Revista Diners
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Hay diseñadores que siguen tendencias y hay otros que siguen una intuición. Amelia Toro pertenece, con absoluta claridad, al segundo grupo. Su trabajo no responde al ruido del calendario de la moda, sino a una conversación más silenciosa: la que se da entre el cuerpo y la tela, entre la memoria y el presente.
Antes de consolidar su marca, que hoy suma más de tres décadas de coherencia estética, Amelia fue una estudiante disciplinada. Salió de Bogotá con la certeza de que el talento necesita estructura y encontró en la Rhode Island School of Design una formación rigurosa, que le enseñó a pensar el diseño desde la construcción y no solo desde la intuición. Más tarde, en Parsons School of Design, en Nueva York, comprendió el ritmo de la industria, el mercado, la exigencia técnica, la narrativa global que sostiene a las grandes casas.

Cuando regresó a Colombia para fundar su marca, en los años noventa, lo hizo con una decisión que, vista en perspectiva, fue casi radical: crear una firma de alto nivel desde Bogotá, con estándares internacionales, pero arraigada en una identidad propia. No aspiraba a copiar códigos foráneos ni a repetir fórmulas de éxito, quería construir su propio lenguaje. Y lo hizo.
Sus siluetas, limpias, estructuradas y siempre creativas, se empezaron a destacar en un mercado que aún estaba aprendiendo a hablar de autoría. Con el tiempo, su nombre comenzó a circular en escenarios internacionales. Presentó su trabajo en las grandes capitales de la moda y no solo logró posicionarse en vitrinas exigentes, sino además consolidar su presencia en el circuito latinoamericano de lujo.
Sin duda, uno de sus legados más significativos ha sido tender puentes entre la alta moda y el saber artesanal colombiano. Mucho antes de que la sostenibilidad se convirtiera en consigna global, Amelia ya trabajaba con talleres y comunidades, incorporando técnicas tradicionales dentro de estructuras contemporáneas. Su sello es el de una mirada híbrida que fluctúa entre lo cosmopolita y lo arraigado en lo local, pero que conversa con lo universal. Su bandera es la de un lujo que no necesita proclamarse; simplemente se siente, se reconoce y permanece.
Con esta perspectiva, Diners conversó en exclusiva con la diseñadora a propósito de Olivia, su nueva cápsula de primavera 2026.
Los que conocemos su trabajo notamos con sorpresa que es, si no la primera, una de las pocas veces que ha bautizado una colección. ¿Por qué Olivia y por qué en esta ocasión?
Siempre me pareció curioso eso de ponerle nombre a una colección. Nunca había sentido la necesidad, pero esta vez fue distinto. Mi hermano tuvo una nieta, Olivia, y la llegada de un bebé transforma la energía de una familia entera. Es impresionante ver cómo una vida tan pequeña puede traer luz, color, alegría, una especie de renovación emocional.
Justo cuando estaba desarrollando la cápsula, Olivia vino a Colombia desde Singapur. Fue como si coincidiera todo; la colección estaba tomando un rumbo más luminoso, más abierto al color, y su presencia terminó de darle sentido. Sentí que era un gesto honesto nombrarla así, como una celebración íntima. Estaba ocurriendo algo nuevo y Olivia lo sintetizaba muy bien.
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¿Cómo se materializa esa renovación en las piezas que componen la cápsula?
En el momento de plantear la cápsula sentí que la mujer necesitaba algo muy concreto: funcionalidad, pero sin perder sofisticación. Vivimos en una época en la que nos movemos constantemente. Viajamos, trabajamos en distintos climas, entramos y salimos de espacios con aire acondicionado, atravesamos ciudades impredecibles. Pensando en eso, desarrollé una cápsula que yo llamaría de travel wear.
Hay mucho algodón en distintas versiones: algunos con stretch, otros livianísimos, textiles que permiten colores vibrantes, tules que he retomado después de un tiempo porque aportan ligereza y movimiento. Me interesa que la prenda se pueda empacar fácilmente, que respire, que funcione tanto en Bogotá como en Miami o Nueva York en primavera.
