Viaje a la Alta Guajira: guía de turismo, dunas y cultura wayú
Foto: Cortesía Gobernación de la Guajira / ®Tornus
septiembre 2, 2026
Colombia

Viaje a la Alta Guajira: guía de turismo, dunas y cultura wayú

Un viaje de cinco días por la Alta Guajira se convierte en una odisea de supervivencia cuando una tormenta inesperada inunda el desierto. Entre el lodo, el misticismo wayú y la inmensidad del Caribe, un padre y su hijo descubren la belleza y la crudeza del norte de Colombia.
POR:
Simón Granja Matias
Revista Diners
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—En La Guajira no llovía hasta que llegaron ustedes —nos dicen. No sé si tomar a bien el comentario, pero intuyo que sí. —Deberían venir más seguido —añaden, despejando mis dudas.

Horas antes, nuestro conductor ya nos lo había advertido. Él fue quien padeció en carne propia nuestra llegada y esa mística atracción que ejercimos sobre las nubes en las tierras más áridas de Colombia. Desde mi perspectiva citadina, jamás imaginé que la lluvia en el desierto pudiera desatar un caos tan absoluto como el que vivimos al finalizar el viaje de cinco días por la Media y Alta Guajira. Mucho menos pensé que el cielo se rompería justo cuando arribamos a este bello lugar; el calor sofocante del primer día prometía cualquier cosa, menos un aguacero de tales proporciones.

Las ruedas del avión tocan el asfalto ardiente del aeropuerto Almirante Padilla, en Riohacha. El golpe del clima es inmediato: el cuerpo comienza a sudar y la piel me advierte que el bloqueador solar no será suficiente. Se lo aplico a mi hijo Tiago, pese a sus reparos; puede tener doce años y creerse muy grandecito, pero no voy a dejar que se queme. 

Al bajar de la aeronave nos recibe Andrés Delgado, gerente de Kaishi Travel, un cachaco más cachaco que yo que llegó a Riohacha hace veintisiete años. Se casó con una guajira y, aunque aquel matrimonio ya no perdura, su amor por esta tierra se quedó para siempre. Andrés decidió apostarle al turismo comunitario, un modelo enfocado en las comunidades indígenas.

—La filosofía de Kaishi es que la comunidad sea la que trabaje. Por eso no monté hoteles —me dice con orgullo en su acento bogotano, una contradicción andina frente al mar, aunque se nota que la calma del Caribe ya se le impregnó en el ser. Andrés viaja con frecuencia a Bogotá por su otro negocio, el comercio de arte, pero me asegura que no hay nada como la libertad de andar en chanclas y pantaloneta.

Me lo dice mientras abordamos una “burbuja”, esas Toyotas inmortales tan frecuentes en territorios difíciles por su geografía indomable y las complejidades del orden público. Al volante está don Gustavo Pinto, un baquiano de cincuenta y tantos años que conoce estas tierras como el patio de su casa. En ese tanque japonés, dejamos atrás la capital guajira hacia nuestro primer destino: Camarones.

Este corregimiento es famoso por el Santuario de Flora y Fauna Los Flamencos. Allí nos espera Juan Uriana, un wayú que lleva veinte de sus treinta y siete años trabajando en turismo. Su herramienta es un bote de vela; sus compañeros, los flamencos. Saltamos al bote de Juan, quien despliega la vela y deja que el viento sea nuestro propulsor.

—Este santuario está conformado por cuatro lagunas: Chentico, Navío Quebrado, Laguna Grande y Manzanillo —explica Juan mientras lee el viento.

A poca distancia aparecen los primeros flamencos, aves majestuosas de un metro y medio de altura, rosadas de pies a cabeza, excepto por la punta de su pico, negro invertido. Ese capricho de la evolución los convierte en máquinas perfectas de filtración que retienen los crustáceos de los que se alimentan.

