Foto: Archivo Diners
julio 22, 2019
Archivo Diners Cultura

Zarzópera: El peluquero de Sevilla (Valle), por Daniel Samper Pizano

Los invitamos al estreno de la primera "zarzópera" colombiana, donde se relata una historia de amor y pandebono, capaz de conmover al ministro de Defensa.
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El notable éxito de las temporadas de ópera y zarzuela en Colombia ha inspirado al autor a preparar una zarzópera, mezcla de los dos géneros, que aprovecha, además, el rico filón de nuestra nativa música. ¡Viva Rossini! ¡Viva Chapí! ¡Viva Colombia!

La zarzópera «El peluquero de Sevilla» transcurre en Sevilla, Valle, en la época actual pero, con leves modificaciones en el guardarropa y en las listas para el Senado, podría transcurrir también en 1888.

El reparto de la obra es el siguiente:
Carmen Pinilla, muchacha del lugar (soprano).
Don Teodoro, rico hacendado cafetero (tenor).
Francisco Echeverri, peluquero (barítono).
Pepe Lavanda (alias El Caimán), mafioso local (barítono).
Juana Arias, abuela de Carmen (bajo).
Coros y orquesta, en la medida de lo posible.

ACTO I

La obra empieza cuando Carmen regresa de comprar algunas viandas en la plaza de mercado, a la cual ella llama muy vallunamente «galería». El coro irrumpe en el escenario, rodea a la alegre muchacha y entona el aria polifónica que lleva el nombre de la protagonista y cuyo comienzo es el siguiente:

Carmen querida, niña de amores,
hay luz y ensueño bajo tus cejas…

Terminada la pieza, Carmen se encuentra con su abuela, la perversa Juana Arias, y sale de la escena. Por el otro extremo ingresa el peluquero de Sevilla (Valle), Francisco Echeverri, joven rebosante de optimismo y energía gracias a su frecuente consumo de avena helada. Aprovechando que aún permanece en el escenario, el coro lo saluda con un canto de alegría: el número “Pachito Eché»; para variar, la parte del solista es interpretada por el coro y la estrofa coral es interpretada por el barítono.

Cuando finaliza esta pieza, Francisco, a quien sus amigos llaman cariñosamente Pachito y a quien el resto de la población llama «el peluquero», saluda de mano a los del coro y examina con todo cuidado el cabello largo de dos o tres de los coristas. (Si el coro está integrado apenas por dos o tres intérpretes, se recomienda que no sean ellos calvos).

En ese momento pasa Carmen de regreso con la vieja, porque se ha olvidado de algo en la plaza de mercado, a la cual ella insiste en denominar «galería». Pachito la ve, se extasía ante su belleza, y, cuando queda solo (el coro se ha ido de compras con Carmen) interpreta la sentidísima canción “Llamarada», también conocida como «romanza de Francisco».

Tan pronto como el peluquero sale del ensoñador trance, hace su aparición un extraño personaje. Se trata de Pepe Lavanda (alias El Caimán), el mafioso del pueblo, quien se acerca a Francisco y le propone comprarle la peluquería, ya que Sevilla no tiene equipo de fútbol. Pachito se marcha indignado y Pepe saca de los bolsillos fajos de billetes que
empieza a arrojar al aire.

Durante algunos segundos el coro entona la marcha triunfal “Lo que pasa es que Lavanda está borracho», hasta que los miembros de la masa coral, presas de la tentación, se arrojan sobre los billetes. En esta escena termina el primer acto, porque también los músicos de la orquesta y el director de la misma se encaraman al escenario para disputar a trompadas con los cantantes el dinero que sigue arrojando Pepe Lavanda, ebrio de dicha y de otras cosas.

ACTO II

El escenario es el parque de la localidad un domingo por la mañana. Pachito se encuentra con Carmen y decide confesarle su amor. Lo hace de manera bastante peculiar, en la célebre aria «El cucarachero»:

Yo soy el cucarachero y tú la cucaracherita; desde que te vi yo quiero que tú seas mi mujercita…

Carmen, azorada, no se atreve a musitar palabra, sobre todo sin haber consultado el diccionario para saber qué significa cucarachero. No obstante, la chica lanza a Pachito una mirada muy significativa. Basta esto para que Echeverri se marche embriagado de amor. Carmen queda sola. Don Teodoro, rico hacendado cafetero, ha visto la escena desde la distancia y, embelesado con la muchacha, se acerca a ella.

Exhibiendo la libreta de una corporación de ahorro y postrado a sus pies, don Teodoro trata de convencer a Carmen de que acepte sus requiebros. Para ello, le ofrece hasta vivienda propia, lo cual hace saltar el corazón a la abuela, que se ha escondido detrás de una máquina de algodón de dulce (ingeniosa ironía del autor). Don Teodoro interpreta entonces el área «La casa en el aire», versión a la cual se le introduce una leve variación del tú al vos para hacer honor al habla local.

Molesta con el canto del hacendado, porque seguramente ya lo había oído interpretado por Bovea y sus Vallenatos. Carmen le da la espalda con toda la energía de que es capaz una soprano. Don Teodoro, herido en su orgullo, interpreta, obviamente, la «romanza de
Teodoro», también conocida como «El cafetal», de la cual son muy famosos los versos que dicen:

Pero ya sabiendo que yo soy el hombre
que tiene un hermoso y lindo cafetal…

La vieja Juana ha escuchado el canto del rico don Teodoro y se acerca a él. Melosamente ofrece sus buenos oficios para convencer a la nieta de que debe casarse con el hacendado. A éste le brillan los ojos y ofrece hacer millonaria a la anciana si logra para él el amor de Carmen. La llegada de Pacho, que pretende sacar de paseo a la muchacha en
una volqueta alquilada, interrumpe la escena. Don Teodoro hace mutis veloz por el foro, o por donde pueda, y quedan la vieja y Pacho. Este pregunta por Carmen y la abuela le responde con su profunda voz de bajo entonando el aria «Ella gritaba»…

…Yo crié a mi nieta
con buena ropa, con buen calzado,
con gran esmero y estimación
pa’ que ahora venga este sinvergüenza
patillalero, nariz parada,
a entusiasmarla con su camión.

