Fue don Miguel Delibes, uno de los más célebres literatos españoles del siglo XX, quien afirmó que para escribir un buen libro no es imprescindible haber leído El Quijote. “El propio Cervantes, en el momento de escribirlo, aún no lo había leído”, apuntó, alabando con ternura al padre de la obra más universal que la literatura ha visto nacer jamás.
Si, la más universal. Con permiso – y a pesar – de E.L. James, Stieg Larsson, J.K. Rowling y otros ídolos de la narrativa contemporánea, “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” ha sido desde su publicación, allá por 1606, la obra literaria con más traducciones y ediciones de la historia, sólo superada por la biblia.
Con este paisaje, no sorprende que las historias del chiflado caballero castellano hayan sido desde ese tiempo cantadas, contadas y bailadas sobre las tablas de todo el orbe. Teatros de París, Moscú, Londres y Nueva York han homenajeado al hidalgo español, y, de nuevo, ha llegado el turno de Colombia.
Es el Teatro Colsubsidio de Bogotá el que acoge el prestigioso “Ballet de Don Quijote”, una obra inaugurada en 1869 en el teatro Bolshói de Moscú, en el corazón del imperio ruso, y representada por el Ballet Clásico de Ucrania. Basada en el libreto de Marius Petipa – quien eligió un pequeño fragmento de la obra cervantina -, la pieza cuenta con la música de Ludwig Minkus, compositor que se ganó un nombre en los teatros de la vieja Europa por su música rítmica y melódica.
Petipa eligió para esta versión de “Don Quijote” narrar el capítulo de “Las Bodas de Camacho”. En él, se relata la historia de una pareja que está por consumar un matrimonio convenido a pesar de su discrepancia. La intervención de Don Quijote en esta parte es, como en todas las historias en las que participa, trivial y cómica: El hidalgo confunde a la prometida con su amada Dulcinea y pugna por su mano con nefasto resultado.
Convertir en ballet la historia del hidalgo manchego, que Cervantes escribió para burlarse de las costumbres cortesanas del extinto imperio español, no es tarea fácil. Igualmente complejo es imaginarse el texto del manco de Lepanto convertido en música y baile (y vestuario) al estilo ruso, aunque confieso que resulta terriblemente divertido. La música, magníficamente clásica en toda su etiqueta, acompaña una coreografía de bailes tradicionales ejecutados con presteza, y se adorna con secuencias burlescas que hacen que Don Quijote parezca una comedia de cine mudo.
No es habitual que los ciudadanos de Bogotá, Manizales, Cali y Medellín (ciudades en los que se presentará Don Quijote en próximos días) puedan disfrutar de un espectáculo de ballet clásico reputado mundialmente, y es menos frecuente aún poder escuchar a una orquesta sinfónica interpretando piezas del siglo XIX. Si no tienen la suerte de conocer la obra de Cervantes, no se preocupen. Como podría haber dicho Delibes, para ver el Ballet de Don Quijote, no es necesario haberlo leído.