Viaje a la alta guajira: guía de turismo, dunas y cultura wayú
Los flamencos son aves majetuosas de un metro y medio de altura, rosadas de pies a cabeza, excepto por la punta de su pico, negro invertido. Foto Camilo Medina

Navegar en un bote de vela tiene esa poesía: es el viento, y no el capitán, el que determina el curso. El grupo de flamencos está hacia la derecha, pero el aire dice que vamos hacia el otro lado. En medio de esa complicidad, Tiago me suelta un deseo:

—Pa, sería muy cool tener una pluma de flamenco, ¿no?

Juan nos lanza una mirada de advertencia.

—Bueno, pero tendría que ser una que nos encontremos por ahí flotando —le aclaro a mi hijo, quien, como conservacionista consumado, asiente.

En ese momento, Juan hunde el remo para cambiar el rumbo y la magia sucede: llega flotando una hermosa pluma rosada directo a las manos de mi hijo. Tiago me mira estupefacto y a mí se me aguan los ojos. Le agradezco a la vida el milagro de estar ahí con él, aferrándome a este instante, así sea una despedida.

El horizonte se divide en cuatro líneas cromáticas: el reflejo del cielo, una franja rosada de flamencos que no para de crecer, el verdor del manglar y el azul infinito del cielo. De repente, el silencio se rompe con el cacareo de cientos de aves. Suena tococo, tococo…

Tococo —nos dice Juan con orgullo. Así se llama su bote. En wayuunaiki, es una palabra onomatopéyica que imita el canto de la especie. Juan nos cuenta que antes la comunidad vivía de la pesca en las ocho rancherías del sector y que, en épocas de hambruna, el flamenco salvaba a la gente de morir. Hoy, el turismo sostenible es el nuevo motor. Su bote es de fibra de vidrio, pues construir uno de madera habría requerido talar un árbol de ciento veinticuatro años.

Él también es padre. Mira a Tiago y añade: 

—A mi hijo también le encantan las aves.

Avanzamos, pero los flamencos se repliegan rápido, dibujando un círculo rosado a nuestro alrededor. Entre la bandada divisamos polluelos grises y despelucados que se mueven con torpeza, pero a los tres meses dejarán esa timidez, aprenderán a filtrar su alimento y caminarán con independencia. Miro a mi hijo y le digo:

—Mira, Tiago; se parecen a ti.

El Matriarcado

—Entonces, ¿yo soy un alijuna? —le pregunto a Ofelia Pashaina, una mujer de treinta años vestida con su manta tradicional (wayuushein) en la ranchería Epiapus. Como mi deformación profesional es hacer preguntas, empiezo a bombardearla hasta que me detiene con calma infinita:

—Siéntese, tómese un café y escúcheme.

Me siento obediente, al lado de Tiago y Camilo, nuestro fotógrafo. Ofelia nos explica que en esta ranchería conviven los clanes Epieyuu y Pushaina; de ahí el nombre de Epia Push. Aquí, las familias se rigen por un estricto matriarcado y los apellidos provienen de la madre.

Alta guajira
Ofelia Pashaina, vestida con su manta tradicional (wayuushein) en la ranchería Epiapus. Foto Camilo Medina

—Entre más mujeres haya, el linaje sigue vivo. Si una madre fallece, los hijos se quedan con la familia materna. Aquí, el tío materno vale el doble que el papá; su responsabilidad y sus bienes van para sus sobrinos, no para sus propios hijos —cuenta Ofelia.

Mientras los hombres se encargan del pastoreo, la pesca y la construcción de casas de bahareque, las mujeres sostienen el hogar tejiendo. El origen del tejido nace del mito de Wale’kerü, una araña que se enamoró de un hombre wayú. La araña hilaba de noche y vomitaba el algodón, dibujando caminos que el pueblo luego copió. Ofelia teje desde los cinco años y nos detalla las técnicas: el de dos hebras o woupu (que representa los caminos), el de una hebra (el más valioso) y el tapizado.

