“Deseo la felicidad para los seres humanos desde más allá del universo”.
Esta podría ser la más bella y poética frase con la que la artista Yayoi Kusama podría despedirse de este mundo. Lo cierto es que esta afirmación es suya y hace parte del título de una de sus maravillosas obras: Sala de espejos del infinito (2020) cuya fotografía se puede admirar al abrir la sala virtual del museo Guggenheim de Bilbao.
Esta obra, una instalación inmersiva que incluye vidrio espejado, madera, luces LED, metal y panel acrílico, recrea una ilusión de espacio infinito mediante la reflexión de la luz en las paredes y el techo, transformando al espectador en parte de la obra. Pintura, luces, reflejos y puntos luminosos parecen multiplicarse hasta borrar los límites del espacio y envolver a quien la observa en una experiencia cósmica. La obra de Kusama posee esa capacidad extraordinaria de deslumbrar y, al mismo tiempo, conducir hacia una pregunta muy íntima y humana: ¿qué lugar ocupamos dentro de la inmensidad del universo?
La muerte de Yayoi Kusama, en Tokio el pasado 14 de agosto de 2026 a los 97 años, cierra el ciclo vital de una de las artistas más singulares e influyentes del arte contemporáneo.
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Aproximarse a su obra es entrar en espacios que invitan al espectador a perder su identidad individual para conectarse con la amplitud del universo, ese que muchas veces ella reconfiguraba con espejos y luces para recrear la sensación de nuestra propia infinitud.
Como precursora del arte pop, su arte fusiona el minimalismo y el feminismo, y logra traducir su mundo interior —sus alucinaciones, obsesiones, dolor y asombro— en un lenguaje artístico capaz de conectar con millones de personas. Su repetición obsesiva, el uso de lunares y la exploración del infinito mediante instalaciones inmersivas, nos permite ahondar en una profunda dimensión espiritual del arte. A través de medios como la pintura, la escultura, las instalaciones y el arte performance se centró en temas que definieron su carrera artística como: el Infinito, la acumulación, la conectividad radical, lo biocósmico, la muerte y la energía de la vida, con los que logró influenciar artistas contemporáneos como Andy Warhol y Claes Oldenburg.
Nacida en Matsumoto, Japón en una familia de clase alta de comerciantes de semillas de arroz, Kusama comenzó a crear arte desde una edad muy temprana, lo que la llevó a estudiar Nihonga (pinturas de estilo japonés) en Kyoto en 1950. Frustrada con este estilo japonés, se interesó en la vanguardia americana y europea, exponiendo en solitario sus pinturas en Matsumoto y Tokio durante la década de 1950. En 1973 se mudó a Nueva York, donde produjo una serie de pinturas influenciadas por el expresionismo abstracto. Posteriormente, Kusama cambió de formato y comenzó a participar de manera fija en la vanguardia artística de Nueva York.
Durante la década de 1960, Yayoi Kusama convirtió su obra en una forma de protesta frente a las convenciones de su tiempo. Sin embargo, mientras su propuesta artística era innovadora y provocadora, el reconocimiento institucional que esperaba no llegaba en la misma medida. El cansancio, los problemas de salud y la sensación de haber sido desplazada de una escena artística, que también se apropiaba de algunas de sus ideas, debilitaron su vínculo con el mundo público del arte.
En 1973 regresó a Japón y, pocos años después, comenzó a vivir en una institución psiquiátrica de Tokio, desde donde mantuvo un pequeño estudio cercano y continuó trabajando casi todos los días. Este aparente retiro no significó el abandono de su carrera; por el contrario, el arte se convirtió cada vez más en una forma de terapia, de transformar sus conflictos internos y de encontrar un espacio de libertad creativa.
A partir de finales de los años ochenta, su obra comenzó a ser redescubierta internacionalmente. Sus exposiciones retrospectivas contribuyeron a devolverle el lugar que durante décadas se le había negado.
Su concepto de “autoaniquilación” proponía la desaparición del ego dentro de una totalidad mayor. Sus obras hablan de la infinitud, de la naturaleza, del amor, de la vida y de la muerte, y en sus últimos años llegó a trabajar en series como Every Day I Pray For Love.
Quizás por eso su arte trasciende lo meramente visual y nos invita a contemplar nuestra propia existencia como una pequeña parte de algo inmenso. A la par, nos recuerda que crear también puede ser una manera de transformar el sufrimiento, reconciliarnos con nosotros mismos y sentirnos parte del universo.
Cinco obras para recordar a Yayoi kusama:
La obra para Louis Vuitton, París.

Una figura de la propia artista, gigante, apoyada en la parte superior del edificio art déco que la firma Louis Vuitton tiene en los Campos Elíseos.
Dots Obsession.

A Kusama la obsesionaron los lunares y los espejos. Con ellos creó objetos inflables amorfos. La instalación envolvente y colorida es una de sus obras más famosas.
Narcisus Garden.

1.500 bolas de espejo reflejaban la cara del espectador para evocar el mito de Narciso e invitar al espectador a confrontar su propia imagen.
Sala de espejos del infinito.

Exposición permanente en el Museo Guggenheim, de Bilbao. Una conmovedora instalación de la artista, en una sala revestida de espejos con esferas luminosas que se repiten hasta el infinito para simular la profundidad del universo.
Calabaza.

Una estatua llena de lunares con forma de calabaza que se encuentra frente al mar en el Benesse Art Site Naoshima, en Japón. Ícono del arte contemporáneo de su país.
(Para saber más: Louis Vuitton rinde homenaje a la obra de Yayoi Kusama)


