El arte de conversar
Foto: Laura Patiño @ele.escaramujo.florece
marzo 22, 2026
Lo Último

El arte de conversar: por qué hablar y escuchar se está perdiendo en la era digital

En un mundo de mensajes instantáneos poco profundos, conversar es hoy un acto de resistencia. Mediante una serie de iniciativas se busca poner a la gente a conversar, tender puentes y nutrir relaciones humanas más auténticas.
POR:
Enrique Patiño

Mi padre le encantaba conversar. A la primera impresión lucía tímido, tal vez porque las palabras se agazapaban a la sombra de su vergüenza, pero al sentirse escuchado, se hacía presente. Las frases se le arremolinaban en la lengua y brotaban con elocuencia. Era el momento en que fluían sus historias, hechas de anécdotas infantiles, sabrosos fragmentos de historias de amor, narraciones de pérdida, desarraigo y viaje, o de errores y aprendizajes. Empalmaba sus relatos con lucidez y nostalgia. En su voz había una cadencia clara: la de un mundo interior que se revelaba gracias al refugio seguro de una buena conversación.

A sus noventa años, ya había ingresado a las redes y trató también de conversar con todos en ellas. Su decepción fue mayúscula cuando descubrió que casi todas sus palabras eran respondidas por el silencio o el común emoticón de un pulgar en alto.

“Los desajustes conversacionales irán a más: cada vez hay más personas mayores que necesitan hablar más y menos que quieran escucharlas”, afirma Mónica Pérez de las Heras, directora de la Escuela Europea de Oratoria. Las consecuencias no son risibles para ninguna generación: adultos y jóvenes sufren hoy en día la pérdida de un vínculo profundamente humano.

En cada conversación que el ser humano sostiene circulan las palabras que pronunciamos, pero también los símbolos, temores, deseos y memorias que compartimos como humanidad. Cuando conversamos, abrimos ventanas que nos conectan con creencias heredadas y que nos permiten continuarlas o transformarlas. Conversar también nos permite espejarnos en otros, saber de dónde venimos y conectarnos con gestos y emociones con los que resonamos.

Pérez de las Heras explica que se han perdido tres claves fundamentales de la oratoria y de la conversación: naturalidad, humildad y corazón. La primera se conecta con ser uno mismo; la segunda, con no creerse más que nadie, y la última, con contar las cosas desde la pasión. En una época de apariencia, potenciada por las redes, ser uno mismo ha pasado a un segundo plano, y las palabras suelen darse, sin receptividad a escuchar.

Si bien conversar no nace de dogmas o mandatos, requiere pautas. Una de ellas es “evitar distracciones”, como “el uso de cualquier objeto que descorazone al interlocutor”. Lo dijo Cecil B. Hartley en su libro The Gentlemen’s Book of Etiquette (1875). La afirmación, en un mundo atestado de pantallas y distracciones, viene a lugar. Una de las razones por las que el arte de conversar ha venido relegándose está relacionada con el aumento de la tecnología. Abunda la información rápida, pero escasea la atención profunda. 

En varios estudios se demuestra que los niños que escuchan historias a temprana edad tienen más fortalezas en el lenguaje y habilidades a la hora de interactuar. Fufy Demissie, experta en Educación de la Universidad de Sheffield, explica que la lectura propicia el diálogo porque se convierte en una conversación con los adultos para comprender el significado de lo leído.

(Le puede interesar: Vivir sin tecnología: Así es la filosofía detrás del movimiento de casas «tontas»)

Conversar
El arte de conversar. Foto/ilustración: Laura Patiño @ele.escaramujo.florece

¿Quién pone la primera palabra?

En el libro El arte de conversar, de Carlos Julio Lemoine, exdirector del Centro Nacional de Consultoría y socio fundador del Instituto de la Conversación en Colombia, se explora la conversación como una herramienta esencial para construir relaciones humanas sanas, generar confianza y fortalecer la comunicación efectiva. 