Viaje a la alta guajira: guía de turismo, dunas y cultura wayú
El origen del tejido wayú nace del mito Wale’kerü, una araña que se enamoró de un hombre wayú. Foto cortesía Gobernación de La Guajira / ®Tornus

Este arte se perfecciona en el Süttüsü Paülü’ü o “el encierro”. Cuando a una niña le llega su primera menstruación se convierte en Majayut (señorita). Comienza un aislamiento, durante el cual las tías le enseñan a tejer y a conocer plantas medicinales con una dieta estricta, sin sal ni azúcar. Al salir, se celebra la Yonna, un baile en el que la mujer representa el viento con su manta roja y el hombre la fuerza, imitando el vuelo de las aves.

—Lo que más me hace feliz es el valor que tenemos las mujeres en la herencia —confiesa Ofelia—. Pero no me gusta el machismo que aún sobrevive. Fui madre a los quince años, pero tengo cuatro hijos varones y todos estudian; quiero que sean profesionales, pero que jamás nieguen sus raíces.

De repente, Ofelia interrumpe su relato y sentencia:

—Ahora es el momento en el que usted va a aprender a bailar. Quítese la ropa y póngase este taparrabos.

El choque cultural me golpea. Me pintan la cara con los símbolos del clan. Busco auxilio:

—Tiago, póntelo también.

—Por nada del mundo —responde mi hijo.

—Camilo, por favor…

—No, yo tengo que tomar las fotos —se escuda detrás del lente.

—Solo será usted —sentencia Ofelia. “Periodismo inmersivo”, me consuelo en silencio, y empiezo a seguir sus pasos arrastrando los pies.

Alta guajira
En el baile de la Yonna, la mujer representa el viento con su manta roja y el hombre la fuerza, imitando el vuelo de las aves. Foto Camilo Medina

La mochila

La camioneta se bambolea bajo un calor que distorsiona el asfalto. Venimos de almorzar una cazuela de mariscos espectacular en El Remanso del Santuario, atendido por don Juan Mejía. El letargo nos vence en los asientos. Abrazo a mi hijo de medio lado; no lo quiero soltar.

Nuestra primera parada es en los salares de Manaure, el complejo marítimo de sal más grande de Colombia, donde el agua se tiñe de un rosa irreal debido a la alta concentración de sal y a la Artemia salina, el crustáceo que alimenta a los flamencos. Allí, Johana Mengual nos guía a través de las montañas blancas antes de que el sol implacable nos haga correr a la sombra de la burbuja.

Llegamos a nuestro refugio: el Hotel Palaaima, regentado por Iris Fajardo Epieyu. Ella nos recibe con un juego en el jardín: debemos encontrar qué inspiró la base geométrica de sus mochilas. Camilo, con su ojo de fotógrafo, identifica el patrón idéntico en el corazón de un cactus cardón partido a la mitad.

Alta guajira
En los salares de Manaure el agua se tiñe de un rosa irreal debido a la alta concentración de sal y a la Artemia salina. Foto cortesía Gobernación de La Guajira / ®Tornus

—Nos inspiramos en el cardón porque la mujer wayú es berraca —nos explica Iris—. Da igual si nos encontramos en invierno o bajo sequía extrema: siempre estamos tejiendo sueños. Al portar esta mochila, se llevan la esencia del cactus. ¿Qué significa un cactus en mitad del desierto? Significa resistencia y fuerza; mantenerse vivo transformando la adversidad en energía.

Sus palabras cobran sentido al mirar la historia de Palaaima, un monumento al empoderamiento que comenzó con su madre, Aracely Epieyu. Cuando la economía de la sal se derrumbó, Aracely transformó su hospitalidad en un hotel formal en 1998. En el pueblo le dijeron que estaba loca, pero persistió y gracias a esto pudo educar a sus hijos. Doña Aracely falleció recientemente, a comienzos de este 2026, pero dejó un legado de veintiséis años construyendo caminos en el desierto.

