La idea era un Salón no solo para los artistas que exponen, sino para los que nos gusta ver arte. Fue una frase que oí y con la que comulgo del todo. Después de años de experimentos con este evento, algunos mejores que otros, en donde se intentó mostrar más los procesos que los trabajos terminados, o se privilegiaron a los artistas extranjeros sobre los regionales, creando un desacertado desequilibrio, y se trastearon las sedes del evento por diversas ciudades diluyendo en el tiempo la celebración del salón, regresamos a la fórmula infalible de la exposición. El punto a favor: hay que ver y tiene coherencia. No es un delirio conceptual imposible de seguir. La ecuación saber (conocimientos ancestrales, del oficio), desconocer (el universo enorme de la ambigüedad y el cuestionamiento), permite muchas lecturas de las obras. Y estas se cruzan entre sí. Dialogan. No son trofeos de contemplación que le dan la espalda a su vecino. Están bien montados.
Como lo señala, finalmente, Mariángela Méndez, curadora y directora artística del Salón: Hace rato estaba pensando en la necesidad de volver a perderle el miedo a entrar a un espacio y atravesar lo desconocido, en el que no sabes qué te vas a encontrar, ¡pero no es mortal! Puedes entrar, a lo mejor no te atraviesa y no pasó nada, pero hay que ir, visitarlo, encontrárselo, conocerlo, desmantelar el chisme de que hay que saber de arte. Hace rato no mostramos el arte. Así que mostrémoslo.
Y hay varias, varias obras que atraviesan. Otras, se olvidarán. No importa. Es un buen rasero para ver los trabajos en un contexto más amplio y con relación a los demás. Una clara comprobación de que se están produciendo obras potentes que están sabiendo señalar nuestro presente.


