Revista Diners
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En plena niñez, Valeria Hinojosa corría descalza por Tarija (Bolivia), entre los viñedos de su abuelo, arrancando una que otra uva a la cosecha y embadurnándose la piel terracota con los taninos de los frutos de la vid. Incapaz aún de entender las trampas que podía depararle la vida, corría por las montañas de La Paz, la capital donde nació, y todavía con más ahínco en los valles fértiles de Santa Cruz o Tarija, donde vivió su infancia y adolescencia. Corría, como niña que era, respirando el aire puro de los Andes.
Algunas veces se detenía para sumergir los pies descalzos en el agua fría de los ríos que bajaban de las alturas o para mirar los flamencos y las llamas que pacían cerca. Cuando estaba exhausta, se abrazaba a los árboles con fuerza.
Hoy, Valeria Hinojosa sabe que esa niña que entonces vivía en estrecha conexión con la naturaleza era una anticipación de lo que sería su destino. Solo que, para saberlo, debería olvidarlo.
Es más, para volver a ella debería escapar del entramado laboral del éxito ya en su adultez. Eso implicaba abandonar la ilusión del poder, volver a conectarse con las plantas y alimentarse de la tierra. En definitiva, necesitaba aprender, como sucede con los buenos vinos, que los mejores productos surgen de la maduración.
Pero madurar duele.

Su territorio la marcó pronto. “Entre La Paz y Santa Cruz existe una rivalidad que se arraiga en el de dónde eres y a dónde perteneces. Mi vida estaba en Santa Cruz, pero allá me criticaban por ser de La Paz, y cuando volvía a la capital, me sucedía lo contrario. Empecé a sentir el contraste de no entender cómo todos podíamos vivir en un país tan bello y poderoso, pero estar tan desconectados; sin embargo, eso me hizo valorar cada cultura. En La Paz me conecté con el misticismo.
En la calle de las Brujas y la calle Sagárnaga comenzó mi curiosidad por los rituales del mundo ancestral. En Santa Cruz, aprendí la hospitalidad y la conexión con lo natural”, cuenta Valeria desde su hogar en la Florida (Estados Unidos).
Ambas conexiones la marcaron desde niña. La natural era evidente, porque adoraba los árboles y rescataba animales. La espiritual nació de sentir que estaba conectada con algo que la excedía.
“Pero luego, la sociedad, como a cualquier ser humano con algún nivel de profundidad, nos lleva a adormecernos”, recuerda. A los trece años sintió que se apagaba algo en ella y no supo bien qué era.
Con el paso del tiempo lo entendió: había silenciado su llamado interior, se acomodó como mejor podía a las exigencias de la sociedad y se empezó a desconectar de su conexión con la tierra.