Hoy, Iris lidera el taller comunitario Artesanías Palaaima, en el que capacita a decenas de mujeres y apoya redes como Unidos Tejiendo. Sentados en el taller, guiados por una madre y su hijo, Tiago y yo trenzamos un cordón, que nos ayuda a desacelerar el apresurado ritmo andino.

En la carretera

Don Gustavo enciende el motor a las cuatro de la mañana. El madrugón es necesario por rumores de bloqueos en la vía.

—¿Por qué protestan, don Gustavo?

—Pues porque no hay luz, o no hay agua, o no llegan los recursos escolares… Esto es La Guajira —responde con resignación.

Pasamos Uribia, la capital indígena de Colombia, mientras el sol tiñe el horizonte de morado y fucsia sobre un mar infinito de cactus. A partir de aquí, las llantas levantan cortinas de polvo y el asfalto se comienza a desintegrar, en una dolorosa metáfora de la distancia que nos separa del centro del país.

A un costado del camino, vemos una camioneta volcada y saqueada la noche anterior. Cruzamos la carrilera del tren del carbón y hasta ahí llega el espejismo del progreso. La carretera desaparece y nos adentramos en una red de trochas guiados solo por las huellas en la arena. La burbuja se bambolea; navegamos el desierto.

El trayecto se siente eterno. Nos detenemos en mitad de la nada para estirar las piernas bajo un viento que camufla el calor que nos quema la piel. Al fondo, emergen unas mesetas imponentes. Nuestro destino es Nazareth. Tras seis horas de traqueteo, descansamos en una ranchería donde nos reciben dos mujeres wayús con sus hijos.

—Este es el Éxito de por acá —bromea una de las mujeres al ofrecernos agua en una enramada.

—Bienvenidos a Nazareth —anuncia Gustavo poco después. A diferencia de la aridez extrema, los alrededores se tiñen de un verdor inesperado y arenoso, la puerta de entrada al Parque Nacional Natural Macuira.

Dunas
Unos de los atactivos del Parque Nacional Natural Macuira son sus dunas. Foto Camilo Medina

La Duna

Don Gustavo lleva horas con ganas de colgar su chinchorro.

—Si alguien necesita dormir, ese soy yo; al fin y al cabo, soy el que maneja.

Amarra sus cabuyas entre dos árboles y se entrega al descanso mientras ve novelas turcas en su celular.

Nosotros seguimos la marcha con Álex, un guía wayú que custodia las veinticinco mil hectáreas de Macuira. En el sendero, Álex se detiene y señala: 

—Miren, un rey guajiro. 

Un punto rojo encendido resalta en la maleza; es el cardenal guajiro, ave endémica que para los indígenas simboliza el equilibrio con el entorno.

Cruzamos riachuelos que bajan de cumbres envueltas en mitos. Los locales hablan de tribus jamás contactadas, de una “piedra de la vida” que condena a quien no la sortee y de vientos gélidos que congelan a los viajeros, dejando estatuas de hielo a su paso. En el ambiente se respira un aire sagrado que nos impone silencio. Cuando las piernas amenazan con rendirse, el sendero se abre ante las dunas de Macuira.

Incrustadas en el verdor de la montaña, se elevan inmensas colinas de arena. Dice la leyenda que los antiguos arahuacos huyeron de los españoles cargando arena de la playa y el viento la multiplicó hasta levantar este desierto flotante. Tiago y yo sentimos una urgencia magnética por subir. La arena nos atrapa los pies, pero no nos detenemos.

—Pa, lleguemos hasta la parte más alta para ver qué hay más allá —me pide.

