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Al rescate del tejo en Colombia: ¿cómo acercarlo a nuevas generaciones?

Varias iniciativas lideradas por jóvenes buscan darle una nueva vida al tejo. En el camino resignifican la colombianidad y lo acercan a nuevas generaciones.

Foto: Camilo Ponce de León / Producción Lucy Moreno

Varias iniciativas lideradas por jóvenes buscan darle una nueva vida al tejo. En el camino resignifican la colombianidad y lo acercan a nuevas generaciones.

Cada sábado, durante varios años, mi abuelo Luis Eduardo Zamora llegaba a casa con un dulce para sus nietos. Mientras abría la puerta todos corríamos a abrazarlo. Su sonrisa le resaltaba las arrugas y su rostro sonrojado reflejaba la euforia de darnos con emoción esa golosina, o bueno, eso creía yo.

Unos años después entendí que su cara roja era el resultado de una tarde de cerveza con los amigos en la cancha de tejo.

Con el tiempo dejó de ir, pero no de extrañar. “Mijo, tenemos que hacer unas canchitas en la finca”, le dijo un día a mi papá, así que después de construir su propio hogar en Cáqueza, Cundinamarca, abandonó definitivamente el tejo capitalino. Ahora solo jugaba en las canchas que armó junto a sus hijos y nietos.

Tejo El barrio San Felipe, en Bogotá es el hogar de esta propuesta única. / Foto: Camilo Ponce de León

“Eso le hizo mucho bien, sobre todo porque cuando venían a visitarlo, siempre se reunían a jugar, eso lo hizo dejar del todo las salidas de los sábados”, recuerda su esposa, mi abuela, Blanca Alejandrina Morales de Zamora.

Así que para nosotros, los nietos, no hubo más golosinas. Y después del 22 de septiembre de 2020, tampoco más sonrisas ni abrazos. Mi abuelo murió después de sufrir un accidente cerebrovascular.

Entre el amor al campo, las plantas, la lealtad a la familia y tantas otras cosas, nos dejó un profundo vínculo con el tejo, ese deporte que endulzaba los sábados de sus nietos, alegraba y fortalecía la relación con sus amigos, y que a veces le hacía fruncir el ceño a mi abuela. Por eso, este texto es en su memoria.

¿Esto es un tejo?

La mía no es la única historia de abuelos, nietos y tejo. Cuando Daniel Lozano, uno de los socios del tejo La Embajada, llevó a su abuelo a la inauguración de su local ubicado en el barrio San Felipe, de Bogotá, lo primero que le dijo fue: “¿Esto es un tejo?”.

Y tenía toda la razón al sorprenderse, pues la imagen de lo que uno tiene como un tejo (sillas de plástico, diecinueve metros y medio entre una cancha y otra –como indica la medida reglamentaria–, butacos de madera y cualquier cantidad de botellas de cerveza), es muy diferente.

Las canchas de tejo del lugar miden entre 8 y 9 metros. / Foto: Camilo Ponce de León.

En La Embajada, el largo de las canchas está entre 8 y 9 metros, cuenta con una barra y detrás de esta sobresalen los grifos por los cuales sirven cerveza Non Grata, artesanal y producida por los mismos dueños del lugar; luego aparece un mural que reza “Vamos a reventarla”.

Por lo demás, se despliegan unas luces de estadio y una malla negra que encierra el espacio de juego para, igualmente, separar la zona de comidas, en la que puede pedir desde una lechona marinada en cerveza hasta un plato vegano de hongos y queso.

¿Comer platos veganos mientras se revientan mechas? Ahora la pregunta tendrá más sentido que nunca, “de verdad, ¿esto es un tejo?”.

La idea de Daniel Lozano (31 años), Sebastián Otero (30), Andrew Cárdenas (29), Simón Guía (29) y Juliana Acero (28), era la de hacer un pub, pero no uno irlandés, sino uno al mejor estilo criollo. “Así que investigamos cuál es la taberna colombiana por excelencia, y llegamos a la del tejo… Entonces dijimos: metámosle diseño y que sea el primer espacio con cerveza artesanal”, cuenta Daniel Lozano, quien abrió este espacio en diciembre de 2019.

Daniel Lozano, socio fundador de La Embajada. / Foto: Camilo Ponce de León.

Los meses siguientes fueron un éxito. Después de las 11 de la noche, cuando se acababa el momento del juego y se apagaban las luces de estadio, se encendían las rojas que en medio del humo y la música formaban la atmósfera de una gran fiesta.

“Es una plataforma para la nueva colombianidad, que para mí son dos cosas: emprendimiento, y que no les pertenece solo a los colombianos, sino a venezolanos, argentinos, estadounidenses y a todos los que quieran sacar el país adelante”, añade Lozano.