Se escucha, intercalado con el aria, el precioso coro que dice «Tranquilízate, Juana Arias, deja a esos muchachos quietos». De repente irrumpe Carmen en dramática escena, exige silencio a todos y da rienda suelta a sus sentimientos con el aria «Me tienes loca todo el día», que en la versión italiana ha sido traducida como “La cantaletta».

La vieja huye renqueando, el coro se desbanda y Carmen se marcha altiva hacia la plaza de mercado, insistiendo una vez más en designarla como la «galería». Cuando llega el final del segundo acto, el peluquero de Sevilla (Valle) ha quedado solitario en el parque y es entonces cuando entona la dolidísima romanza «Quién tuviera la dicha», conocida en Italia como «Il polvoretto».

ACTO III

La escena transcurre en la calle, durante las ferias del pueblo. Carmen es elegida Reina Nacional del Pandebono hay ambiente de fiesta y de jolgorio. Pepe Lavanda ha contratado una orquesta de Puerto Rico; desfila animadamente la ciudadanía entregada a diversiones sanas, tales como beber litros de aguardiente, bailar amacizado con la mujer del prójimo y despilfarrar la plata de la quincena en los garitos populares.

También alguito de bazuco. Entre los presentes en la parranda están Echeverri y don Teodoro, quienes en un momento dado acuden simultáneamente a bailar con Carmen. El encuentro entre el peluquero y el hacendado paraliza a la concurrencia; la orquesta deja de tocar; los dos rivales se lanzan una fiera mirada y cuando están a punto de arrojarse el uno sobre el otro, la orquesta, a una señal de Pepe Lavanda (alias El Caimán), interpreta «La Raspa», una de pocas piezas importadas de esta zarzópera.

Al oír los conocidos compases, tenor y barítono se toman del brazo y empiezan a bailar, lo mismo que los concurrentes. Pepe aprovecha el momento y saca a Carmen. La chica canta, en contrapunto con «La Raspa», su romanza «Pepe» o «Cuando me aprietan bailando».

Pero los consejos de la pérfida abuela han hecho efecto en Carmen, que, pese a estar enamorada del peluquero, ha accedido a casarse con don Teodoro. Se resigna a que la fortuna del hacendado las saque de pobres a ella y a la vieja, a fin de dedicarse a comprar en un Carulla y no en la plaza de mercado, a la que, con terquedad de veras desesperante, persiste en llamar «galería».

Así, al terminar «La Raspa» y acercarse de nuevo los dos rivales, Carmen pellizcada por la vieja escoge la mano que le tiende don Teodoro. El peluquero, despechado, se tiende en el suelo a berrear amargamente, en una escena conmovedora que es capaz de enternecer incluso al ministro de Defensa, razón por la cual resulta aconsejable invitarlo a la función de estreno. El coro lo rodea y trata de consolarlo interpretando el aria «No llores por amor». Pero Echeverri no está dispuesto a dejarse quitar el cariño de Carmen.

En alguna parte él ha escuchado que, en óperas y zarzuelas, es el tenor quien se queda siempre con la muchacha. Convencido de que la linda voz aflautada del hacendado constituye evidente desventaja para él que se agrega a la riqueza del uno y la pobreza del otro, el peluquero opta por una solución desesperada. Sin decir nada a nadie, se marcha en busca de un urólogo a Cali.

Cuando regresa horas después (un prodigio más de la cirugía ambulatoria), ha logrado cambiar la voz gruesa de barítono por un timbre agudo irreconocible. El peluquero escoge la noche plenilunada para mostrar a Carmen su transformación, siempre con la esperanza de que su novísima condición de tenor arrebate de manera definitiva el corazón de la muchacha. Pachito se acerca a la modesta casa sin cuota inicial donde viven Carmen y la vieja y lanza los dejos de su serenata «El marco de tu ventana», celebérrima pieza que la tradición ha dado en acompañar tan sólo con las melodiosas notas del capador, por razones obvias.

Pero, ay, los cálculos le han salido mal al peluquero. Curiosamente, lo que más gustaba a Carmen de él era la gravedad de su voz. Se trata de una excepción a la norma general del género lírico, que no figuraba en los planes de Pachito.

La muchacha sufre una desilusión terrible y, desesperada, se refugia en la caseta Matecaña (no hay que olvidar que seguimos en ferias y fiestas municipales). Estando allí agobiada por la pena, oye la voz de un barítono que canta a su oído la tierna aria «¿Quieres cocaleca?».

Sorprendida y cautivada, Carmen se da la vuelta y descubre que el amoroso cantante es nada menos que Pepe Lavanda, el hombre que sabe apretar. La muchacha entrega su amor a Pepe en el primer acto (de la muchacha, no de la obra, que ya va por el tercero).

El gran final de la zarzópera se produce cuando los dos amantes huyen mientras en la calle se congregan la perversa vieja Juana, los desolados pretendientes y el coro que canta:

Se va El Caimán, se va El Caimán,
se va con Carmen Pinilla…

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