Lemoine sostiene que conversar es más que hablar: significa intercambiar, escuchar, comprender y conectar. El experto añade que para una buena conversación se requieren ciertas cualidades internas, como respeto, paciencia, empatía, presencia y humildad. Uno de los pilares de su propuesta es la escucha activa. Escuchar es prestar atención plena, sin interrumpir ni juzgar o anticipar respuestas. Al no opinar de antemano ni imponer nuestro punto de vista, dignificamos al otro. 

El autor subraya además la importancia del respeto como base de toda conversación: aceptar las diferencias y reconocer la perspectiva ajena. Todo esto permite que la conversación sea un puente que resuelva conflictos, forje acuerdos y fortalezca vínculos.

Lemoine destaca el poder de las preguntas abiertas y genuinas como invitaciones a compartir, no como interrogatorios. La comunicación no verbal —el tono, los gestos, la postura, la mirada— dice tanto o más que las palabras. Algunas claves para enfrentar aquellas conversaciones difíciles que nos cuesta abordar son hablar con calma, con honestidad y desde una conciencia emocional. Cada intercambio, por sencillo que sea, deja una huella, una comprensión nueva del mundo y de quienes habitan en él.

Todo diálogo es un acto de memoria y emoción en el que se abren nuevas perspectivas para el pensamiento. Así lo entendió Jorge Luis Borges cuando dijo que toda la cultura proviene de un peculiar invento griego: la conversación. 

Para los griegos, dialogar no era un mero intercambio de información, sino el método esencial para explorar las verdades de la existencia. En el ágora, base de los diálogos de Platón, o en las discusiones de Aristóteles, la palabra fue el hilo que unió las ideas al acto colectivo de la creación. 

Aún hoy, las conversaciones auténticas continúan siendo un refugio. En ellas nos reconocemos vulnerables y, a la vez, acompañados. Pensamos mejor cuando elaboramos con otros; comprendemos que nuestras historias hayan sentido al ser dichas en voz alta, o que la cultura —como señalaba Borges— no es una gran obra aislada, sino un diálogo interminable que se renueva cada vez que dos personas se sientan a hablar con el corazón en disposición.

Venga le Digo

Conversar es, en esencia, un gesto de humanidad que nace en lo cotidiano, pero que se amplía y se extiende a lo público. Teresa Baró, experta en comunicación personal, indica que saber conversar catapulta las relaciones laborales y sociales. “El principal error en el que puedes caer es no escuchar —señala—, porque significa no sentir curiosidad por lo que te cuenta el otro ni mostrar interés”. Gestos como no mirar al interlocutor a los ojos o interrumpir son signos de la impaciencia propia y de una incapacidad de profundizar. Y juegan en nuestra contra 

Una iniciativa colombiana que recuerda el arte de la conversación es Venga le Digo. Nació en 2019, en un parque, cuando un grupo de desconocidos se reunió con la intención de fomentar la interacción y superar el miedo al otro. Todo se inició con charlas informales de manera espontánea.

Fue un arrebato tan sencillo como profundo: el deseo de volver a hablar con la gente. Una tarde, cansados de la sensación de soledad urbana que se disfraza de prisa y desconfianza, Amelia Amórtegui y Juan Garrido, creadores del proyecto, se dijeron: “Salgamos a la calle a hablar con la gente. No puede ser que la única interacción posible en el espacio público sea sacar al perro; no puede ser que vivamos con miedo del otro”.

Un domingo cualquiera, prepararon un termo lleno de café, llevaron vasitos, una manta de pícnic y salieron al Parkway, en el barrio La Soledad. Se les ocurrió invitar a conversar a las personas, porque sí, sin más pretensión que el encuentro mismo. Para su sorpresa, varias se sentaron con ellos. 

“Charlamos con desconocidos que, por un instante, dejaron de serlo. Fue un plan tan humano que decidimos repetirlo cada domingo durante más de un año”. Cada encuentro les dejó preguntas nuevas. Con ellas, aparecieron ideas para seguir afinando la forma más simple y poderosa de crear comunidad: sentarse a conversar.

El proyecto evolucionó e incorporó dinámicas como el uso de una pelota de espuma para respetar turnos, dado que es habitual que las personas se interrumpan unas a otras, o tarjetas con palabras, en el juego Pido la palabra, que sintetiza las mejores preguntas para estimular conversaciones profundas sobre temas tan álgidos y profundos como la existencia de Dios, la política o el amor.

