Foto: Revista Diners
octubre 23, 2026
Cultura

Guardiana de la luz: Rosmilda Quiñones y el invaluable legado de las parteras del Pacífico

Cientos de niños han nacido en las manos de Rosmilda Quiñones, Mama Minda, partera de la bahía de Buenaventura. Gracias a su conocimiento y experiencia, Rosmilda ha atravesado ríos y veredas y acompañado a las mujeres en este momento cumbre. En 1991 fundó la Asociación de Parteras Unidas del Pacífico, organización conformada por más de 300 parteras tradicionales, que trabaja para que este oficio no caiga en el olvido.
POR:
Cristina Lucía Valdés Lezaca
Revista Diners
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Rosmilda Quiñones recuerda con claridad el primer parto que atendió. Fue muchos años después de haber trabajado como modista en Buenaventura, puerto al que llegó con su familia siendo apenas una niña, procedente del municipio nariñense de Magüí Payán, donde nació y donde su padre ejerció como alcalde y docente.

En el puerto conoció a su amiga y tutora, Flor María Gamboa, la Chola, quien apenas la vio le dijo que tenía carisma para ser partera, aunque al comienzo ella no entendiera bien a qué se refería. Luego, tras ver la necesidad que había de ayudar a las mujeres de la región, que vivían en condiciones de pobreza y aislamiento –en Buenaventura la precariedad no da tregua y en las zonas rurales el índice de pobreza multidimensional (IPM) que mide el DANE es de 67,4%, uno de los más altos del país–, que Mamá Minda, como todos la conocen, decidió dejar a un lado las confecciones y acompañar a la Chola en todos los trabajos de parto que atendía.

Y aunque se capacitó con un médico de la región y seguía a Flor como si fuera su sombra, transcurrió mucho tiempo antes de que Rosmilda decidera dar el paso y atender un parto sola.

“Un día Flor me llamó para que fuera a su casa y apenas llegué me señaló a la señora que estaba en trabajo de parto. Entré y, en efecto, vi que la señora ya iba a parir, pero yo estaba confiada en que Flor estaría allí. En un momento dado ella se me pierde y cuando veo que la señora estaba con los pujos me coloco los guantes, me pongo un turbante en la cabeza y una batola blanca. Cuando vi que Flor no aparecía me encomendé a Dios, me puse en posición y nació el bebé”.

Rosmilda quiñones
Guardiana de la luz: Rosmilda Quiñones y el invaluable legado de las parteras del Pacífico

Ese bebé lloró como corresponde y Rosmilda, ahora sí graduada de partera, se lo puso a la mamá sobre el pecho. “Ya sabía que había que dejar pulsar el cordón umbilical, saqué placenta y corté ombligo. En ese tiempo todavía no manejábamos clamps, sino unos hilos hervidos con un pedazo de resorte o plástico y con eso amarré el cordón umbilical, agarré y pesé al niño, que era grande, lo tallé con el metro, lo vestí y lo puse al lado de la madre. A ella la cambié y le puse su toalla de tela para el sangrado y un plástico en la cama”.

En ese momento Flor apareció en la habitación y le dijo: “Minda, reconozco que ya usted es una partera; todo está bien. Aquí lo único que queda es darle una bebida caliente a la madre y observar el sangrado y el color de la piel”.

Patrimonio ancestral

Han transcurrido más de cuarenta años y cientos de partos que las manos de Rosmilda han ayudado a traer al mundo desde ese primer niño –incluidos los hijos de su hermana y de sus hijos–, y han sido varias las conquistas alcanzadas por ella y las mujeres que la acompañan en la Asociación de Parteras Unidas del Pacífico (Asoparupa), organización que se creó en 1991 para darle visibilidad y reconocimiento a las parteras tradicionales de esta región del país, que a pesar de estar capacitadas, no contaban con el apoyo de los puestos de salud ni de las autoridades locales.

