero por una obra de danza o teatro, no”.

Lo que empezó como una política distrital que pretendía “democratizar” la entrada a los espectáculos dejándolos gratis o muy baratos, terminó en una suposición mal sana que vive en todos: el teatro no vale, “a la gente le cuesta pagar” y es evidente que los costos para llevar a cabo un producción, sin hablar de mantener una compañía como La Navaja de Okham, creando y ensayando a tiempo completo, están lejos de ser bajos.

Esto tiene por supuesto un impacto muy fuerte y de muchas maneras en todos los que dedican su vida a las artes escénicas, entre esas, dice Moscowitcz, “son pocas las veces que una compañía se enfrenta a un público “real”; la mayoría de espectadores interesados en un teatro contemporáneo con dramaturgia original, fuera de convenciones comerciales, hace parte del gremio. Todos vamos a la obras de todos, pero uno no hace teatro para los teatreros, sino para la gente normal”. Si no fuera así, entonces sería una conversación autoreferencial, una propuesta intransitiva sin posibilidades de impactar en la ciudad en la que surge, sin deseo de mover el pensamiento, sin propósito, podría decirse, sin sentido.

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Martha Hincapié está de acuerdo con Katalina. Para ella, una dramaturgia que no conecte inicialmente desde lo más primario y sensorial con el espectador, pierde valor. Afirman ambas, desde su manera de habitar en el escenario, que uno de las peores falsas creencias sobre el teatro es que es para intelectuales, que hay que tener un post-doctorado para entenderlo. Pero para entender lo que sucede en una puesta escénica lo único que se necesita es estar presente.

Y si bien para el teatro es difícil convencer al público corriente de lo contrario, para la danza es casi imposible. Con un lenguaje usualmente desvinculado de la palabra y un público tan dependiente de la misma para darle sentido al mundo, la danza se enfrenta a un espectador que le exige contar historias cuando la mayoría de las veces, a excepción del ballet, se aleja de ese intento.

La creación para Martha, formada en la tradición de Pina Bausch por ejemplo, parte de una imagen o un concepto y se materializa en movimiento muchísimo tiempo después de su gesta. “Hay que hablar, leer, teorizar, escuchar el espacio, hacerse preguntas que no tienen que ver con la danza, para luego sí llevarlo al cuerpo”. No hay ningún interés en hacer movimiento por el movimiento, ni tampoco en contar historias como lo conocemos. Lo que sí hay es un interés en evocar sensaciones en la audiencia, en llegar a la poesía en el sentido más amplio de la palabra, en alcanzar el momento mágico en el que aquel que interpreta y aquel que observa conectan.

A Martha, que vive entre Colombia y Alemania, y reúne a un grupo interdisciplinar de artistas distinto para cada obra, sin sentir la necesidad de formar una compañía formal, la movilizan otras preguntas y sufre esa necesidad de los que viven lejos de buscar recurrentemente a Latinoamérica. En Autorretrato y Máscara, a través de dos cuerpos intervenidos por imágenes en movimiento creadas por Leo Carreño, usa la simbología de Frida Kahlo para hablar del sufrimiento, la fortaleza física, la feminidad.

Una obra que renuncia a morir, pues fue estrenada en el 2008 gracias al apoyo para la creación de Iberescena en el 2007, por estos días se presenta dentro del marco del festival en una versión editada en la cual Revólver Plateado interpretará la música original de Anton Berman y el bailarín colombiano Ángel Ávila acompañará a Hincapié en la escena.

Entre tanto, en El Silencio de las Cosas, Moskowictz en colaboración con la compañía de danza contemporánea Cortocinesis, con música de Santiago y Sergio Mejía de La 33, explora la ausencia y la pérdida a través de cuatro cuadros que se sirven del teatro físico, la danza y la animación de objetos para construir el relato.

No vamos a ignorar que el Iberoamericano es una fiesta que trae maravillas, pero acá suceden cosas mágicas todo el año. Nútrase de lo que viene de los lugares más lejanos del mundo y déjese tocar por lo desconocido, pero también aproveche para ver las propuestas de estas dos mujeres y recuérdese cuando acabe el festival que todos las semanas del año las salas en Bogotá están llenas de teatro.

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