Cuando el mundo empezó a abrir sus puertas después de la pandemia, Duina del Mar lanzó Azul , su primer álbum de estudio, donde navegó entre géneros que la han acompañado desde niña. El son, la bossa, el reggae y la bachata, que acompañó con letras de amor y relatos íntimos de su vida. Fue un proceso que, en palabras de la artista, le dio permiso de encontrarse con sus raíces y con esa necesidad de contar su historia desde la vulnerabilidad. Sin embargo, en estos últimos años su sueño era volver a Cali y sus sonidos musicales, cosa que cumplió luego de terminar algunas musicalizaciones para Netflix con Ritmo Salvaje , entre otros trabajos nacionales e internacionales. “Volver a sentarme en un andén a hablar con la señora de los chontaduros o del mango biche es algo que me hace recuperar lo esencial y lo sencillo de la vida”, cuenta la artista catalogada como Billboard en 2013 como una de las 10 artistas latinas para no perderle la pista. Vea también: El juego sonoro de Rosalía Justamente esa vuelta a sus raíces le sirvió para empezar su nueva etapa creativa que hoy florece en su próximo álbum, aún en construcción, pero que ya tiene su primera joya publicada: Ritmito Azucarero .
La canción es un homenaje a Colombia, un roadtrip musical que transita por cumbia, chirimía y salsa, que se grabó junto al veterano cantautor samario Quique Fuentes. Es, como ella misma lo define, una invitación a sanar las penas bailando al son de ritmos nacionales autóctonos, bajo el compás del tambor y del piano. En esta conversación con Diners , Duina habla de su reencuentro con Cali, de la medicina que significa bailar, de su nueva música y de la libertad creativa que encontró al producir desde su propio estudio casero. ¿Qué representa el baile en su música? Para mí el baile siempre ha sido el termómetro. Cuando estoy en proceso creativo, si la canción no me hace mover el hombro, el pie o la cadera, sé que no va bien. Así sea un tema íntimo o acústico, tiene que vibrar con el cuerpo. Yo amo bailar, creo que ha sido mi medicina desde siempre. Ahí he curado tristezas, he celebrado alegrías, he llorado y me he reído. Nosotros en Colombia tenemos esa capacidad de sanar bailando, de encontrarnos en la fiesta incluso en medio de las dificultades. Yo veo el baile como una protesta hermosa y digna, una forma de resistencia frente al caos. Su nueva canción parece girar en torno a esa idea: que la tristeza y la alegría son inseparables… Exacto. La vida siempre nos lleva de un lado a otro en ese vaivén de emociones.

Ritmito Azucarero es una invitación a sacudir la tristeza, a abrazarnos en la calle, a celebrar la vida. En la canción aparecen personajes de nuestra cotidianidad: el camandulero, la señora que vende mangos, la monjita que pasa. Eso fue lo más lindo de volver a Cali, que me reencontré con la gente, con los rostros, con la riqueza de lo cotidiano. El video también refleja eso. Nos fuimos de roadtrip con un colectivo audiovisual de Cali, La Ruta, y dejamos que el Valle del Cauca nos sorprendiera. Grabamos amaneceres, atardeceres, personajes de los pueblos. Fue todo muy espontáneo, muy real. Hoy la tecnología ha transformado la forma de producir música. ¿Cómo fue en su caso? Yo amo producir. Para mí ha sido una manera de descubrir mi identidad y darle rienda suelta a la creatividad. Todo este nuevo disco nació en mi casa, en mi estudio de Cali. Es un lugar sencillo, con la ventana abierta, los pájaros sonando, los niños jugando fútbol en la cancha de al lado. Ese ambiente se metió en las canciones. Luego trabajé con un productor caleño, Thiago Montes de Oca, con quien ya había colaborado en Azul . Tenemos una dupla muy especial. En cuanto a la tecnología, aún no he usado inteligencia artificial en mis procesos. Prefiero que la música nazca de la calle, de la vida, de mis tambores. Claro, en algún momento exploraré herramientas que potencien la creatividad, pero nunca para reemplazarla. Lo que escuchará la gente en este álbum tiene verdad, tiene historia, tiene barrio. En Ritmito Azucarero participa Quique Fuentes. ¿Qué le dejó esa experiencia? Conocerlo fue un regalo.
Quique es un poeta de la bohemia. Tiene la capacidad de convertir en melodía cualquier detalle: un pocillo, una iglesia, un muro. Su lenguaje popular, lleno de palabras que a veces parecen extrañas, me pareció exquisito. Él nunca se dedicó de lleno a la industria musical, pero tiene un talento y una magia únicos. Desde que lo conocí supe que algún día tenía que colaborar con él. Y fue en Cali, en este momento de mi vida, que todo se alineó. Y no es la única colaboración. Viene un tema con Nidia Góngora y Hugo Candelario, maestros de la música del Pacífico. También con Brambell, un artista de Agua Blanca. Ese barrio es un semillero de talento impresionante, lleno de flow verdadero, de calle y autenticidad. ¿El álbum que viene es un homenaje a Cali o a toda Colombia? Es un homenaje a Colombia en su conjunto. Claro, en Cali germinó todo, pero el disco viaja por muchos territorios y sonidos, como lo son la cumbia, la chirimía, el bullerengue y los llanos. Yo me siento hija de todas esas mezclas, una mujer indígena, negra, blanca y mestiza. Esa diversidad está en mí y no tengo miedo de ponerla en mis canciones. Este disco es un roadtrip que va del mar a la montaña, del pueblo a la ciudad, de la fiesta al silencio. ¿Cuánto le tomó gestar este nuevo álbum? Podría decir un año, pero la verdad es que ha sido una vida entera. Después de Azul estuve dos años componiendo canciones que no terminaban de encajar. Hasta que apareció una que abrió un portal: Delicia en la cumbiamba . Esa canción destapó todo lo que vino después: Ritmito Azucarero, La buena, La corriente .
Desde ahí todo empezó a fluir. En el pasado estuvo con grandes disqueras. ¿Cómo vive hoy su independencia? Antes, en ciertos momentos, sentía que debía satisfacer visiones ajenas. Llegué a no poder escuchar mis propias canciones con alegría. Eso fue determinante para salirme de ese camino. Hoy todo es diferente: pongo Ritmito Azucarero en el carro y me la canto a gritos. Ese es el mejor termómetro. Estoy haciendo lo que me gusta, sin pretender complacer a nadie más que a mi propio arte. Eso me da libertad y plenitud. Cuéntenos un poco de lo que se viene con este nuevo álbum… El álbum tendrá entre ocho y diez canciones. No seguirá un orden lineal, más que una historia continua, será una colección de instantes, como postales de un viaje por el país. Cada mes habrá un lanzamiento, con videos que siguen la estética de road trip y que buscan capturar la esencia de los pueblos y la gente. Entre tanto, me preparo para volver a las presentaciones en vivo. Tengo agenda entre Colombia, México y España, con la intención de llevar esta celebración colectiva a distintas audiencias.



