Foto: Irina Fomina
septiembre 28, 2026
Música y Teatro

La actriz colombiana más global: Mayil Georgi y su histórico éxito con ‘Por una banana’

La actriz Mayil Georgi gira por países del mundo donde nadie más ha llegado: Sri Lanka, Tunez, Montenegro, Serbia… Su obra difunde nuestra historia a través del humor y la crítica social.
POR:
Enrique Patiño
Revista Diners
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Mayil Georgi es introvertida. Sigue siéndolo, incluso después de 20 años viviendo en Italia, conquistar 15 festivales internacionales, recibir premios y diplomas y ver cómo miles de personas, sin importar su origen o lengua, lloran tras ver su monólogo Por una banana. Aunque en la vida real pasa por introvertida, en el escenario sucede la magia: “Mi manera de comunicar es en las tablas. El teatro me da libertad”.

Como actriz, domina salas de 800 personas sin rechistar. Acaba de obtener el Grand Prix del Festival Internacional de Monodrama MonoAkt de Kosovo, de recibir un diploma de honor en el Festival Dulcinea de Ulcinj, en los Balcanes, y de pasar un mes de gira por Sri Lanka. En los diarios de varios países es elogiada por su “magnetismo extraordinario” y su capacidad de “adueñarse de todo un teatro”. ¿Cómo alcanza tanta resonancia en lugares tan disímiles?

“He construido un monólogo que nació, en realidad, hace quince años, cuando hice una versión de La hojarasca, de García Márquez. Quise montarla, pero no tenía cómo hacerlo, así que la modifiqué hacia una propuesta unipersonal. Trabajé en ello un tiempo y luego la reenfoqué a uno de los temas de Gabo: las bananeras, ya que es una temática tan dramática como universal. Como en todos los países del mundo han sucedido abusos y violaciones de derechos de los trabajadores, cada quien se siente identificado a su manera”.

Ese nuevo texto viajó con ella y dos años atrás la invitaron a un festival, pero no tenía cómo llevar a su grupo consigo. Propuso el monólogo porque ya, en ese punto, tenía la obra lista. Se trataba de una función cerrada para socios, en el Women’s Festival Teatrosophia de Roma (Italia), que le permitió probarse ante un público exigente y dejar lista la obra. Segura de lo que tenía, la presentó a una convocatoria en París. Se la ganó, como único espectáculo unipersonal del evento. Muchos colombianos fueron y lloraron de tristeza y alegría. Su mensaje estaba servido.

A partir de ahí le llegaron invitaciones, de España, al evento Mujeres que cuentan, hizo gira por el País Vasco y Cantabria, y de allí le llegó la invitación para presentar su trabajo en El Cairo (Egipto), Albania y Benín (África), donde tomó el riesgo de traducir el texto y hacerlo en francés para que el público lo entendiera.

El impulso que necesitaba para consagrarse en el difícil arte del monodrama sucedió cuando en Cantabria la prestigiosa dramaturga y crítica teatral rusa Nina Mazur la vio y le hizo una reseña fundamental para su carrera. Así, una presentación fue llevando a la otra. Los programadores de festivales la llamado a participar en países como Montenegro, donde abrió el festival, o en Sri Lanka, donde movieron la fecha de la presentación para que pudiera estar.

En todos, da a conocer, a través de su obra, lo que pasó en Colombia con la masacre de las bananeras, una historia que el mundo suele desconocer, aunque haya sido contada por García Márquez, sobre cómo la empresa Chiquita (entonces United Fruit Company) financió y participó en la represión y muerte de miles de trabajadores que reclamaban jornadas laborales de ocho horas y pago de salario en efectivos, en lugar de vales, entre otras.

Mayil georgi
Foto: Piero Serrecchia

“Quiero que la gente sepa lo que pasó en Colombia, no desde una mirada trágica, sino contado desde el humor. Eso, justamente, golpea un poco más al espectador, porque en un momento dado los asistentes se dan cuenta de que aquello por lo que están riendo es algo muy duro. Este choque golpea al público, que al final comienza a participar y entiende que crea la historia conmigo”, explica Mayil Georgi.

Lo sorprendente para ella es ver que cada país al que ha ido a presentar sus obras reacciona desde la comprensión, porque cada uno ha vivido historias similares.

“El poder de las multinacionales se repite, para mi sorpresa. No es una historia solo nuestra: las historias de explotación de las multinacionales, que incluyen asesinatos, salarios nunca pagados o actos no penalizados, se repiten en todas partes del mundo. En Kazajistán, por ejemplo, lo que más los impactó fue el símbolo del tren, un elemento muy fuerte en su país porque está vinculado a su historia de deportación de personas y masacres. En la India, varios me dijeron que con la British Company les causó una expoliación similar. En Kosovo fue igual. Cada país tiene una historia en la que se ven reflejados, se reconocen y nos entienden. Quien lo ha vivido puede hermanarse con lo que vivimos”, explica.