En cuanto a los colores, también exploré con una paleta más amplia de lo habitual en mí. Hay combinaciones que antes no habría hecho, como verdes, amarillos, uvas y terracotas. Pero siempre están mis constantes: el negro —que adoro—, el blanco, los tabacos, los grises y el rojo, que tiene una fuerza maravillosa. Es una paleta que dialoga entre lo clásico y lo inesperado.
En los últimos años hemos visto en Colombia un auge impresionante de lo que se conoce como moda urbana, que responde a nuevas dinámicas, públicos y contextos socioculturales. Entendiendo, por supuesto, que no es su esencia como marca ni su nicho, ¿hay algo de esto que haya permeado esta nueva manera de idear o explorar en esta cápsula en particular?
Creo que lo primero es tener absoluta claridad sobre el ADN de la marca. Sin eso, cualquier tendencia te desorienta. Yo no soy una marca “urbana” ni me interesa serlo. Puedo incorporar técnicas o elementos que provienen de ese universo, pero siempre desde mi esencia.
Las marcas que perduran vuelven siempre a su origen. Gucci nació del cuero y el calzado, y aunque se ha expandido enormemente, esa raíz sigue ahí. Lo mismo ocurre con Prada con sus carteras y sus zapatos o con Armani y sus icónicos trajes impecables. Pueden explorar y expandirse, pero nunca pierden su centro.

Mi centro es la mujer que trabaja, que viaja, que quiere verse bien sin disfrazarse. Esta cápsula es más casual, sí, pero no es urbana en el sentido musical, cultural o deportivo. Es urbana en el sentido de la ciudad, de transitar espacios diversos con elegancia y naturalidad.
Otro de los grandes cambios en el universo de la moda tanto para las marcas y diseñadores como para el público en general vino con la pandemia. Ya con casi seis años de retrospectiva, ¿qué siente que cambió realmente?, ¿qué llegó para quedarse y qué se fue?
Durante ese periodo nos volcamos a lo esencial, a lo natural, a lo cómodo. Muchas mujeres dejaron incluso de tinturarse el cabello, de maquillarse. Había una especie de regreso a lo básico. Cinco años después, estamos en una mezcla interesante: queremos volver a arreglarnos, a salir, a disfrutar la ciudad, pero no queremos renunciar a la comodidad aprendida.
Cambió también la relación con los textiles. Las fibras naturales son costosas, y por eso vemos más mezclas, más materiales técnicos, más practicidad. Se volvió importante que una prenda se pueda lavar fácilmente, que sea funcional. La moda se tuvo que adaptar a esa nueva mentalidad.
Pensando en esto, uno de los conceptos que se asocian casi orgánicamente con Amelia Toro y que naturalmente se desprenden también de Olivia es el del “lujo silencioso”. ¿De dónde se deriva este concepto y a qué se refiere desde su óptica?
Cuando una prenda está bien hecha, cuando el patronaje es preciso, cuando los acabados son impecables y la tela cae como debe caer, eso se percibe de inmediato. No necesita logos ni estridencias. Es un lujo silencioso porque no grita, simplemente es.
Para mí, el métier es fundamental. La técnica, la confección, el respeto por el textil. Esa disciplina del sastre antiguo, ese cuidado por el interior de la prenda, es lo que da verdadero valor. Y eso, inevitablemente, se traduce en confianza para quien la usa.
En el caso de Olivia, además de todo esto, las prendas sueltas, con volumen, con drapeados y plisados, liberan. Te permiten moverte, respirar, olvidar que estás pensando en si algo te aprieta o no. Esa libertad también es elegancia y lujo silencioso.
Olivia está disponible en boutiques y a través de las plataformas digitales a partir de la primera semana de marzo, y si todo sale como se ha planeado, Amelia volverá a las pasarelas, después de siete años de ausencia, en el segundo semestre del 2026.
DESTACADO:
“Yo no soy una marca ‘urbana’ ni me interesa serlo. Puedo incorporar técnicas de ese universo, pero siempre desde mi esencia”.


