Mi tía vio el tatuaje y quedó aterrada por el tamaño, pero para mi primo habría sido inconcebible hacerse uno más pequeño. Hace unos 15 años un hombre podía hacerse uno pequeño en el hombro y considerarse un rebelde. Hoy en día, a medida que se hacen más comunes, un pequeño tatuaje ha dejado de tener relevancia y es considerado una mediocridad. Actualmente, uno que cubra un espacio inferior a diez centímetros cuadrados es una nadería y en lugar de demostrar rebeldía y seguridad personal termina dando el mensaje contrario.
Para hablar más del tema del tamaño llamé a mi primo J. De mis cinco familiares tatuados, él se lleva de lejos el premio al más osado y adicto al tema. Todo su brazo derecho, medio brazo izquierdo, una gran parte de su pecho y parte de su cuello están cubiertos por tintas de varios colores. Hace quince años habría sido un freak de circo y podría haber hecho una carrera en ferias como el hombre tatuado. Ahora, es sólo uno más de los miles de aficionados que serán enterrados cubiertos por un vestido completo, indeleble, creado con pequeñas cicatrices de agujas clavadas en la piel.
Cuando le pregunté por su número de tatuajes trató de hacer la cuenta y luego de pensarlo por un segundo decidió simplificar las cosas: “Yo lo que pienso es que tengo cuatro: uno en cada brazo, uno en el pecho y otro en el cuello”. Para él, cada figura que va añadiendo completa un enorme dibujo y cada diseño se va integrando al anterior. Su cuerpo es una obra de arte inacabada a la que varios artistas irán aportando nuevas creaciones. Porque en esta época los buenos tatuadores son considerados artistas.
Luego de hablar con mi familia busco a mis amigos. Más de la mitad están tatuados. Algunos (rockeros y artistas) empezaron en el colegio, pero en los últimos años todo tipo de personas han recurrido al arte corporal: mis amigas comunicadoras, un par de ingenieros, una profesora de yoga, un publicista. Quiero escuchar las historias detrás de cada uno de ellos porque aunque ahora se han masificado, no dejan de tener significados especiales.
Afortunadamente las personas que se los hacen tienen un pequeño exhibicionista por dentro que muere de ganas de contar sus secretos más profundos: “Este dragón me lo hice cuando me divorcié, para recordar mi fuerza personal”; “Este tribal me lo hice cuando recién regresé a Colombia para recordar que estaba de vuelta en casa”; “Este es una frase en árabe, me la hice cuando tuve un despertar espiritual”; “Este es el número del cuarto del hotel en el que crecí cuando mi papá era gerente del Hotel Dann”; “Esta brújula me la tatué cuando andaba sin rumbo por la vida para recordar que no podía seguir así para siempre”. “Esta es la cara de mi abuelo, me la tatué cinco años después de su muerte cuando empecé a olvidar su rostro”.
Las razones de mis amigos para tomar la decisión de hacérselos son profundas. Tienen que ver con momentos intensos de sus vidas y me hacen alegrarme de no haberlo logrado en esa etílica noche en Bucaramanga. Sería patético: “Este Pato Donald me lo hice borracho y no me acuerdo por qué”. Tal vez por ese mismo motivo, por cobardía y por las prejuiciosas palabras de mi abuelo que resonarán para siempre en mi cabeza, decidí no hacerme un tatuaje para este artículo.
Pensé que no tener un tatuaje me hacía un tipo raro en mi generación, pero no es así. Si algo caracteriza al mundo de hoy es la diversidad. Tal vez el 60 por ciento de mis amigos tienen uno escondido o evidente, pero meter en el mismo saco a los que se han tatuado medio cuerpo con las personas que tienen uno pequeño en la nuca no tiene ningún sentido. Lo que sí se puede afirmar es que mi generación fue la primera que creció –gracias a la tolerancia de nuestros padres– sin prejuicios frente a estas marcas corporales. Eso no quiere decir que todos salimos corriendo a hacernos uno. Quiere decir que, en teoría, dejamos de juzgar a la gente por tenerlos o no y esa es una gran revolución cultural.
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