Se lanza colina arriba y en ese instante vuelve a ser el niño que sigue siendo. Yo me despojo de los años y me convierto en uno con él. Conquistamos la cima, pese a que el viento nos empuja de frente y, por un segundo, parecemos flotar sobre el desierto. Al salir del parque, exhaustos, el rey guajiro vuelve a aparecer ante nosotros como una despedida.

Viaje a la alta guajira: guía de turismo, dunas y cultura wayú
Las dunas de Taroa son formaciones de arena que se extienden desde el interior del desierto hata llegar al mar Caribe. Foto cortesía Gobernación de La Guajira / ®Tornus

El Fin

Un nuevo día comienza. Al costado del camino aparecen tumbas adornadas con flores de plástico y botellas de chirrinche.

—Al que se murió ahí le gustaba tomar —suelta don Gustavo. Nos reímos, pero él mantiene el rostro serio. Su confianza se nota en el vallenato de Diomedes Díaz que brama a todo volumen.

El desierto muta en un bosque seco infinito. En las rancherías predomina un color gris ocre que lo cubre todo: las casas, los chivos, la piel de la gente. Polvo. Más polvo. Del polvo venimos y al polvo volveremos.

—Para allá vamos —anuncia Gustavo, señalando una línea amarilla que brilla bajo el sol. Es la muralla de arena de las dunas de Taroa. Coronamos la cima y entendemos que estamos ante algo único: una montaña dorada que muere directamente en el mar Caribe. El viento aquí es un gigante que nos jala con violencia. Camilo se pierde con su ojo de cineasta mientras Tiago y yo bajamos a tocar el agua.

—¿Te imaginas que nos encontráramos un muerto? —me pregunta Tiago de la nada.

—¿Por qué me preguntas eso?

—No sé, se me ocurrió.

Nos abrimos paso entre rocas formadas por fósiles de conchas. Nos sentamos en una piedra plana, donde las olas revientan debajo de nuestros pies. Cerramos los ojos y le digo a mi hijo al oído:

—Agradece.

Y en silencio, agradecemos.

Gobernación de la guajira
La cocina guajira es la fusión entre el mar, el desierto y la tradición indígena. Foto cortesía Gobernación de La Guajira / ®Tornus

La Olla

 Una familia local custodia Taroa desde tiempos inmemoriales.

—Mi mamá ya viene —nos promete un joven de la zona. Para matar el tiempo, indago sobre los secretos de la duna y el muchacho nos suelta una confesión: las arenas desentierran restos de sus antepasados, a quienes sepultaban dentro de alforjas de barro.

—Hace poco encontramos una calavera —nos dice.

—Llévanos —le pido.

—No, qué va; se nos pueden pegar los espíritus. Nosotros no dejamos que la gente vaya por allá. ¿Arqueólogos? Ni que vengan…

Sin embargo, tras dudarlo un poco, cede: 

—Bueno, ustedes verán.

Caminamos y el suelo empieza a hablar: aparecen fragmentos de vasijas y lo que juraría que es una tibia humana. De repente, el joven remueve una piedra con el pie: 

Viaje a la alta guajira: guía de turismo, dunas y cultura wayú
En las arenas de las dunas se encuentran tesoros como esta vasija de barro precolombina, que la comunidad acostumbra a dejar en su sitio. Foto Camilo Medina

—Miren esto. 

Frente a nosotros emerge una vasija de barro precolombina intacta. El muchacho le toma una foto y la envía al grupo de WhatsApp de su familia. De regreso, el joven estalla en una carcajada y reproduce un mensaje de voz:

—¡Deja eso allá que te va a culear el diablo!

Las risas nos acompañan hasta que una motocicleta frena y levanta una nube de polvo. Es doña Emys Arends, la matrona, luciendo gafas oscuras con bordes dorados y una manta roja.

—¡Mamá, mire lo que encontramos!

Doña Emys lo fulmina con la mirada: 

—¿Y usted por qué coge eso? Me hace el favor y va y entierra eso otra vez, o los ancestros lo van a atormentar en sueños.

