Si esto termina bien, estamos ante un fenómeno sin precedentes en la historia del arte colombiano, ironizó el artista Nadín Ospina en el portal de arte Esfera Pública, el 5 de agosto pasado, cuestionando la nueva orientación del Salón, al incluirle la internacionalización (desde hace rato ocurre así, pero acá lo evidenciaron desde el título mismo). Para él, que no había sido invitado, era claro que había perdido su norte y que esto iría en detrimento del arte hecho en Colombia y por colombianos. Sin embargo, hoy, y a la luz de la evidencia de una muy buena exposición de arte, donde dialogan unos y otros de manera horizontal, se lee como una buena predicción. Eso sí, los propios curadores tienen sus respuestas a esta suspicacia:
Responde a un momento del arte colombiano en donde hay un fuerte interés de afuera por lo que estamos haciendo acá; los artistas están saliendo y circulando por el mundo, por eso hay que dejar entrar lo internacional y generar esos diálogos de doble vía, explica Javier Mejía, otro de los curadores. Y lo complementa el también curador Óscar Roldán, preguntándose ¿qué significa “lo internacional”? Un artista como Marcos Ávila (que se acaba de ganar una exposición en solitario en el Palais de Tokyo, de París) trabaja por fuera pero sus preguntas son de Colombia y tienen origen en el tema del desarraigo, que es otra manera de abordar el cosmopolitanismo.
Para el espectador, el temor que sentía Nadín Ospina de que los artistas extranjeros opacaran a los nacionales, no se vio así. Podrá decirse que el Ernesto Neto es demasiado, pero es justo lo que esperábamos; menos habría sido criticable. Pero, más allá de ello, ¿cómo no valorar la impresionante instalación de José Ignacio Vélez, muy cerca del propio Neto en el Museo de Arte Moderno de Medellín? ¿O la escultura de Fredy Alzate en el Jardín Botánico? ¿Y qué tal el video de Juan Fernando Herrán, esa traducción fríamente poética del sicariato como símbolo sexual? ¿O la instalación de la medicina tradicional del Chocó de Libia Posada? ¿El performance de María José Arjona? ¿La sala claustrofóbica de Mario Opazo? ¿La piel de Delcy Morelos? ¿El tapete de tierra de Adrián Gaitán? ¿Los puentes oxidados de Leyla Cárdenas?…
Y sin embargo, sería mezquino no reconocer que se enriquecían sus propuestas al lado de tantos artistas extranjeros que pudimos conocer. La afgana Lida Abdul le dio en su video un tono a la idea de la guerra absolutamente increíble al traducirla como algo irremediable; Mojkara Txukarramae, de Brasil, exponía una inteligente mirada de la exotización y occidentalización indígena al hacer tradicionales collares con pitillos plásticos. El guatemalteco Benvenuto Chavajay hizo una escultura de piedras del río Medellín, atadas entre sí de tirillas plásticas haciendo sus propias chancletas y señalando nuestro culto por el plástico; y Jorge Macchi mostró el paso imparable del tiempo a través de un ventilador que va rompiendo una pared.


