Beatriz González: “Me salva la autocrítica”

Alabada, criticada y controvertida, Beatriz González es la artista pictórica viva más importante del país. A sus 78 años, dice que nunca hizo arte político, que nunca pintaría a Uribe y que jamás enseñará a pintar porque no quiere frustrar a nadie.

Acaba de llevarse el viento el aroma de los pomos sembrados en los jardines y Beatriz se lo ha perdido. Se imaginaba a su regreso esos árboles aromáticos del barrio Granada de Cali, pero no ha podido olerlos. Ahora está sentada de espaldas, en la oficina de la dirección del Museo La Tertulia, viendo cómo los follajes se mueven por la brisa del cierre del día tras un cristal borroso, un vidrio que frena el sentido de ese olor que recuerda su infancia. “Me tocaba venir todas las Navidades y vacaciones y ese olor de los pomos de las cinco de la tarde me evoca que yo aquí tenía a mi tía Esther, por los lados del Club San Fernando, y todo era divino”, recuerda, mientras se acomoda una blusa de lino blanca, holgada, con líneas de bordados y su pelo cae en la frente, suelto, con una sonrisa fresca. “¿Has sentido eso? ¡Ese olor, ese olor! ¿Cierto que es un placer distinto?”. Aquí siempre es distinto. Se ríe.

A Beatriz las cosas importantes de la vida se las tiene que decir un extraño. Ya sea para pensar o decidir. No sabe por qué, pero sus decisiones provienen de otros ojos. No es que no tenga decisión, al contrario, frena en seco para cambiar de andén, de pensamiento. Ella habla de un semáforo en rojo que tiene en su cabeza. Pero le gusta escuchar, no tanto obedecer, es más de instinto para oír. Luego, decidir. Pasa siempre: “No te vas a quedar pintando por siempre Los suicidas del Sisga”, se lo dijo Marta Traba cuando vio que repetía y repetía la misma obra porque buscaba la perfección; “esa fotografía es una pintura”, decía, mientras sabía que la imagen la había recortado de un periódico y era de un reportero gráfico, o esta vez, ahora, cuando le dicen: “tienes que cambiarte, aunque estás regia” y se cambió de ropa y de color: de blanco a negro, por si acaso.

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Se acuerda cuando la gran Feliza Bursztyn la incomodó con una verdad. “Íbamos a hablar en un simposio a Cuba y me dice: ‘Tú no hablas aquí porque no eres profesional. ¡Beatriz es que tú no eres profesional!’. Yo me sentí ofendida porque me gradué de profesional de Bellas Artes. Pensé que ella estaba loca –y bueno, sí, ella estaba loca–, pero tenía razón. Yo no dependía de muchas circunstancias. No tenía que vender. Se me ocurría algo y lo compraba. Muy interesante decirme eso en Cuba. Contrario a Feliza cuya vida profesional y artística tenía todas las circunstancias: vivía de esto y mostraba todos sus problemas. Eso me abrió la cabeza, y es verdad, pensé: ‘Yo hago lo que se me da la gana. Sin importar el público, nada’”. Se lo había dicho una “extraña”.

Era la época de la molestia artística: “Beatriz, fina e inteligente”. Le decían a toda hora. Se volvió un lugar común. Se cansó, se peleó con eso. “Yo podría haberme quedado pintando mi versión de La encajera, de Vermeer: color bien, composición bien, todo bien. Perfecto: ‘la señora que pinta’. Pero no quise. Comienzo a negar todo. Incluso, cuando lo hago, una periodista dice que me tienen que llevar a un sanatorio”. Entonces, la negación: no más pintura bidimensional, sino tridimensional; no más lienzos porque es muy fino, sino latas y telas; no más óleo, sino colores Pintuco. Los suicidas del Sisga –dice– es negar el tema porque viene de una noticia de la prensa, es también cuestionarse el tema del gusto y de la obra de arte en su transformación. “Pasa con La última cena, de Leonardo da Vinci. La gente tiene este cuadro para que no entren los ladrones a su casa por el simple hecho de que los apóstoles están cuidando el hogar. Sin embargo, nadie sabe o no les interesa que sea una obra de Leonardo”. Aquí ella comienza a ser distinta. El teléfono le suena. Hablará distraída.