«Salvar la mecha» de la pandemia

Durante 2020 fue casi imposible regresar a la finca de Cáqueza. Las restricciones de movilidad hasta septiembre y el posterior autocuidado dificultaron los viajes, así que las canchas que construí junto a mi abuelo están casi abandonadas. Pero no han sido las únicas que han sufrido la amenaza del tiempo en pandemia.

San Miguel, por ejemplo, un espacio de tejo en el barrio San Felipe y uno de los primeros que empezaron a acercar el juego a los jóvenes, tuvo que cerrar debido a la crisis generada por el COVID-19.

“Entregué el 10 de septiembre de 2020 –cuenta con dolor su dueño, Miguel Ángel Vargas–. Nunca pensé que me fuera a pasar esto. Cuando declararon el tejo como patrimonio cultural (en 2019), mi local se disparó, estaba lleno los jueves, viernes y sábados… Lo entregué con toda la tristeza del alma”.

Y no era para menos, San Miguel, más allá de su proyecto económico, era un recuerdo de su padre, quien tuvo en ese mismo lugar un par de canchas durante la década de 1970.

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“Mi papá era de Ráquira y yo, de Tinjacá, ambos municipios en Boyacá. Nos gustaba mucho el tejo y esa misma casa en la que tuvo las canchas, se remató, la tomé en arriendo y coloqué seis líneas de canchas”.

Vargas se atribuye la idea de acercar el tejo a más gente en Bogotá al reducir el tamaño de las canchas para lograr un espacio mucho más familiar y atractivo. “Un muchacho no va a aprender en una cancha de 19 metros, yo puse unas de 8, 9 y 13 metros, así empezó a llegar la gente joven”; incluso, cuenta que gracias a él, Daniel Lozano, de La Embajada, tuvo la idea de abrir su propio local.

La sobriedad y el buen gusto brillan en cada espacio. / Foto: Camilo Ponce de León.

La mecha joven

A San Miguel también iba Sebastián Mejía (26 años), quien junto a Fabio Morales (27) y Ana María Rodríguez (31), dos amigos suyos, crearon Tejo Turmequé, un espacio ubicado en Chapinero y que recientemente abrió su segunda sede en la calle 73 con carrera 9.

Este lugar es, tal vez, el que mejor resume la reacción del abuelo de Daniel Lozano y al que seguro se le sumaría mi abuelo Luis Eduardo, porque aparte de la reducción en la distancia de las canchas, solo se juega en un sentido, y no en ambos.

Tejo Turmequé

Foto cortesía Tejo Turmequé

“Cuando íbamos a los tejos de canchas grandes, veíamos que la gente solo jugaba para un lado, parándose en la mitad de la cancha. Es como lo que le pasó al fútbol con la creación del fútbol 5 o el fútbol playa, modalidades nuevas en las que se mantiene la esencia, pero que se van modificando para llegarle a más gente”, cuenta Sebastián Mejía.

En Turmequé sirven algo que llaman “comida callejera gourmet”, en la que el chicharrón es protagonista y también hay opciones para tomar cocteles. Sí, cocteles con chicharrón, un paraíso de la interculturalidad colombiana.

El espacio también apela a la nostalgia, al pasado, suena salsa antigua, merengue, clásicos pop o de plancha.

“Ya que es algo tan tradicional, quisimos adaptarlo a las nuevas generaciones volviendo a lo retro local”. Nostalgia criolla. “Betty la fea, el granito de café Águila Roja, Pedro el Escamoso, muchos colores como si fuera una tienda de barrio, un lugar para todos, sin excluir a quienes no saben jugar”.

Tejo Turmequé

Foto cortesía Tejo Turmequé

La chicha, la cerveza y la mecha

El tejo es un deporte muisca y, por tanto, guarda una relación casi poética con la naturaleza, pues este juego de precisión tiene que ver con las fiestas de celebración de la cosecha, especialmente con la del maíz.

Era una práctica que revelaba quién tenía la mejor puntería para lanzar las semillas al hoyo. De ahí su relación con la chicha y luego con la cerveza.

Para Jairzinho Panqueba, doctor en Ciencias Sociales del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social de México, y quien ha participado en el estudio y gestión de procesos educativos y de investigación del tejo en Bogotá, la relación de este juego y la cerveza tiene una explicación ligada a la chicha y a su persecución desde la época colonial.

Tejo La cerveza Non Grata es una propuesta artesanal producida por los mismos creadores de La Embajada. / Foto: Camilo Ponce de León

Por su facilidad de producción y bajo costo, la chicha se volvió muy popular dentro de la clase obrera criolla, así que para el siglo XX ya resultaba un inconveniente en el avance arrollador de la industria cervecera.

