Revista Diners
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Hay lugares que uno entra y entiende de inmediato. La Rana Dorada es uno de esos. Sus 300 metros cuadrados distribuidos en salón, barra, jardín, terraza y hasta una mesa de bolirana construyen una atmósfera que oscila entre pub europeo y patio tropical.
Hay mesas de juegos, tocadiscos, merch oficial y en cada rincón una rana (siempre la misma, siempre distinta) aparece disfrazada de oficinista en patineta, de campesino con ruana y sombrero, o de turista en camisa playera. La mascota lo dice todo: un lugar que no se toma demasiado en serio, pero sí se toma muy en serio la cerveza.
Una rana con historia

El nombre La Rana Dorada no es un capricho ni una fijación con los anfibios. Es el símbolo nacional de Panamá y, también, una especie en vía de extinción. Cuando la cervecería la adoptó como emblema hace casi 20 años, no fue solo un ejercicio de branding: fue un compromiso. Hoy, un porcentaje de cada cerveza vendida se destina a la Fundación Smithsonian para la conservación de la especie.
La marca llegó a Bogotá de la mano de los mismos creadores del Irish Pub y La Pola del Pub, con Tomás Delfino (gerente, socio y cicerone certificado) a la cabeza. Y llegó con credenciales. En Panamá, La Rana Dorada es la cervecería artesanal líder del país, con 11 locales en Ciudad de Panamá y franquicias en Chiriquí y Coronado.
Sus premios también hablan por ella: medalla de oro en la Copa de Cervezas de América 2024 (donde fue elegida la mejor cerveza del continente con su Pilsen), oro en el World Beer Awards de Inglaterra, oro en la Copa Quetzal de Guatemala y en la Copa Austral, además de reconocimientos en Corea, Paraguay y otros países. No es una cervecería que llegó a probar suerte. Es una que sabe exactamente lo que hace.
«Queríamos llegar a Bogotá pisando fuerte», dice Delfino. «Sabíamos que es un mercado muy competido, con mucha calidad de restaurantes y bares. Pero tenemos la calidad del producto y una propuesta de valor que responde a una necesidad real aquí en Usaquén.»
(Para leer más: Destilados y fermentados hechos en Colombia)
La Blanche y la IPA: dos cervezas, dos mundos
La Rana Dorada llega a Colombia con dos de sus referencias más icónicas: la Blance y la IPA.
La Blanche es la más vendida de la marca, y no cuesta mucho entender por qué. Es una Witbier de tradición belga, elaborada con trigo, cáscara de naranja, semilla de cilantro y limonaria. Sin filtrar, turbia, ligera. Su amargor es moderado y su perfil perfumado le añade un toque extra de frescura. Es, en el mejor sentido, una cerveza de iniciación.
La IPA, en cambio, es para quienes ya cruzaron ese umbral. Intensa, lupulada, con notas a caramelo, cítricos y flores, tiene seis grados de alcohol y una historia que vale la pena contar. Las India Pale Ales nacieron en Inglaterra como solución a un problema logístico: las cervezas se dañaban durante el largo viaje en barco hacia la India, así que los cerveceros aumentaron el lúpulo y el alcohol para conservarlas mejor. La versión de La Rana es una adaptación americanizada, con mayor carga de lúpulo y mucho carácter.
Para quienes lleguen sin haber probado ninguna, el ritual de bienvenida es obligatorio: un barco de cortesía con una cata de seis cervezas que recorre las referencias de menor a mayor intensidad, incluyendo cervezas invitadas como las del Pub y Ramona, una pequeña cervecería bogotana.
Usaquén, la plaza elegida

La decisión de abrir en Usaquén no fue aleatoria. Mientras Chapinero concentra gran parte del movimiento gastronómico de la ciudad, Usaquén ofrece algo distinto: una oferta consolidada, un público que sabe lo que quiere y un espacio físico (una casa de arquitectura que dialoga perfectamente con el paisaje bogotano) difícil de encontrar en otras zonas.
«Le creemos mucho a esta zona», confirma Delfino. «Hay espacio para una marca como La Rana, que es más juvenil, con cerveza de muy buena calidad.»
Comer bien también es parte del plan

Ahora, no todo es alzar el codo. Aquí la comida no es un accesorio de la cerveza. «Somos un bar, pero nos esforzamos por tener comida al nivel de cualquier restaurante al que puedas ir», dice Delfino, y la carta lo respalda.
Las empanadas de masa de plátano rellenas de bondiola de cerdo y queso son el tipo de bocado que uno pide de entrada y termina pidiendo de nuevo. El ceviche (disponible solo jueves, viernes y sábado, porque no trabajan con productos congelados) es un guiño a la frescura. Y las pizzas, diseñadas por el pizzero napolitano Angelo Doganieri y horneadas en leña, son una apuesta seria en un menú que podría haberse conformado con menos.
Todo está pensado para compartir, para comer con las manos, para que la mesa sea parte de la experiencia y no solo su soporte.
La cerveza en tiempos de abstinencia

La Rana Dorada no ignora que el mundo está bebiendo menos. La tendencia hacia estilos de vida sin alcohol o con consumo reducido es real, y lo saben. Ante este panorama, han respondido desarrollando opciones con menor porcentaje de alcohol, pero Delfino defiende el lugar de la cerveza: «Dentro de las bebidas alcohólicas, es la de menor graduación. La gente sí está tomando menos, pero cuando quiere darse un gusto, la cerveza da más permiso: estás hablando de cuatro, cinco, seis grados, mientras que un destilado te pone en cuarenta.»
Otro desafío es la concentración de la vida nocturna bogotana en zonas ya consolidadas. La zona G, la zona T y el Parkway funcionan como puntos de partida para quienes buscan mesa nueva o quieren volver a una de siempre. Usaquén, por su parte, tiene una oferta más reposada. Aun así, La Rana Dorada no llegó a Bogotá a ocupar un espacio. Llegó a crear uno.
Una vez se prueba, funciona como ese sitio de «solo para conocedores», pero que recibe con brazos abiertos a quienes apenas están descubriendo lo que significa beber bien. Además, la pedagogía cervecera, la versatilidad del espacio y una cocina que no se queda a medias implantan la idea de volver y por mucho más que una pinta.
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