Un camino en la banca
El gran dilema era qué iba a hacer con su vida. “Solo sabía que me debía ir a Estados Unidos porque era buena con los idiomas y mi familia me recordaba que debía abrirme camino. En la universidad, elegí Administración Internacional de Empresas porque me habían educado para estudiar esa carrera y para complacer a mi familia. El último día de mi carrera me dieron una pasantía en un gran banco”, recuerda Valeria, con sus ojos oscuros fijos en su interlocutor.
Aunque todo parecía marchar sobre ruedas, ella era salvaje y agreste. Así se lo gritaba su niña interior. Pero el deslumbramiento y la presión de demostrar de lo que era capaz la mantuvieron inamovible en su propósito de alcanzar el éxito. Estudiaba en las noches para demostrar que era capaz de hacerlo todo y probarle a su familia de lo que estaba hecha. Por supuesto, se graduó con honores.
“Trataba de demostrar mis capacidades para que me amaran. En realidad, una solo tiene que amarse, sin buscar validación externa”, anota.
Valeria hace una pausa larga. Viste de blanco y detallo que tiene hasta seis pendientes en las orejas y cuatro collares cargados de simbología. Al fondo, mientras la humedad asfixiante de la Florida la asedia, diviso una pequeña estantería con libros, un cactus diminuto y un sofá de color tierra.
Le pregunto en qué momento se produce la ruptura. Respira hondo. Sé que la pregunta duele y, a la vez, libera.
“Luego de graduarme —confiesa—, comencé a trabajar en la banca privada. Estuve cinco años. Durante los primeros tres, me perdí en ese estilo de vida y disfruté de la superficialidad. Al cuarto año, sobrevino mi primera depresión. Entonces tenía veintiséis años. Cuando les preguntaba a las personas qué me podía estar sucediendo, nadie lograba darme explicaciones. Solo me decían que no me quejara, que todo era perfecto: tenía apartamento, un buen carro y estatus social. Pero me sentía vacía”.
La niña interior arañaba su cascarón desde dentro para emerger y alertarla de que no siguiera ese camino. Valeria, que aún no entendía qué le ocurría, empezó a buscar herramientas individuales para salir de la depresión que crecía en ella. Gracias a su abuela, que la había motivado a hacer voluntariados, decidió replicar en el banco una iniciativa de apoyo a los desfavorecidos. Con su entusiasmo natural, tan dedicado al amor, se consagró a recaudar fondos de los banqueros para darles regalos a los niños en Navidad.
Lo que sucedió la sacudió: los banqueros que admiraba cambiaron de actitud ante su petición. Casi nadie quiso donar y tuvo que rogarles para que lo hicieran. Entonces le surgió una pregunta que había evadido: ¿en qué industria estaba? ¿Quería eso para su vida?

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La primera ruptura
Acto seguido, se desconectó de aquel mundo. Sabía que había una niña vital en ella, pero no supo cómo traerla de vuelta. Si quería dejar un impacto positivo, aquel no era el camino, sino el sendero opuesto.
“Me apagué. Aquello fue como una muerte y, al mismo tiempo, un renacer”, anota. Hace un nuevo silencio. Le recuerdo que la vida es un proceso, que son múltiples las capas del despertar.
Y le pregunto si, en ese momento, sintió la pulsión de la espiritualidad que le recordaba su origen.
“Renuncié al banco el día en que me promovieron de vicepresidenta de mi misión. Cuando mi jefe me dio la noticia, no me alegré. Sentí una profunda tristeza y le pedí que me diera una hora para responder. Me fui al restaurante más cercano y lloré. No quería dedicarle cinco años más de mi vida a aquella carrera. Prioricé la necesidad de sanar la angustia que acumulaba”, recuerda Valeria.
El mensaje interno fue claro. “Quiero vivir y volver a enamorarme de la vida”. Entregó su renuncia.
Fue un acto de valentía. El origen del nombre Valeria proviene del latín valere: ‘dar valor, ser valiente’. Su apellido Hinojosa proviene del hinojo, una planta medicinal calmante. Sus ancestros parecieron hablarle por medio de su árbol genealógico porque necesitó fuerzas para dar el salto al vacío.
Cuando le preguntaron qué plan tenía, su proyecto era tan personal como difícil de describir: se dedicaría a una plataforma que ella había venido alimentando con información sobre sustentabilidad. “No pensé que fuera mi carrera. Cuando le dije a mi jefe que me dedicaría a escribir para esa plataforma, me miró con incredulidad y me dijo ‘¿¡Dejas tremenda posición en el banco para ser bloguera!?’”.
Lo mismo le dijeron su familia y conocidos. Señalada, se apoyó en la niña interior, que buscaba emerger con fuerza dentro de ella. “Luego, todo colapsó. A los pocos meses, cuando no logré generar dinero, me fui a la quiebra. Caí en bancarrota. Perdí la casa, el auto, los ahorros y volví a donde mi mamá, a dormir en su sofá”, señala.
“¿Era por fin momento de florecer?”, le pregunto. “En ese momento, germinó una nueva Valeria. Fue necesario llegar al punto de colapso para encontrarme a mí misma y dejar de estar pendiente de lo que la gente pensaba. Me dediqué a escribir. La plataforma se volvió mi carrera”.
La niña que corría descalza por Santa Cruz emergió por fin de vuelta. Valeria recordó que también tenía una conexión con el agua y trajo a la mente el poder que tiene para regenerarnos. “El agua, el mar, tienen el poder de penetrar en la piel y llegar al alma”, recuerda. Eso dio origen a su proyecto Water Thru Skin (Agua a través de la piel). Hoy, miles la siguen y se conectan con su mensaje y su apuesta por la autenticidad.