La asociación agremia a unas 300 parteras y coordina a otras 1.600 que continúan acompañando y sosteniendo a las mujeres. Es tan importante su labor, que en 2016 la partería afro del Pacífico fue proclamada patrimonio inmaterial del país y se diseñó un plan especial de salvaguarda para que este saber no se perdiera y se garantizaran condiciones dignas a las parteras afrocolombianas e indígenas que salvan cientos de vidas en las zonas más apartadas del país, pues este oficio no es solo inherente al Pacífico, sino que se extiende a las comunidades rurales indígenas y campesinas del Magdalena Medio, Cauca, Caquetá, así como a comunidades afro del Caribe y Urabá.

Fue en 2023 que la Unesco declaró la Partería, sus conocimientos, habilidades y prácticas como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, en buena parte gracias al proceso que realizaron Asoparupa y otras organizaciones comunitarias que contaron con apoyo del Ministerio de Cultura, la Cancillería, la Fundación La Cigüeña y gobiernos de Alemania, Chipre, Eslovenia y Nigeria, entre otros.

“La partería no es exclusiva del Pacífico porque seamos viejas, negras y pobres, no, la partería es patrimonio del mundo. Cada región tiene una creencia y un aprendizaje. Nosotras enseñamos y aprendemos a la vez”, dice Rosmilda desde su casa en Cali, donde vive ahora a sus 76 años.

Mujeres alentadas, bonitas y frondosas

“En este oficio de la partería acompañamos a las mujeres que atendemos para que queden alentadas, bonitas y frondosas”, explica la partera mayor, quien lamenta que se estén perdiendo muchas de las prácticas ancestrales. “Antes no se usaban teteros, ni leche formulada; sólo leche materna. Nosotras inculcamos que los niños reciban la leche calostro, que es la primera lecha amarilla que la mujer tiene guardada y es una vacuna para los hijos, pues les fortalece su cerebro, sus huesos, su corazón”.

También cuenta que en otros tiempos, cuando una mujer tenía su bebé no salía de casa por cuarenta días, durante los cuales estaba en su cama comiendo gallina y comida preparada especialmente para ella. Ahora ninguna observa esta recomendación, porque las circunstancias no lo permiten.

Rosmilda quiñones
Guardiana de la luz: Rosmilda Quiñones y el invaluable legado de las parteras del Pacífico

Mamá Minda y las mujeres que se dedican a este oficio han luchado para que el correr del tiempo y el desdén con el que se mira desde la medicina occidental el oficio de la partería, no diluyan los saberes que por siglos se han transmitido de generación en generación. “Los cambios nos han permitido avanzar sin perder ese saber, esa cultura, esa ancestralidad de nuestro Pacífico colombiano”.

¿Quién cuida a las parteras?

El último nieto que Rosmilda trajo al mundo tiene 5 años y en esa ocasión la ayudó en el parto su hija Liceth Quiñones, quien sigue sus pasos como partera y se capacitó como doula. “Yo en este momento estoy por la sombrita acompañándola. Le entregué el legado a Liceth; ella es la directora actual de Asoparupa y presidenta de la Federación Nacional de Parteras Tradicionales Afro de Colombia”.

Con ilusión, cuenta que en este momento tienen una comunidad en el puerto con más de 30 aprendices que quieren ser parteras como ella y su hija. Aunque el futuro no se vislumbra tan promisorio como ella quisiera, debido a las circunstancias en las que las parteras deben ejercer su labor, por la situación de pobreza y vulnerabilidad de las regiones. El terremoto del 12 de agosto, por ejemplo, dejó su huella en Buenaventura y arrasó con la casa de Asoparupa, entre otras 30 mil viviendas, que era el hogar que Rosmilda había dado para que funcionara la organización.

“Nos atemoriza que nuestro trabajo social y comunitario tienda a desaparecer, porque no vemos con claridad la ruta por la que debemos seguir avanzando para fortalecer, al lado de las autoridades institucionales, todos estos saberes como son la partería y el conocimiento de las plantas medicinales”, dice con preocupación.

Su malestar no es infundado, porque las parteras en estas regiones juegan un papel fundamental en la sociedad, pues, en palabras de Rosmilda, se vuelven psicólogas, madrinas, compañeras y cuidadoras de otros seres humanos, “¿pero a ellas, al fin de cuentas, quién las cuida?”.

(Continúe leyendo: Donde las montañas son ancestros: turismo y cultura wayú en el cabo de la Vela)

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