La actriz colombiana construyó su obra basada en elementos muy colombianos, que generan identidad y que dejan en claro el origen de la obra: el sombrero vueltiao, el culebrero, los colores, con los que consigue que se defina un vínculo. Luego, rompe la cuarta pared del público y termina involucrándolos en la historia, ya sea como partícipes o cómplices. “La gente quiere ir al teatro para sentir y emocionarse. Esa sensación no te da sino el teatro”.

Su camino personal hasta el teatro

Lo dice quien siempre se ha considerado introvertida, pero se ha sentido libre en el teatro. Mayil Georgi, de hecho, nunca supo que el teatro podía ser un oficio. Por vocación, en el colegio escribía obras y las dirigía por diversión, pero tenía en mente estudiar derecho o biología porque ni siquiera imaginaba que el teatro se podía estudiar.

En su colegio, el primer personaje que interpretó fue Hamlet, cuando tenía 12 años. Luego montó una escena con las canciones de Pimpinella. Nacida en Bogotá, pero criada en la isla de San Andrés, vivió una infancia frente a la playa viendo tocar reggae a los viejitos y sintiéndose isleña. Allí nutrió su imaginación, sin necesidad de juguetes, jugando entre el agua y las barcas, con un transistor que encontró en un basurero, desde el cual exploraba en el dial los sonidos del mundo. Ese radiecito también transmitía cuentos dramatizados que la emocionaron: la voz de las historias la sedujo desde la infancia.

Mayil georgi
Foto: Douglas Basset

Cuando su papá enfermó tras un acto de violencia extrema, se mudaron a Bogotá. Afrontaron, junto con su madre, años de pobreza y escasez extrema, que aún recuerda con dolor. Su adolescencia fue dura, tras la pérdida de su padre, pero en el colegio público del INEM de Kennedy había un club de radio, una biblioteca, clases de taekwondo y esgrima, y una vez presenció una obra de Shakespeare en vivo. Entendió que el arte podía redimirla.

Su mamá tuvo que trabajar muy fuerte para sacar su hogar adelante. Cuando tenía 13 años, Mayil vio un programa de modelaje en el que explicaban que las características para elegir una modelo eran tres, muy básicas: ser altas, flacas y feas.

Le hizo gracia, pero sintió que tenía las tres y que, quizás eso, le permitiría ayudar a pagar deudas y vivir mejor. Medía 1.74, era flaquísima y no se sentía bonita. Lo cierto es que la aceptaron, pudo pagar la universidad, apoyar a su madre y respirar por fin de las presiones económicas. Aunque era modelo y ese universo rozaba el esnobismo, ella seguía decidida a hacer teatro. De hecho, renunció a hacer publicidad para que no relacionaran su cara con su capacidad actoral y la tuvieran en cuenta para las obras de la academia. Decidida a demostrar que era buena, se metía debajo de las mesas de las sesiones de maquillaje para poder estudiar.

Se graduó como publicista, pero estudió actuación igualmente en la ASAB. Aprendió con Alfonso Ortiz y Rubén di Pietro; también hizo televisión en la serie Isabel me la veló y cine con Visitas, e incluso café conciertos con Ricardo González. Pero su amor profundo era el teatro.

Mayil georgi
Foto: Douglas Basset

Decidida a abrirse al mundo, aprendió italiano en casa y reunió dinero para irse un año a hacer lo que soñaba. Vendió lo que tenía y viajó. El dinero le alcanzó para poco menos de medio año. La ironía de la vida la llevó a trabajar en un teatro, el Teatro Nacional de Milán, distribuyendo chocolates en la entrada. Fue intérprete y trabajó en modelaje para Versace.

Se ganó una beca para estudiar en Italia con el Piccolo Teatro. Su vida dio un vuelco. Ganó luego otra beca para estudiar dramaturgia con el Teatro Filodramático, también en Italia, y estudió en Francia con el gran maestro de la comedia del arte, Darío Fo, premio Nobel de Literatura italiano, y con su esposa, la también actriz Franca Rame.

“Eso me cambió la mirada sobre el arte. Me hizo darme cuenta de la necesidad de hablar de las cosas que me hacían daño. ‘Sean críticos, no sean indiferentes’, decía Darío Fo. Él me hizo aclarar la visión que tenía del teatro”, explica Georgi Nieto.

Hoy, eso es lo que la ha llevado a ser la actriz colombiana más global. Ya sea en Sri Lanka, Georgia, Kosovo o Túnez, su historia de una mujer que recuerda la masacre de las bananeras con su obra Por una banana construye una reflexión poética sobre la memoria, la explotación de los recursos naturales, el colonialismo, la dignidad humana y la resistencia de los pueblos. Gana premios, y muchos, pero, sobre todo, aplausos y espectadores emocionados.

( Continúe leyendo: Shakespeare a la carta en Bogotá y en Manizales )

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