Los dos fundadores de Venga le Digo creen hoy profundamente que uno de los principios comunicativos de toda conversación es que “mientras mejores sean nuestras conversaciones, mejores van a ser nuestras relaciones, y mientras mejores sean las relaciones, mayor impacto tendrán en nuestra calidad de vida”.

Su ejercicio pronto llamó la atención de profesores, emisoras y empresas, que mostraron interés en llevar la experiencia a sus contextos. Venga le Digo adaptó el proyecto a un formato virtual y empleó preguntas abiertas para convocar a personas de todo el mundo, en un espacio seguro para la conversación en línea. Hasta la fecha, ha facilitado cerca de 500 charlas en parques, bibliotecas y librerías, encuentros con los que se busca reintegrar la conversación en la vida diaria. Sus creadores, además, han comprendido algo fundamental: a menudo, las personas pueden hablar más libremente con desconocidos que con su círculo cercano.

Conversar
El arte de conversar. Foto/ilustración: Laura Patiño @ele.escaramujo.florece

Lo que nos queda por hablar

En un estudio hecho por la Universidad de Harvard, tras analizar 932 conversaciones, se encontró que la mayoría quiere acabar las charlas antes. Solo aquellos que entraron en la misma frecuencia del otro —un rasgo de la empatía— se sintieron plenamente identificados con el otro. Fue llamativo comprobar la incapacidad de los entrevistados de entablar un diálogo sincero.

Una de las peticiones más frecuentes de los usuarios en un mundo plagado de chatbots es la frase “Quiero hablar con una persona”. Quizá por esto la iniciativa de la Biblioteca de Copenhague, de invitar a leer  a “personas” que cuentan sus historias en vez de novelas, se ha replicado en casi toda Europa. Los participantes han comprendido que cada historia es valiosa, y que escuchar a otros es el mejor antídoto contra ideas totalitarias o radicales.

Ya que las charlas están en peligro, se hace necesario comprender qué ha pasado con la conversación en nuestros ámbitos más íntimos y familiares. Las conversaciones auténticas continúan siendo un refugio y el mejor antídoto contra la desconexión y la soledad. 

En ellas nos reconocemos vulnerables, pero también acompañados. Descubrimos que pensamos mejor cuando pensamos con otros, y que “las palabras adecuadas en el momento oportuno pueden abrir puertas que parecían cerradas”, como señalaba Mark Twain.

Conversar no es un hecho estático: es pura danza y movimiento. Así lo sugieren los orígenes latinos de la palabra, que viene del verbo conversāre, que significa dar vueltas en una reunión, girar en torno a una idea entre varias voces, hasta hacerla más clara, profunda o simplemente más humana. Desde su origen, la conversación es una práctica viva que transforma tanto a quienes hablan como a quienes escuchan.

Conversar es, en esencia, un gesto de humanidad. Es abrir una puerta a lo compartido. Es permitir que nuestras ideas, como las palabras de mi padre, encuentren el momento exacto para brotar y convertirse en puentes.

LO MÁS LEÍDO DE LA SEMANA

Cátedra de Paz
Lo Último

La Cátedra de la Paz llega a colegios del sur de Bogotá

La Cátedra de la Paz surgió como una estrategia para reflexionar sobre la construcción de la paz en las escuelas. Estas son algunas instituciones que la han puesto en práctica.
El arte de conversar
Lo Último

El arte de conversar: por qué hablar y escuchar se está perdiendo en la era digital

En un mundo de mensajes instantáneos poco profundos, conversar es hoy un acto de resistencia. Mediante una serie de iniciativas se busca poner a la gente a conversar, tender puentes y nutrir relaciones humanas más auténticas.
Soñé su nombre
Cultura

Soñé su nombre: un recorrido íntimo entre la memoria, el duelo y la búsqueda

Soñé su nombre sigue el viaje íntimo de Ángela Carabalí en busca de su padre, convirtiendo su historia en un reflejo colectivo sobre la desaparición forzada en Colombia. Ya en salas de cine del país.
Viajes
Gastronomía
Cultura
Otras Categorías