Beatriz esconde su celular –de esos que no conocen el WhatsApp ni el Facebook– en un bolso negro que llevan las niñas que van de afán. Todos los que han querido ser pintores han mirado la obra de Beatriz. Un estudiante de Bellas Artes la espera aquí afuera para preguntarle por los “blancos muertos” de sus pinturas. ¿Blancos qué? “Nadie como ella para pintar”, dice el joven. Pero, curiosamente, no le interesa enseñar. Lo hablaba con Juan Antonio Roda, su profesor de pintura, quien terminaba por advertirle –siempre– que nunca se termina de aprender en la pintura. Tenía razón. Ella no ha podido –ni podrá–. Aún aprende. “Enseño Historia del Arte, pero no enseño a pintar”, advierte Beatriz. Enmudece. Piensa. Semáforo en rojo. “Se me encoge el alma pensar: decirle a un muchacho que eso está mal. ¿Quién le dice que realmente está mal? ¿Porque yo lo digo? ¡Qué tal que esté frustrando a un futuro Leonardo!”. Calla.

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Asesinada mujer en hospedaje 2. Tapiz.

Todavía se acuerda cuando la llamaron de la Universidad de los Andes para que diera una cátedra de pintura. Le brotó la valentía: “No, gracias. Me voy a saber qué sé”, dijo. Y se fue a Bucaramanga, su ciudad. Sí, era una especie del buen coraje. Rechazar lo imposible. “Le dieron el puesto a una amiga que nunca llegó a artista y se jubiló como docente”. Años después, tras pasar muchas soledades pintando al lado de sus padres, cuya única compañía era un mico que se entraba de vez en cuando a su estudio a sentarse en una silla, “la Papisa” –como le decían a Marta Traba bajo cuerda– la llamó y le dijo: “La Junta ha declarado que usted será la primera artista joven en exponer en el Museo de Arte Moderno. Casi me desmayo. Yo estaba haciendo ensayos. Nadie me visitaba. Nadie opinaba. Mis papás eran muy inteligentes, pero no sabían de arte. Allí entré a este círculo”, dice. Entró para siempre.

La política estaba en su casa, pero no en ella. No como su padre que alcanzó a ser alcalde y gobernador. Pero la conocía y quería debatirla desde el punto de vista de la estética hacia el poder. Es que era el poder. Cuando decide pintar al entonces presidente Julio César Turbay Ayala –ella le dice Turbay, a secas–, era porque quería pintar el poder a través de él. “Inicié dibujando a Turbay borracho, caminando por un puente, la vida en Palacio, me burlaba porque yo quería ser ‘la pintora de la Corte’, miraba la familia presidencial. Yo lo hacía para mostrar las desgracias del poder, desde la estética. Turbay era un personaje bastante ridículo: en su manera de hablar, de vestirse, de decir discursos, de aproximarse a los problemas”.

Se dedicó a recortar de los periódicos las imágenes de Turbay para luego dibujarlas. Es ya un clásico Decoración de interiores, una monumental serigrafía a color sobre tela donde se emplea en un módulo la imagen de Turbay con una copa y un papel en la otra cantando en una fiesta. “No sé si estaba haciendo arte político como queriendo educar a un pueblo. Yo lo hacía para mostrar las desgracias del poder”. Entiende que su trabajo parte de una mirada, por ejemplo de los medios de comunicación. Mirada de un tercero, de un cuarto. “Yo miro lo que otros ya han mirado, entonces es la cuarta mirada. Hay un fotógrafo que ha mirado, un medio que ha editado, impreso, y luego yo miro y acepto la imagen que me gusta. Mirar lo que otros miran, lo que han transformado”.