—¿Creen tanto en los sueños? —le pregunto.

—Sí, claro. Mi papá se le aparecía en sueños a mi esposo para decirle que este lugar debía llamarse dunas de Taroa. Y a mis ancestros les revelaron en sueños que aquí iban a encontrar agua dulce.

Viaje a la alta guajira: guía de turismo, dunas y cultura wayú
La matrona Emys Arends, con su manta roja, recorre las dunas de Taroa. Fopo Camilo Medina

A un costado, un grupo de jóvenes realiza la hazaña física de cargar bidones de agua hasta la cima de la duna bajo un sol a plomo. Al límite de la arena están los ojos de agua: pozos artesanales a escasos veinte metros del mar salado donde entierran tanques perforados que filtran el agua dulce de la tierra, conteniendo el desierto y el océano en un mismo sorbo.

—Adiós, doña Emys. 

—Adiós, mis amores. 

Punta Gallinas es el extremo más septentrional de Suramérica. Allí nos paramos Tiago y yo frente a la inmensidad del fin del mundo. Cumpliendo el ritual de los viajeros, yo coloco una roca y él pone la suya encima. Llegamos.

—Vamos a la playa de Punta Agujas
—anuncia Gustavo.

Viaje a la alta guajira: guía de turismo, dunas y cultura wayú
Al subir por las dunas de Taroa se puede observar la unión entre el mar y el desierto. Foto Camilo Medina

Corremos al agua para refrescarnos. No llevamos ni dos minutos flotando cuando siento un latigazo eléctrico brutal en la pierna derecha y otro en el muslo izquierdo. Miro a Camilo y a Tiago con terror: 

—Tenemos que salir ya mismo. Me acaba de picar algo.

Vaya ironía, una aguamala en Punta Agujas. Recordé el capítulo de Friends en el que Mónica sufre lo mismo y Joey la orina. Tiago, que ya había vivido esto en Italia, me miró con resignación: 

—No hay nada que hacer, pa. 

Me acosté en la arena y él me aplicó el remedio televisivo. Aunque es un mito científico, juro que me calmó el ardor de inmediato.

Esa noche nos refugiamos en el Hostal Kijoru, atendido por Victoria Uriana, donde cenamos una langosta fresca sin comparación. Mientras comemos, una descomunal nube negra devora las estrellas.

—Hace meses que no cae ni una gota por estos lados. Ustedes trajeron la lluvia —nos dice Victoria. 

—Mañana tenemos que salir antes del amanecer o si no el desierto nos atrapa
—dice don Gustavo mientras contempla el horizonte con preocupación.

La Lluvia

Don Gustavo devora la trocha acelerando a fondo, compitiendo contra las nubes. El camino de regreso a Riohacha ya ha sido devastado por el aguacero. No dimensionamos la magnitud del chubasco hasta que cruzamos Bahía Portete, un pueblo fantasma que arrastra el dolor de una de las masacres paramilitares más crueles de la región.

Al salir, nos topamos con una explanada donde el mapa desapareció: una avalancha transformó la trocha en un río de lodo espeso. Por más máquina que sea nuestra burbuja, el terreno es intransitable.

—Toca bordear y esperar a los compañeros —advierte Gustavo.

Otras camionetas van llegando al lodazal; ahora solo importa la hermandad de los conductores para encontrar una salida. Deciden arriesgarse por un desvío más agreste y la sacudida es violenta. Llegamos a un paso alterno y nos encontramos con un camión de carga hundido hasta los ejes en mitad del fango, con diez pasajeros a bordo.

Don Gustavo se baja y grita: 

—¡Saca la faja de arrastre!

Amarran la guaya a nuestra burbuja. Las demás camionetas esperan en fila. Al verlos trabajar en equipo, Gustavo llama a los otros conductores por sus apodos de trocha: allá está Snoopy; más allá, Caresapo. Tiago, Camilo y yo no podemos contener la risa.