Entonces, su producción intentó frenarse a través de la Ley 34 de 1948, cuando se impuso una reglamentación técnica que dificultó su fabricación artesanal.

Esta persecución utilizó argumentos religiosos, racistas, clasistas y seudocientíficos que le dieron una mala fama y, por tanto, condenaron los espacios de consumo, que podrían ser tanto chicherías como canchas de tejo. “Históricamente, el espacio de consumo de chicha era la cancha de tejo, pero la cerveza tomó su lugar y se tergiversó la historia”.

Una mecha por las nuevas generaciones

“Con la migración de los años sesenta, setenta y ochenta a Bogotá llegó gente de Tolima, Boyacá y Cundinamarca, que tenía una relación con el tejo, pero estas nuevas generaciones venían apartándose, lo veían como un juego de los papás que llegaban borrachos los fines de semana”, explica Panqueba.

Lo increíble para él era ver que mientras en muchas zonas de Bogotá se mantenía esa mala fama, en el centro de la capital y en otros lugares de la ciudad existían sitios como el tejo San Miguel o nuevos espacios como La Embajada y Turmequé, a los que iban extranjeros que querían buscar un plan diferente, típico y local.

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“El tejo y otras prácticas estaban vistas como folclor; entonces, cuando se abrió el mundo a la globalización, el turismo cambió y los países necesitaron mostrar su diversidad, su multiculturalidad, y en ese marco las empresas privadas retomaron estas prácticas para generar recursos… En paralelo, el tejo se expandió en Colombia hacia otras localidades donde no se practicaba: en Amazonas, Córdoba y Sucre hay canchas de tejo, para mostrarle al turista o como una opción propia de recreación”, asegura el investigador.

Virtual tejo: el deporte en el celular

Y en su camino de expansión, este deporte ha logrado superar las barreras físicas. En 2008, Álex Sosa, ingeniero de sistemas tunjano, desarrolló un videojuego para Facebook llamado Virtual Tejo, que alcanzó un millón de jugadores. Gracias a este proyecto fue contactado para trabajar en China como desarrollador de videojuegos.

Virtual Tejo estuvo abandonado por un tiempo, hasta que “dije: hagamos el mismo diseño para móviles, pero ambientado sobre una plataforma 3D… También decidí hacerlo más cultural: en el juego uno tiene que recorrer más de 80 canchas por Colombia. Con la pandemia, llegó a tener 180 mil descargas”, asegura Sosa.

 

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Imaginarse tal cantidad de personas que juegan tejo desde su celular en medio de una pandemia es, por lo menos, una escena surreal que habla del potencial interés de los colombianos en este juego.

“Los medios digitales son importantes para las generaciones jóvenes; si se quiere mantener una historia cultural típica colombiana, hay que ponerla donde está el público joven”, recomienda Sosa.

 

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¿Cómo queda el camino del tejo en Colombia?

Después de la expedición de la Ley 613 de 2000, impulsada por Édgar Perea y con la que se reconoció al tejo como deporte nacional, y posteriormente, con la Ley 1947 de 2019 que declara este deporte como patrimonio cultural inmaterial de la nación, el tejo parece tener una nueva oportunidad de surgir, tanto por el apoyo estatal como por las nuevas iniciativas lideradas por jóvenes emprendedores.

Esto quizás ayude a fortalecer un deporte que, según estimaciones de Álvaro Rojas, presidente de la Federación Colombiana de Tejo, reúne actualmente “a tres mil deportistas. En Colombia, de 23 ligas afiliadas, solo tenemos ocho coliseos llamados tejódromos. Necesitamos tenerlos en toda Colombia para que los niños puedan entrenar, ya que los padres de familia no los dejan ir a entrenar a los campos de tejo”, señala.

Mi abuelo nunca jugó en un tejódromo ni fue deportista profesional, no conoció La Embajada, Turmequé o alguno de los otros espacios que le dan una nueva mirada a su deporte favorito. Tampoco descargó Virtual Tejo, a duras penas abrió Facebook pocos meses antes de morir, pero seguramente le hubiese emocionado ver cómo el deporte que más disfrutó y el único que practicó hasta que pudo, sigue renovándose en la convicción de los jóvenes que creen posible darle una nueva vida al deporte nacional que cautiva al son de la pólvora. ¡Una mecha por mi abuelo Luis!

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Daniel Zamoraeditor web. Periodista con cinco años de experiencia en temas de cultura, gastronomía, viajes, música, televisión y cine.

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Febrero
01 / 2021

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