A la distancia, el edificio García luce como un crucero enclavado en el paisaje arquitectónico de Barranquilla. Una construcción erigida en 1939, que se convirtió en símbolo de la modernidad de una ciudad que se decoraba para el futuro esplendoroso que supuestamente le esperaba.
Esta obra del afamado arquitecto cubano Manuel Carrerá lo llevó a afirmar que aunque aquel proyecto no le dejó mucho dinero, sí el prestigio que le marcó de por vida. El García, así llamado en honor a su propietario, el cienaguero Ascanio García, fue el primer complejo de apartamentos en la ciudad. Vivir allí se convirtió en un gusto, tanto entonces como hoy. Aunque el tiempo haya pasado, y si bien “el García” no es aquel que fue setenta años atrás, quienes conviven allí parecen regodearse todavía en el “prestigio” del que habló en su tiempo Carrerá.
Un viejo ascensor de palanca nos lleva por los siete pisos que conforman la estructura habitacional del lugar. Cada piso parece repetirse una y otra vez: largos pasillos de pisos embaldosados con diseños geométricos, puertas numeradas pintadas de un gris helado, palmeras enanas en grandes poteras, un silencio casi absoluto y a veces el sonido de un teléfono timbrando –o el eco de alguna música– nos hacen saber que en efecto hay gente que todavía habita el viejo edificio. Desde la azotea puede verse Barranquilla en su totalidad. A lo lejos, en el centro histórico de la ciudad, sobresalen entre ruinosas edificaciones las torres de las iglesias San Roque y San Nicolás. Más al fondo, el Magdalena sigue su curso. Al norte, modernos complejos arquitectónicos hacen de Barranquilla una pequeña y sofisticada “Maiami”, donde se gasta en dólares y se habla en español, como en la Ciudad del sol.
El interior del ascensor está recubierto por una tela plástica que semeja delgadas tablillas de madera. Un foco blanquecino fuera de su caja ilumina el interior. En breve estamos en el segundo piso. Cada apartamento, de ahí en adelante, tiene una historia por contar.
Apto. 25 y 27: Magola, la pintora publicista
En el apartamento 27 del García funciona la agencia de publicidad “Diseño creativo”. Es un gran salón con un cuarto, cocina y baño, en el que cada espacio está pintado de blanco. Al abrir una puerta que dice “área de creativos” aparece un grupo de chicos que, por su indumentaria, bien podrían estar en alguna banda de rock alternativo. “Son genios”, dice Magola Moreno, refiriéndose a que son los artífices del posicionamiento de grandes marcas comerciales de la ciudad. “Diseño creativo” luce más como un campo de esparcimiento, donde Magola, a pesar de ser flexible en su manera de interpretar el entorno de trabajo, no duda en asumir su papel de jefe cuando lo cree conveniente. Por momentos se pone seria, se coloca unas gafas ejecutivas y se sienta frente al computador mientras imparte órdenes a sus “chicos”.
Las paredes del lugar están llenas de cuadros, grandes retratos, en su mayoría de mujeres. En una sala que sirve como recibo de clientes y amigos informales, Magola tiene colgado en un muro lo que fue su primera pintura profesional. Dos lienzos que forman parte de un tríptico que le valió cierto reconocimiento en el mundillo del arte local. Perdidas en el peyote, se titula la obra en la que aparecen amigos de la artista, entre ellos un par de transformistas: los desaparecidos artistas plásticos Nórdica y Gustavo Turizo, junto con la diva del cabaret bogotano Gigi Williams, y la bailarina Martha Ligia Gómez. Según Magola, ese cuadro representa la peor época de su vida, ya que lleva implícito la separación de quien fuera su pareja por más de diez años y el cual aparece dentro del tríptico, sobre un lago congelado. Magola nació en Barranquilla, pero sus primeros años los pasó en Puerto Colombia y Bogotá, y desde que tiene memoria se dedicaba a dibujar sobre cualquier superficie. Gustavo Turizo la convenció de tomarse en serio su trabajo y desde el año 2000 no ha parado de pintar. En el apartamento 25, el cual le sirve de guarida, acumula lienzos y oleos que la mantienen a flote en medio el caos moderno. Afirma que vivir en el García ha sido como volver al vientre materno. Mira un enorme cuadro y al preguntarle quién aparece en él, responde: “Mi hija, lo mejor que he hecho en esta vida”.
Apto. 26: El feliz verano de L.E. Arocha
“Vi a Andy Warhol”. Es algo que Luís Ernesto Arocha siempre declara en cualquier entrevista cuando recuerda el verano de 1964 que pasó en Nueva York al lado de su íntimo amigo Enrique Grau. Al joven barranquillero, que se había graduado de arquitecto de la Tulane University de Nueva Orleáns, le cambió la vida ese año, cuando la escena newyorquina de mitad de los sesenta estaba repleta de las invenciones fílmicas del genio del Pop Art y el irreverente cineasta experimental Stan Brakhage. Arocha regresaría a Nueva Orleáns con una idea fija en su mente: hacer cine. El cortometraje Motherlove fue el fruto de esas primeras impresiones. La historia giraba en torno a un vampiro vegetariano que se alimentaba de flores. Ernesto ya tiene 80 años y su apartamento es un lugar desolado. Conserva aún intactas dos pequeños mecedores que pertenecieron a su madre. Una cama, una desvencijada estufa, una mesa repleta de papales y pinturas para vitrales son todas sus pertenencias.
A este hombre, cuando alguien lo saluda en la calle, le dice “maestro”. Lo es: fue de los primeros en hacer cine experimental en el Caribe. Además, tiene en su haber obras como Un trosseau para la novia de Frankestien y Sansón y Dalila, en la que Enrique Grau hace el papel femenino, y La ópera del mondongo, quizá su más recordada pieza, en la que aborda el tema del Carnaval, contrapuesto con la situación política y social de la ciudad en ese entonces. Luís Ernesto Arocha quiere volver a realizar una versión de Motherlove, porque según él, los vampiros, vegetarianos o no, siempre serán inmortales.