—¿Y a usted cómo le dicen en el gremio, don Gustavo? —le pregunto cuando se sube a la cabina. Él sonríe con malicia, acomoda el vallenato de Diomedes y responde:

—A mí me dicen Chivo Arrecho.

Parece lógico: nos ha confesado que tiene catorce hijos, incontables aventuras amorosas e historias de sus amadas novelas turcas. El motor ruge, las llantas muerden el barro, el camión cede y Chivo Arrecho demuestra su valía.

La cosa se complica cuando otro conductor dice conocer una salida que resulta ser la simple huella difusa de un carro. Como perros de caza, las siete camionetas se dispersan por la planicie buscando una ruta. Nada. De repente, un sabueso arranca a toda velocidad rompiendo cactus y el resto lo sigue, utilizando su estela de arena como señal.

Conectamos con un camino nuevo, pero encontramos otro tapón de camiones atascados. Los motores se calientan y la gente se hunde hasta las rodillas. Don Gustavo, concentrado, logra sacarnos del fango con precisión milimétrica. 

La lluvia de frente solo nos tocó cuando estuvimos a punto de entrar a Riohacha, pero su presencia nos gobernó en cada segundo del regreso.

El traqueteo cesa al tocar el asfalto. Miro a Tiago.

—¿Te gustó la aventura? —le pregunto.

Apelando a su superpoder adolescente, Tiago se despierta tras haber dormido casi todo el trayecto, ajeno al caos del barro. Me mira, sonríe de medio lado y me dice:

—Sí, pa. Gracias. 

¿Dónde comer?

Mantequilla (Riohacha)
Calle 7 # 11-103

Alta guajira
Crema de auyama asada, uno de los platos del restaurante Mantequilla, que eleva a manteles de despensa local la herencia wayú. Foto cortesía Mantequilla

Este restaurante rompe esquemas con su «cocina exótica», elevando a manteles la despensa local y la herencia wayú. Imperdibles: el chicharrón de langostinos de tamaño imponente sobre puré de guineo popocho y el puré de puruy (fríjol nativo) con camarones frescos. Un oasis sibarita indispensable. 

Un plan distinto

Kitesurf en el Caribe indómito 

Alta guajira
Los vientos constantes hacen de La Guajira el paraiso suramericano del kitesurf. Foto cortesía Gobernación de La Guajira /®Tornus

Mayapo, cabo de la Vela y Riohacha. Sus vientos constantes hacen de este departamento el paraíso suramericano del kitesurf. Mayapo ofrece aguas turquesas ideales para refinar la técnica, mientras que el cabo de la Vela es la meca mundial del viento, con bahías calmas, ráfagas potentes y escuelas boutique con instructores certificados.

¿Dónde quedarse?

El departamento redefine la hospitalidad combinando alto confort, diseño y respeto por el entorno:

Alta guajira
Foto cortesía Naio

NAIO Hotel & Villas (Palomino): Incluido en la prestigiosa Guía Michelin. Este santuario de lujo sostenible entre la selva y el mar ofrece amplias villas con piscina privada y gastronomía de autor con toques asiáticos.

Hotel Waya Guajira (Albania): Combina ecoturismo responsable y diseño contemporáneo con detalles indígenas. Un todo incluido premium, ideal como centro de operaciones seguro.

Hotel Wayira Beach (Mayapo): Nominado a los World Travel Awards, este resort ofrece exclusivas suites y bungalows frente a una playa blanca y cristalina, perfecta para los deportes náuticos.

Ranchería Utta (cabo de la Vela): La mejor mezcla de arquitectura étnica (en barro y cactus seco) y confort. Ofrece cabañas privadas con luz y agua —un milagro en la zona— y recetas tradicionales memorables.

Alta guajira
La ranchería Utta, en el cabo de la Vela, propone una mezcla de arquitectura étnica (en barro y cactus seco) y confort.

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