Foto: Revista Diners
febrero 14, 2026
Música y Teatro

Cuando el amor se vuelve gesto: el beso que hizo historia en el ballet contemporáneo

En Le Parc (1994), el coreógrafo francés Angelin Preljocaj convirtió el amor en gesto y el beso en una experiencia estética radical. A propósito de San Valentín, una mirada a la obra que redefinió la intimidad en el ballet contemporáneo y dio origen al beso más célebre de la danza.
POR:
Melissa Serrato Ramírez

Con ocasión del día de San Valentín suele evocarse el trabajo de grandes artistas que encontraron formas precisas de nombrar, representar o definir el amor. Sin embargo, poco se habla del beso más famoso y conmovedor del ballet: el que creó el coreógrafo francés Angelin Preljocaj (1957), para la obra Le Parc (El parque, 1994), llamada así precisamente porque se desarrolla en la elegancia de los jardines a la francesa, un paisaje más que ideal para representar el amor en su forma más pura. 

Al mejor estilo de Fragmentos de un discurso amoroso, del filósofo Rolad Barthes, en Le Parc el espectador presencia diferentes momentos del amor. El ballet arranca con un juego infantil: el de quitar una silla mientras los bailarines se esfuerzan por correr de un lado a otro para no quedar de pie. Así, con un toque de humor, las miradas, los gestos y las sonrisas inauguran el juego amoroso. Más tarde, los acercamientos se hacen evidentes y cada quien toma el riesgo de revelar su deseo y de entregarse al impulso de la pasión. 

Preljocaj ancla su obra en el más humano de los sentimientos, sin dejar por fuera ese mítico personaje que es Cupido, el Ángel del amor que suele tener los ojos vendados. Pero en esta pieza lo encarnan cuatro modernos bailarines de gafas oscuras que guían a los demás en el juego intemporal del amor. 

El juego del deseo comienza con la distancia: miradas, gestos mínimos y cuerpos que se reconocen antes del contacto, en uno de los primeros momentos del amor según Le Parc.
Foto. (c) Maria-Helena Buckley
El juego del deseo comienza con la distancia: miradas, gestos mínimos y cuerpos que se reconocen antes del contacto, en uno de los primeros momentos del amor según Le Parc.
Foto. (c) Maria-Helena Buckley

Con estos modernos cupidos, comienza la obra, en un sutil equilibrio entre lo clásico, guiado por la música de Mozart, y una coreografía de lenguaje moderno, que se mezcla por momentos con música electrónica del compositor Goran Vejvoda y también con varios guiños al mundo contemporáneo. De hecho, Preljocaj explica en una entrevista reciente para la Ópera de París que cuando creó Le Parc en 1994, el impacto del sida en la sociedad de los años noventa fue tan fuerte que la gente empezó a “reorganizar las reglas de la seducción y de los encuentros”, lo cual lo llevo a preguntarse por el amor y las relaciones: “¿cómo nos abordamos y cómo nos acercamos?”. Dos preguntas que no han dejado de tener vigencia, en la medida en que “el amor es algo que todo el mundo busca alcanzar […] Entonces en este ballet hay una mujer que se rehúsa a tener una historia de amor y finalmente termina encontrando una”, dice el coreógrafo. 

Le Parc no desarrolla una historia convencional con una trama oculta que interpretan los personajes y que se va descubriendo a medida que avanza la obra. De hecho, los personajes centrales carecen de nombre, son solamente él y ella viviendo los principales momentos del amor: su despertar, el encuentro galante y los juegos de seducción, que oscilan entre la timidez y la atracción. Luego la resistencia causada por el miedo a perderse en la fuerza del sentimiento, hasta que ambos entregan espada y escudo para abandonarse a sí mismos, dejarse llevar y llegar al éxtasis de la entrega, encarnada en un sublime beso.

La prensa francesa no tiene pudor en calificarlo como el beso más famoso del ballet. Y no exagera. La pareja de bailarines se entrelaza y se seduce hasta que suena una nota musical que rompe la armonía de una mirada, lo que le permite a ella empinarse para alcanzar los labios de su amante, se abraza con fuerza a su cuello y en una metáfora de una estética exquisita, sumada a una proeza técnica que se opone a las leyes de la gravedad, ella levanta todo su cuerpo hasta quedar casi paralela al suelo. Sus pies ya no tocan la tierra, entonces él empieza a girar y por unos segundos dejan de ser una pareja para hacerse uno. Un movimiento que condensa voluptuosidad, entrega libre, pasión y, claro, amor.    

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Cuando el amor se vuelve gesto: el beso que hizo historia en el ballet contemporáneo
Ludmila Pagliero, Étoile de la Ópera de París, ha sido una de las intérpretes del beso final de Le Parc, un gesto que exige técnica extrema y una entrega emocional absoluta.

