La fe: ¿mercadeo para el alma?

Aunque este artículo se publicó con motivo de las supuestas profecías mayas que anunciaban el fin del mundo en 2012, consideramos que 2016 ha sido tan complicado que merece releerse.

Tema complejo el de la vida espiritual de hoy, sobre todo cuando la oferta en términos de salvación e iluminación es tan variada que resulta inevitable ser alcanzado, constantemente, por mensajes que nos invitan a una nueva vida, más pura y armoniosa.

Lo que resulta más complicado –y vergonzoso, por qué no decirlo– para quienes hacemos gala frente a los demás de un sólido y bien construido agnosticismo, es reconocer, en la más sincera soledad de nuestras reflexiones, que ciertamente no somos tan indiferentes ante la catarata del mercadeo para el alma.

Uno dice que son tonterías, pero presta mucha atención cuando en las conversaciones aparece, cada vez con mayor frecuencia, el asunto de las profecías mayas y su pronóstico de un cambio de era que contendrá el despertar a una nueva conciencia de la humanidad, y que, casualmente, sobrevendrá a la vuelta de un año.

Los textos mayas son sin duda crípticos y, al igual que los de Nostradamus y otros, han sido sometidos a toda clase de interpretaciones y reinterpretaciones, algunas más serias o académicas, si se quiere, y otras que apenas si pueden incluirse en el terreno de las seudocreencias.

Es uno de los primeros argumentos que uno contrapone en el afán de restar importancia a las dichosas premoniciones. Pero ganado por la presumible exactitud de las profecías, nuestro eventual interlocutor esgrime el aumento de sismos, tsunamis y desastres naturales como un signo inequívoco de un tiempo de cambios. Uno contraataca con material científico que demuestra que el planeta no pasa por un período extraordinario en lo que a catástrofes naturales se refiere.

Pero cuando la cosa entra en el terreno de establecer paralelos entre la ola de indignados y los cambios sociales en el mundo y la toma de una nueva forma de conciencia, uno hace un esfuerzo para distraer la conversación hacia cualquier otro terreno. Eso sí, habiendo tomado nota de los datos claves: que el cambio anunciado llegará con fecha exacta, 21 de diciembre de 2012, y que más vale estar preparado espiritualmente para ese momento.

Es ahí cuando alguien como yo, fielmente apegado a la razón y a los hechos concretos de la realidad, cede un espacio en el que empieza a preguntarse si además de lidiar con las responsabilidades de la vida habrá que empezar a ocuparse seriamente de eso de estar preparado para el cambio.

Oriente y Occidente
Los ganadores, se sabe, son quienes escriben la historia, y mientras la herencia grecorromana impuso su modelo eurocentrista por encima de las milenarias culturas de Oriente, les asignó a éstas un papel secundario y exótico, minimizando el aporte de persas, árabes, indios, egipcios o chinos, a quienes debemos nada menos que el concepto de ciudad, la lengua escrita o la numeración decimal.

Los años sesenta y el florecimiento de las contraculturas fueron el terreno abonado para que un orientalismo reinterpretado, mucho más liviano y digerible empezara a llamar la atención de miles de personas en todo el mundo, especialmente en los Estados Unidos, para quienes la espiritualidad oriental se contraponía como una alternativa válida al materialismo de Occidente.

Seguramente, la imagen de los cuatro Beatles rodeando a Guru Maharashi resultó un potente incentivo para que muchos se volcaran a la práctica del yoga y la meditación.

Por simple esnobismo o auténtica curiosidad, muchos nos enteramos de la existencia del Bagavat Gita, texto sagrado de la India, a través del proselitismo ruidoso de un grupo de fieles rapados y ataviados como monjes budistas.

Pero se entiende que no todas estas manifestaciones espirituales deben mirarse de soslayo y reconocer que la academia y los grandes pensadores modernos han dedicado estudios profundos a este matrimonio (o divorcio, según se vea) entre Oriente y Occidente.

Un amigo cercano, hombre de ciencia, me hizo notar que la física fue permeada por la cosmovisión oriental, como en el concepto del yin y el yang, en el que esta ciencia encontró un rico campo conceptual. O las ciencias de la salud, que le abren la puerta a la cromoterapia o a la medicina homeopática.

Sus palabras hacen que reconozca que pese a mi escepticismo también he comprobado que la meditación es el mejor analgésico para controlar las migrañas o que las técnicas de respiración del Pranayama resultan eficaces a la hora de recuperar la energía, la concentración o la calma.

Digo con orgullo que no he sucumbido al reiki, a las terapias con cuarzo, a las publicaciones de Deepak Chopra, a la aromaterapia o la angelología; doy por sentado que la multitud de teorías de la nueva era están plagadas de charlatanería y he puesto siempre la mayor distancia a brujas, pitonisas e intérpretes del tarot.

Mi pensamiento mágico se reduce a unos pocos rituales personales construidos con los restos de la inevitable herencia católica y cultural, y a la convicción de que lo importante es ser una buena persona, tolerar la diferencia y no levantar juicios.

Una charla con el antropólogo y doctor en sociología Fabián Sanabria, quien acaba de ser nombrado como director del Instituto Colombiano de Antropología e Historia, da una luz sobre hacia dónde va la espiritualidad. Sostiene que a escala global ha habido una salida del creer institucional y que asistimos a una desregulación de las religiones tradicionales, pues las personas tienen actualmente una validación de sus creencias más subjetiva.

“Hoy la propia gente es la que construye sus ritos, sus mitos y sus creencias. Es como ir al supermercado: hacemos mercado religioso; quemamos varitas de incienso, hacemos meditación, un poquito de budismo zen y le sumamos a eso la creencia en las apariciones de la Virgen.

Hoy se mezclan una cantidad de cosas que la institución antes prohibía mezclar. Y hay unas mezclas extraordinarias, que antes que una pérdida significan una ganancia. Las personas ya no tienen filiación sino identificaciones”, explica Sanabria.

La conversación con Sanabria resulta tranquilizadora. Me río de los augurios que traía el 11 de noviembre pasado. No obstante, recuerdo que tengo una invitación para unas sesiones de meditación: iré sin duda alguna. Hago un inventario y noto que conservo en la billetera una imagen de la Virgen, regalo de mi madre y que nunca me atreví a botar. Seguirá allí, uno nunca sabe.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 501, diciembre de 2011

Articulos Relacionados

  • El álbum navideño de Sia
  • Ya está aquí el tráiler definitivo de Las Chicas del Cable
  • X: la película de Maluma
  • Playlist para el fin de semana