Relaciones amorosas, Relaciones amorosas, Relaciones amorosas, Relaciones amorosas, Relaciones Construir una relación sana y afrontar las crisis no se logra de un día para otro, por algo existe el elogio a la paciencia en la frase “Roma no se construyó en un día”. Por eso, antes de querer una relación sana usted necesita desearla, sino es así, entonces deje de leer esto ya mismo.
Como vemos que siguió leyendo, lo felicitamos, eso quiere decir que desea una relación sana para este San Valentín, algo que resulta imposible porque ya estamos muy por encima de la fecha. Sin embargo, dar el primer paso es lo más importante para un verdadero cambio.
Este proceso exige tiempo invertido en mejorar la forma en que se dialoga, se escucha y se reconoce al otro como una persona con trayectorias propias, límites claros y proyectos que existen más allá del vínculo amoroso.
Por eso, Diners reunió estos consejos en compañía de la doctora Mya Faride Gómez, directora de la Especialización de Psicología Clínica de la Universidad Católica de Colombia, quien señala que el cuidado del vínculo se sostiene en habilidades emocionales que puedan desarrollarse a lo largo del tiempo. Para Gómez, un obsequio verdaderamente significativo en esta celebración consiste en proponer a la pareja un compromiso real con la mejora del trato mutuo y con la forma en que se afrontan los conflictos.
Los consejos para una relación amorosa sana y duradera
1. Capacidad para afrontar los conflictos
La capacidad para afrontar los conflictos aparece como uno de los puntos centrales en la construcción de una relación amorosa sana. Toda pareja atraviesa desacuerdos que pueden generar molestia y tensión. La evidencia en psicología clínica muestra que evitar estas situaciones no elimina el malestar acumulado.
Lo que sí resulta observable en relaciones estables es la disposición a conversar sobre lo que incomoda sin recurrir a la violencia verbal ni al silencio prolongado. La comunicación permite expresar necesidades, desacuerdos y afectos con claridad, lo que reduce la posibilidad de que las discusiones escalen hacia el irrespeto.
2. Reconocer al otro como un sujeto autónomo
Reconocer al otro como un sujeto autónomo constituye otro elemento fundamental señalado por la doctora Gómez. Entender que la pareja conserva una identidad propia, con historia, límites y metas personales, facilita una convivencia en la que no se imponen controles ni se generan dependencias emocionales.
Este reconocimiento se refleja en acciones concretas como respetar los espacios individuales, aceptar decisiones personales y permitir que cada integrante mantenga actividades y relaciones fuera del ámbito de la pareja sin que esto sea interpretado como una amenaza.
3. Regulación emocional en las relaciones amorosas
La regulación emocional también forma parte de este proceso. Manejar emociones intensas como la ira, los celos o la frustración sin que estas deriven en conductas dañinas representa una habilidad que se aprende y se practica.
En situaciones de desacuerdo, responder desde principios compartidos y no desde impulsos momentáneos permite que las conversaciones difíciles se desarrollen en un marco de respeto. Esta regulación implica reconocer lo que se siente y decidir cómo expresarlo sin afectar la integridad del otro.
4. Entender que no existe la relación perfecta
Esto ayuda a disminuir expectativas que suelen intensificarse en fechas como San Valentín. Diversos informes de salud mental han documentado que durante estas celebraciones aumentan sentimientos de frustración y tristeza asociados a la presión social por mostrar una relación idealizada.
Estas expectativas pueden generar tensiones innecesarias dentro de la pareja cuando se intenta cumplir con estándares externos que no corresponden a la realidad cotidiana del vínculo.
5. El amor imperfecto es más bello
Aceptar la imperfección del otro forma parte de la negociación diaria que sostiene la convivencia. Esto no significa tolerar conductas que vulneren el respeto o la integridad personal. Existen límites claros relacionados con el trato digno y la convivencia básica. Se trata de reconocer que hay hábitos y rasgos que no desaparecerán y que pueden manejarse mediante acuerdos prácticos. Pequeñas situaciones domésticas, como dejar la toalla mojada sobre la cama, se resuelven con acciones concretas y no con discusiones que desgastan la relación.
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