La argentina Ludmila Pagliero, bailarina Estrella de la Ópera de París, el más alto nivel que se puede alcanzar en esa institución y quien actualmente ejerce allí como Coordinadora artística responsable de la programación del Ballet, en colaboración con la Dirección de Danza, habló con Diners acerca de esta obra. 

¿Qué busca comunicar esta obra?

Lo que Angelin Preljocaj transpuso en esta obra son emociones que todo el mundo puede comprender o sentir en algún momento de su vida, con respecto a diferentes situaciones: un amor no correspondido, la pasión, el nacimiento de un amor, lo que se siente cuando hay una caricia, una mirada y un beso, especialmente un beso sublime, que es el famoso beso del final. 

Todas esas emociones están representadas en el ballet, a través de lo que viven los bailarines. 

Angelin lo hace de una forma no narrativa, simplemente sitúa en un parque a una pareja y a toda una corte en los jardines franceses, inspirándose en la literatura del siglo XVII y XVIII. Los solistas empiezan con una distancia, se acercan hasta un cierto límite, recrean una tensión y de a poco el hielo se va rompiendo, van abriéndose de a poco al amor y se abandonan en cuerpo y alma a su pareja con mucha sensualidad. 

¿Cómo afrontan los bailarines el reto de transmitir ese lenguaje poético, íntimo y erótico al público?

El reto es olvidar que uno está expuesto al público para construir una simbiosis con su pareja en el escenario y ser sinceros en la emoción, que no se crea, sino que se siente. Eso se logra con mucho trabajo en el estudio, con horas de ensayo para conocer la sensibilidad del otro y poderla comunicar, a través de caricias y miradas. 

Es más complicado de lo que puede verse en el escenario porque hay códigos musicales muy precisos que estableció Angelin, como creador y corégrafo. Cuando creó Le Parc hizo un trabajo muy preciso con respecto al espacio, al lugar donde debemos estar, que hace que la poesía perdure durante toda la obra, que dura una hora y cuarenta minutos, más o menos.  

Entonces hay una libertad completamente estructurada que está dada por las composiciones de Mozart, con tonalidades altas, agudas y silencios que dejan una emoción escrita y sólo conociendo la música, podemos impregnarla en la piel. Entonces en cierto momento, dejamos de buscar las notas claves y empezamos a reconocerlas tan bien que nuestro cuerpo y nuestros gestos hablan a través de la música. 

Muchas veces en esta obra no hablamos de movimiento, sino del gesto; es decir, de detalles que hacen toda la diferencia en un momento dado. Entonces salimos un poco de lo que es ser simplemente un bailarín. Es muy interesante porque hay una sinceridad y una simpleza muy grande en la escritura de Angelin. 

Entre la atracción y el miedo a entregarse, los bailarines construyen una coreografía de tensión contenida, donde el gesto pesa más que el movimiento.
Entre la atracción y el miedo a entregarse, los bailarines construyen una coreografía de tensión contenida, donde el gesto pesa más que el movimiento.

Dice que salen de lo que es ser simplemente ser un bailarín, ¿qué es eso otro que se debe tener o hacer para interpretar esta obra? 

Ser más humano en el sentido de ese olvidarse del movimiento, del público que nos está observando, de que estamos en una performance. Se ven dos cuerpos, dos seres humanos, más que dos bailarines en el escenario. 

¿Cómo fue la experiencia de trabajar con Preljocaj? 

Recuerdo un trabajo muy preciso del cuerpo en el espacio, de cómo dibujar el propio cuerpo en un salto o en una rítmica, de bailar todos con cuentas muy específicas. Al principio tenía en mi cabeza un montón de cuentas de notas musicales, pero después, observando la obra desde afuera hace que valga la pena, porque si bien cada uno tiene su sensualidad y su forma de sentir, es un conjunto que respira al mismo tiempo y le otorga belleza al movimiento.

Llama la atención que las bailarinas no están vestidas de mujer, sino de hombre. ¿Ese vestuario qué significa?

Comparado a los grandes clásicos, estamos en una lectura más contemporánea en la que no hay pausas, una escena lleva a la otra y la narración es más contemporánea. Salimos del petipa y nos acercamos a los trabajos de MacMillan o de Cranko. Entonces cuando Angelin creó Le Parc definió a este grupo de hombres y mujeres con ciertos protocolos y un poco de humor del siglo XVIII, pero efectivamente donde hombres y mujeres están vestidos de la misma manera. Lo que se traduce en que los pone al mismo nivel, están equilibrados, ya no pone a la mujer en una posición de sumisión. Es algo muy moderno y muy especial de esta obra, porque se adapta a todas las épocas y puede atravesar las diferentes generaciones. Aunque no vivamos en el siglo XIII, ni en los años noventa, cuando fue creada la obra, estamos hablando de amor y de emociones, y eso siempre va a ser muy actual. 

