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Revista Diners
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«Me gustaría decir que no, pero sí”. “Siempre se puede, pa esas estamos”. “Si el jefe me necesita, yo me quedo más horas”. “Si ya he hecho quince cambios, pues uno más…”. “Si sumercé me lo pide, sus deseos son órdenes”. “Si lo necesita mañana a primera hora, ahí lo tendrá”. “Doctor, cuente con eso”. “Doctora, pa las que sea”.
“Yo trabajo quince horas y me regalo en las prácticas para ver si me contratan”. “Yo le digo que sí a todo porque hay que ser agradecido”. “Yo voy a seguir con él; con lo difícil que es conseguir pareja”. “Yo te aviso antes, pero claro que llego”.
Colombiano que se precie de serlo, ahuyenta la palabra “no” de su cabeza.
Pero, ¿y si no puede? ¿Y si no quiere? ¿Y si está harto de decir que sí?
Ni modo.
Lo que tocó, tocó. Como dice la cultura popular: “Hágale, mijo”.
Sin protestar. Juicioso. Y calladito, que se ve más bonito. Como recuerda otro dicho: “No abra los ojos que no le van a echar gotas” y ni se le ocurra alzarle la voz a su madrecita santa. Baje la cabeza, que con hambre no hay pan duro. Y más bien apure, porque para mañana es tarde.
¿Sí o sí?

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Se le subieron los humos
Si intenta entender por qué a los colombianos les cuesta tanto decir que no, quizás esa suma de frases y dichos cotidianos le recuerden que aceptarlo todo es una exigencia nacional casi de forzoso cumplimiento.
Vivimos en un contexto que nos exige docilidad incondicional, en el que negarse se ve como una insurrección y una altanería. Equivale a que nos digan que se nos subieron los humos a la cabeza, que pordebajeamos a los demás o que nos creemos de mejor familia.
Pero, más allá de la presión social, ¿por qué nos cuesta tanto, como sociedad, decir que no?
La psicoterapeuta y psicóloga clínica Angie Román enfrenta a diario con sus pacientes las consecuencias de esta forma de actuar. En un primer nivel, ve una necesidad social de complacer y quedar bien que nos fuerza a no negarnos a nada; sin embargo, hay raíces más profundas.
“Creemos que somos menospreciados frente a otros grupos culturales o que somos menos que gente de otros países. Nos importa quedar bien ante los ojos del mundo, por lo que hacemos lo imposible para complacer y que nos digan que estamos en un nivel aceptable frente a los demás”, explica.
Nada ejemplifica mejor esa actitud que los noticieros de televisión con sus cotidianos “Shakira conquistó el planeta” o “James le demostró al mundo…”, que supuestamente nos validan, aunque la mayoría de los extranjeros se fijan poco en las nacionalidades. Cuando son logros internos, los colombianos no sacan pecho. La relevancia se obtiene cuando “el mundo” nos ve.
“Nos desmandamos por los extranjeros para quedar bien ante ellos”, añade Angie Román.
En la misma línea, Luz Helena Betancourt, psicóloga experta en intervención social, entiende que “la repetición del ‘No podemos quedar mal’, ‘No sea malcriado’, ‘Tenemos que devolver el favor’ y otras frases de ese estilo instalan una creencia poderosa: no está bien poner límites”.
Para esta experta, radicada en Barranquilla, hay una capa más profunda: la herida colonial. “Ignacio Martín-Baró estudió el fatalismo del pueblo latinoamericano y entendió que nos resignamos a aceptar el destino que nos dieron. Mantenemos una posición de sumisión y servicio, y nos doblegamos, como consecuencia directa de siglos de dominación colonial. Disentir tenía consecuencias que podían costarnos la vida, la tierra o la familia. Para sobrevivir, aprendimos a no confrontar ni criticar”.
Suave, suavecito
Como las heridas se transmiten a través de las generaciones, también aprendimos a ser complacientes y a quedarnos callados ante la inconformidad. O a suavizar toditico lo que decimos.
La experiencia clínica de Román con pacientes le ha demostrado que es común la dificultad para expresar emociones o poner límites: “Nos dicen que los trapos sucios se lavan en casa para que no exterioricemos lo que nos duele. Esa contención se confronta con nuestro largo historial de violencia, donde el que alza la voz es considerado un enemigo. Solucionamos las discrepancias con agresividad: si estás en mi contra, te aniquilo; si eres diverso o reclamas tus derechos, me agredes”.
Por ese motivo, nos negamos pocas veces: para que no nos echen, nos quieran y nadie diga nada. Por lo mismo, guardamos tanta agresividad: ocultar nuestros sentimientos es una bomba de tiempo que nos lleva a estallar cuando menos lo imaginamos contra quien se atraviese en el camino.
De lo positivo hablaba Gabriel García Márquez cuando nos describió en Por un país al alcance de los niños. Para el escritor, los colombianos poseen dos dones naturales: la creatividad y “una arrasadora determinación de ascenso personal. Ambos, ayudados por una astucia casi sobrenatural y tan útil para el bien como para el mal”. De allí nos viene “una plasticidad extraordinaria para aprender los oficios más disímiles: faquires en la India, camelleros en el Sahara o maestros de inglés en
Nueva York”.
No saber decir “no” nos lleva a descollar en todos los campos. No hay tema en el que un colombiano no se destaque. Eso ya lo sabemos y de ello sacamos pecho. ¿Sí o sí?