La segunda ruptura
Pero también, en el aparente camino de brillo y glamour de las redes sociales, ha tenido que romperse más veces.
“El mío ha sido un proceso de muertes y renacimientos. El primero fue por la carrera; el segundo, por amor”. Luego de casarse con el periodista colombiano Santiago Rodríguez y vivir las mieles y hieles de las relaciones de pareja, superó, hace poco, un doloroso proceso de divorcio que la remeció de nuevo hasta los cimientos. Aquello fue también literal: su casa sufrió un proceso de humedad y sus cimientos estuvieron en peligro de colapsar. Además, las plantas que había sembrado murieron tras una helada y en su momento de mayor bajón espiritual.
“El divorcio ha sido un proceso duro, pero hermoso. Representa soltar a una persona a la que se ama mucho y entender qué patrones generacionales estaba repitiendo en mis relaciones. Eso me llevó a hacer un profundo trabajo interno para mirarme a mí misma. Decidí volver a enamorarme de quien soy, recordarme y descubrir a la mujer que habita en mí. Más allá del dolor que pasé, el divorcio ha sido un catalizador porque me permitió comprender que mi corazón puede crear alquimia”, afirma Valeria.
El impacto emocional fue brutal. Asistió a un proceso de biodescodificación cuando entendió que daba de más y le costaba recibir, lo que le generaba un desequilibrio interior. “Al silenciarme para evitar conflictos, optaba por la paz, pero al no decir nada, en realidad no me elegía. Por eso, desarrollé un síndrome de Hashimoto avanzado, que es básicamente cuando le dices al cuerpo que no vales y priorizas a los demás. Tenía una anemia grave, disbiosis y hormonas desreguladas. A los seis meses de enfocarme en mí misma, la energía mejoró y los síntomas disminuyeron”.
En este último periodo, emergió la Valeria salvaje de la infancia. Mientras se posicionaba como creadora de contenido y escritora con la publicación de En busca de la suavidad (Harper Collins), decidió abrirse a los lectores desde la vulnerabilidad, con sus imperfecciones. “El blog de sustentabilidad y veganismo se fue transformando en una comunidad en la que todos nos sostenemos y donde me veo a mí misma reflejada en otras personas, además de que me siento sostenida por ellas”.

Hace poco lo vivió en una presentación de su libro en México, cuando la rodearon personas que no conocía y recibió afecto sin filtro. Fue sanador sentirse abrazada y querida. Antes, cuando pensaba en sanación, lo veía como un viaje solitario. Ahora ha comprendido que el viaje es más ligero en comunidad. La fuerza de la hermandad sana.
“No estaba acostumbrada. Me encerraba a sanar sola y era maternal con todos. Ahora aprendí que las mujeres solo debemos maternar a nuestros hijos, no a otros adultos”.
Sin embargo, materna la tierra, la misma que amaba la niña libre en Bolivia. Cuando se conectó profundamente con la tierra y descubrió que era “el amor” de su vida, se dedicó a plantar trescientas hierbas medicinales y treinta árboles frutales en la media hectárea de su patio.
“Estoy en el proceso de darme amor y sostenerme en la medida en que lo recibo. Navegué aguas oscuras en el miedo para transmutarlas a través del dolor. Ahora, por medio de la tierra, me regenero. La tierra me ha enseñado que cuando todo parece muerto, salen nuevas raíces”, reflexiona.
Valeria, la valiente, florece. Y lo cuenta… para ayudar a otros a hacerlo por su cuenta.
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