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Happy Birthday. Heliograbado negro

Solo frenó en la burla cuando pasó lo del Palacio de Justicia: “Ya no había por qué reírse. Habían quemado la justicia”. Todavía le preguntan: “¿Pintaría a Uribe?”. Y dice que no lo siente, que ya no haría eso. Se lo dejaría a los caricaturistas. “Lo mío era el filo de la navaja, entre la caricatura y el arte”. Luis Caballero la sentenció: “Es la única artista que pinta colombiano porque ha montado en bus entre Bucaramanga y Barbosa”. Se ríe. Beatriz se innova y trabaja grabados a través de papel mantequilla y usa técnicas como los heliograbados, que viene de la arquitectura, una especie de fotocopias de los planos. Desde el original, ella crea un segundo original. Su apuesta y su oficio artístico.

Se agota el tiempo. “Tienes que ir a cambiarte”, le dicen a sus espaldas. Hay que apurar, el público la aguarda. La cinemateca La Tertulia, donde hablará, está abarrotada. Beatriz vuelve vestida de negro, con una falda que se mueve al vaivén, camina por los pasillos de La Tertulia que este mes alcanza los 60 años y cuya artista favorita es Beatriz porque tienen 22 obras e innumerables exposiciones individuales y colectivas. La llevan de la mano mientras ella camina lento, rodeada de jóvenes que la admiran. Allí va también el de los “blancos muertos”. Hay mucha gente aquí, tal vez cientos. De varias generaciones. Hablará de todo y todos. Ese humor santandereano, tan seco, pero tan punzante, reluce. Los aplausos aparecen. Arriba, la sala de espera, despejada para la muestra Beatriz González: el segundo original, que no es más que una exposición de su archivo personal que la artista guardaba desde 1948 hasta hoy, como si supiera que algún día lo necesitaría toda una generación.

En la charla, lo sospechable: “Siempre será más original el segundo original”. Seguro que sí. Eso tiene una explicación: “Por el simple hecho de que será una versión mejorada de la primera”. Se ríe. Todos ríen. Va camino a la serie Cuentos para citadinos, hecho en tinta y contact sobre papel mantequilla y en heliograbados sobre papel. Piensa que esas pequeñas historias de ciudad se las contaba a su hijo. “Yo era de las que me llevaba a mi hijo al centro. Le enseñaba a vivir lo que era la ciudad. Cuando volvíamos de caminar, yo redactaba esos recorridos y dibujaba la gráfica. No quería mostrarle los cuentos de hadas europeos, sino los cuentos que aquí pasaban, los de la calle. Era, también, para que no se amargara”.

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Los suicidas del sisga 2

María Fernanda Domínguez, una de las curadoras de la muestra, dice que Beatriz “no es una artista política, sino histórica porque colecciona imágenes de memoria del acontecer local colombiano. No solo archiva, sino que reelabora para producir una conciencia histórica. No deja de ser política, pero no lo hace con la intención de producir una obra política, sino una obra crítica histórica”. La curadora advierte que Beatriz es una editora de imágenes que ya están editadas, que le interesan las imágenes mediadas. “Es un gesto de apropiación, es la copia de un dispositivo crítico, no es copiar por copiar, sino que de una imagen se pueden decir cosas. Es rescatar imágenes que están en el día a día y no están en la conciencia oficial”.

Beatriz sigue en su quehacer. Es una sala especial. La rodean. Su obra no es más que una autocrítica. “Sabe que a mí me salva eso: la autocrítica. Cosa que a muchos les parece que no tiene sentido. Lo más importante es tener autocrítica y ese semáforo en rojo. Se refleja en la obra. Seguro. Hay que decirlo: si la obra es una porquería, hay que destruirla sin miedo. Y me ha pasado. Hay que frenar, frenar. Muchos creen que si se frena se pierde el estilo. Entonces, uno puede probar a través de miles de saltos, luego llegará la coherencia. Y yo la tengo”. Se va a posar para las fotos.

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