Cuando el amor se vuelve gesto: el beso que hizo historia en el ballet contemporáneo
El instante previo al beso: los cuerpos se entrelazan y el equilibrio se vuelve frágil, como metáfora de la confianza necesaria para amar.

Esta historia de amor se termina con el famosísimo beso, como en un cuento de hadas, pero, ¿podría uno pensar que el beso también es la metáfora de un encuentro íntimo?

Sí. Ese beso es un momento de intimidad extremo, en el que hay movimientos y gestos muy sutiles que evocan todo lo que comprende la unión de una pareja. En la construcción del ballet hay tres etapas: encuentro, resistencia y abandono, que son completamente descriptivas de lo que está pasando en escena. La pareja se va despojando del vestuario hasta encontrarse lo más simple y lo más desprovistos de todo lo que usan para protegerse y cubrirse, entonces es un camino a esa confianza en el que se abandonan al amor y al otro, y se presentan casi desnudos en los preludios del beso y en el beso mismo. Ese beso no es un movimiento de danza, es una comunión, un gesto que todos entendemos, ambos quedan envueltos en un instante, los dos cuerpos giran y el de ella está volando… Hay una pérdida de consciencia del espacio en el escenario, quizás sea la sensación que uno puede tener de éxtasis al final de un encuentro amoroso con una persona, físicamente hablando. 

¿Técnicamente es muy complicado ese beso?

Al girar los cuerpos se despegan, entonces hay que sujetarse bien, para no salir volando –mientras lo dice suelta una carcajada—. Para los bailarines ese beso no es nada sensual, porque tienes que mantener la boca bien pegada para que se entienda que es un beso, al mismo tiempo en que todo tu cuerpo tira para el otro lado y tienes que respirar, porque es largo. Entonces es muy cómico decir que es el beso menos sensual que he tenido en el escenario. La mujer cierra los ojos, pero tiene que ajustar muy bien los brazos sobre el cuello de él y él tiene que tener un poco más de consciencia del espacio para poder girar, sin olvidar que se tiene que abandonar un poco al momento para perder un poco el control y dejar que ese movimiento lo dirija en el espacio. Ahí está el abandono. Para la mujer es difícil el inicio; es decir, subir el cuerpo, para él es difícil girar. Lo esencial es tener mucha confianza en su compañero. 

Tras el beso, el movimiento se disuelve: no queda la danza, queda la sensación de un instante compartido, suspendido en el tiempo.
Tras el beso, el movimiento se disuelve: no queda la danza, queda la sensación de un instante compartido, suspendido en el tiempo.

Que es también una metáfora muy bella del amor… 

Sí, confiar en el otro. En toda la obra hay muchos pequeños instantes en los que uno puede comunicar con metáforas o con ideas lo que uno sintió o vivió en diferentes relaciones. Es un lindo ballet romántico para San Valentín. 

¿Cómo recuerda la experiencia de ese beso en las ocasiones en que bailó Le Parc?

Hay muchos momentos cómicos. Muchas risas en los ensayos, porque te acercas para besarlo y te rebota la cabeza, o no puedes mantener el beso, a veces no has fijado bien los brazos, entonces sientes que se van deslizando y sabes que te vas a zafar, o a veces aprietas mucho y el bailarín te dice: el cuello, el cuello, porque le estás haciendo daño. Pero también tengo el recuerdo de haber entrado en un contacto muy particular con una persona que no es mi pareja y lograr una intimidad muy especial, porque no todo el mundo tiene la vocación de hacer este tipo de trabajo, de vivir este tipo de emociones con un colega de trabajo.

La verdad es que es un momento muy sincero con la persona que está al frente. Realmente hay que sentir amor, no es necesariamente el amor que sientes por tu pareja, es otra forma de amor, porque nunca se puede perder de vista que estás representando la unión de dos personas, el placer de una caricia, de un orgasmo, de estar juntos, de tocar la piel, de sentir el olor de la otra persona… No se puede aparentar algo que no se siente.

En ese sentido, hay que tener mucho respeto, porque es algo muy íntimo, que se construye de a poco para poder responder sinceramente a la llamada del otro cuando va a acariciarte y corresponderle con un amor puro. Eso es lo más bello de esta obra, no es un amor egoísta, celoso, posesivo o ingrato, es un amor puro.

Esta obra del ballet se puede ver en línea, en el sitio web de ARTE:

https://www.arte.tv/fr/videos/127506-000-A/angelin-preljocaj-le-parc/ 

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