Lo que poco pensamos es en la contraparte compleja. El escritor William Ospina, en su ensayo ¿Dónde está la franja amarilla?, señala algo que muchos extranjeros observan con asombro: la increíble pasividad de la sociedad colombiana. Este es un país donde no se escuchan quejas y, cuando hay protestas, los mismos ciudadanos las señalan; contrario a lo que sucede en gran parte del mundo, en Colombia la movilización ciudadana es mal vista. La corrupción es permitida y no pocos abusadores son aplaudidos y admirados.
En las protestas a nivel personal o de redes, la gente prefiere echar vainas en contra del gobierno de turno y responsabilizarlo de su desgracia antes que asumir su pasividad personal. En resumen, la culpa siempre es del otro que hace algo, no del que acepta todo lo que le ocurre.
La sumisión es, así, un común denominador nacional. Incluso los más ruidosos optan por una persona externa que los represente para liberar su responsabilidad de elevar su propia voz. “En Europa, la gente conoce sus raíces desde generaciones atrás. Nosotros perdimos nuestra identidad y nuestro origen. Además, nos colonizó una cultura judeocristiana que impone obediencia, lealtad y hacer caso a la autoridad. El que no obedece es el malo”, añade Angie Román.
El mismo director de cine Gustavo Nieto Roa es consciente de que heredamos los patrones de la religión y que estamos obsesionados “por complacer a los demás, aunque luego no cumplamos con lo que prometimos”.
“Para los colombianos, las personas que critican o tienen una posición vehemente son ‘problemáticas’ —alerta Luz Helena Betancourt y advierte lo peligroso de este comportamiento—: una persona a la que le cuesta decir ‘no’ presenta agotamiento extremo por compromisos que no desea o una vida que no anhela. Termina en contextos laborales esclavizantes, en relaciones que drenan o con una agenda de vida que no le pertenece”.
Según la Asociación Americana de Psicología, las personas con baja asertividad —aquellas que no ponen límites— tienen niveles más altos de estrés y de agotamiento crónico. Violencia oculta, apatía y ansiedad constante. ¿Nos suena?

El que peca y reza, empata
Quizás nadie tan cáustico como el escritor Fernando Vallejo para recordar que no elevar la voz ni decir “no” nos ha llevado a normalizar lo anormal: los robos, la impunidad o la corrupción. Su Virgen de los sicarios recuerda a los jóvenes que matan y rezan para que los sigan aceptando.
El filósofo Estanislao Zuleta anotó a su vez que no huimos del conflicto, pero sí elegimos la paz de la conformidad. Es más, escogemos a quienes nos mienten si eso nos mantiene el mismo estado de las cosas, incluso si ese estado es el conflicto, porque nos hemos acostumbrado a vivir inmersos en él.
Si en el plano personal nos genera estrés y cansancio, en el ámbito social las consecuencias son desastrosas: se impone una cultura que tolera el abuso y la explotación, en la que el inocente es visto como culpable y las instituciones atropellan a las personas. “El sistema que oprime no necesita esforzarse porque la persona lo tiene implantado, anula su capacidad de resistencia y lo sostiene sola”, dice Luz Helena Betancourt.
Como es imposible decir que sí a todo, mentimos. Quedar mal es preferible a decir que no.
“Es entonces cuando la gente prefiere mentir —dice Román—. Lo importante no es hacer, sino parecer. Eso nos lleva a ser solapados y a decir mentiras innecesarias. Si nos preguntan si iremos a un cumpleaños y no nos antoja, no decimos que no, sino que inventamos una excusa. Luego no aparecemos. Ser complaciente niega tu lugar en el mundo. Si no quieres ir a la fiesta, ¿por qué dices que sí?”.
Algunos catedráticos han intentado descifrar ese rasgo nacional. El historiador David Bushnell señaló que Colombia carece de una verdadera identidad nacional que cohesione al país y nos lleve a unirnos en un proyecto común, mientras que el sociólogo Orlando Fals Borda se dio cuenta de que los campesinos operaban con normas de no confrontación contra terratenientes y la Iglesia para sobrevivir, y que al migrar a las ciudades mantuvieron ese comportamiento.
Daniel Pécaut manifestó que en Colombia nunca se consolidó un Estado legítimo y que los ciudadanos aprendieron a navegar en la ambigüedad. En una sociedad de reglas flexibles, cualquiera aprende a burlar la posibilidad de decir que no.
Pero no está bien así. Que no.
Lo reiteran Angie Román y Luz Helena Betancourt: cuando cedemos demasiado, perdemos nuestra confianza y nuestro espacio. El agresor cobra más fuerza, hasta anularnos como personas y deslegitimarnos. Colectivamente, rompemos el tejido social y dejamos que prevalezca una nación con ciudadanos que no dicen lo que sienten, pero que igual expresan su inconformismo en actos agresivos contra el otro y posturas extremas, sin empatía alguna.
En pocas palabras: nos amamos tanto que nos matamos.
Decir “no” NO es mala educación ni egoísmo. Una persona que dice que no a lo que no le interesa se cuida a sí misma. Por el contrario, aceptar todo viola nuestra dignidad.
Así mismo, puede decirle “no” a esta nota. Puede negarse a creer todo lo que está escrito en ella, a menos que se vea reflejado y, secretamente, al conocer los mecanismos internos con los que funcionan su carácter y su idiosincrasia, aprenda a quererse y respetarse más, y eso le dé ánimos para decir “no”.
¿O no?