‘Vivo de viaje, pero no son vacaciones’ me dejó… christian byfield
Las ganas de volver a escribir porque lo tenía abandonado por mi adicción a las redes sociales.
El día en que entendí que no quería volver a una oficina fue…
En el cumpleaños de mi papá. Eran las dos de la mañana, estaba todavía en la oficina y no pude llegar.
Si pudiera hablar con el Christian de 2013, le diría que…
Dejara tantos miedos al futuro y viera su presente, que todo fluiría bonito.
La noche más reveladora de mis viajes ocurrió en…
Australia, cuando me acepté como gay. christian byfield, christian byfield, christian byfield, christian byfield
La canción que siempre me salva es…
La vuelta al mundo, de Calle 13. Me inspira mucho.
Lo más absurdo que me ha pasado en otro país fue cuando…
Viajaba con un novio tunecino y teníamos que destender las dos camas del cuarto del hotel para evitar una pena de cárcel por homosexualidad.
El sabor colombiano que más extraño cuando viajo…
Un plátano maduro o unas hormigas culonas.
El mejor destino para pasar Navidad…
Un sitio rodeado de gente con amor; más que el sitio, las personas.
Y el más subestimado… christian byfield
Cerro Morrocoy, en Vaupés. Vivo de viaje, Vivo de viaje, Vivo de viaje, Vivo de viaje, Vivo de viaje, Vivo de viaje
El objeto más raro que he coleccionado es…
Un disco labial de las mujeres mursi en Etiopía.
El peor consejo de viaje que me han dado…
Irse a un “todo incluido” y no salir del hotel.
El mejor recuerdo de mi infancia…
Estar en Oiba (Santander) con mi familia, rodeado de naturaleza.
Mi héroe favorito de ficción…
El Capitán Planeta (cuando era chiquito).
La mayor locura que he hecho por amor…
Enamorarme de un isleño de la isla más remota del mundo.
¿De qué se trata el libro de Byfield?
Este libro funciona como una bitácora extendida sobre lo que significa convertir el movimiento en forma de vida. Byfield no escribe desde la experiencia de alguien que entiende el viaje como un oficio cotidiano, con horarios, responsabilidades y una logística que rara vez se muestra en redes sociales, y esa decisión narrativa se siente desde las primeras páginas donde el lector encuentra reflexiones que desarman la idea del viaje entendido como escape permanente.
En el centro del libro aparece una pregunta que atraviesa toda la obra y que nunca se formula de manera directa, cómo se sostiene una vida cuando el territorio cambia de forma constante, y la respuesta se construye a partir de episodios breves en los que Byfield habla de aeropuertos convertidos en oficinas improvisadas, de habitaciones alquiladas por semanas, de conexiones a internet que determinan el rumbo del día y de la necesidad de cumplir entregas aunque el huso horario juegue en contra.
El autor describe el trabajo remoto como una herramienta que permite el desplazamiento, aunque también como una carga que impide la desconexión total, una tensión que se mantiene a lo largo del libro y que evita cualquier romanticismo excesivo, porque vivir de viaje implica una disciplina estricta que no desaparece frente a un paisaje nuevo.
La verdad de ‘Vivo de viaje, pero no son vacaciones’
El tono del libro se apoya en una escritura clara y directa, con frases extensas que avanzan como un relato de crónica personal, en las que Byfield mezcla observación cotidiana con reflexión íntima, y donde cada ciudad funciona más como contexto emocional que como destino turístico, ya que lo importante no es el lugar en sí mismo, sino la manera en que ese espacio afecta el ánimo, la productividad y la percepción del tiempo.
No hay una guía de viajes tradicional ni una lista de recomendaciones, hay escenas de cansancio, momentos de entusiasmo genuino y episodios de duda que construyen una voz honesta, una voz que reconoce que moverse constantemente también cansa y que la estabilidad se vuelve un concepto relativo cuando la maleta nunca se desocupa del todo.
Viajar no siempre es descanso
Uno de los aportes más interesantes del libro está en su capacidad para desmontar la idea de que viajar equivale a vacaciones, una confusión común en la cultura digital actual, donde la imagen suele ocultar el esfuerzo que hay detrás, y Byfield insiste en mostrar lo que no entra en la foto, los trámites, los retrasos, las jornadas largas frente al computador y la sensación de estar siempre llegando y despidiéndose al mismo tiempo.
Esa mirada crítica no busca desalentar el viaje, busca complejizarlo, mostrar que vivir en movimiento es una elección que exige renuncias claras y una gestión emocional constante, una realidad que el autor asume sin dramatismo y que expone con una franqueza poco habitual en este tipo de relatos.
Un libro para repensar el deseo de moverse
Vivo de viaje, pero no son vacaciones funciona como una invitación a revisar las motivaciones personales detrás del deseo de viajar, porque no promete libertad absoluta ni felicidad garantizada, propone una reflexión sobre el equilibrio entre movimiento y arraigo, entre trabajo y exploración, entre la expectativa y la experiencia concreta.
Christian Byfield construye un libro que dialoga con una generación que sueña con trabajar desde cualquier lugar del mundo, aunque también advierte que esa posibilidad implica responsabilidades que no desaparecen al cambiar de país, y en ese gesto el libro encuentra su mayor valor, ofrecer un relato honesto que no vende una fantasía, sino una forma de vida con sus luces y sus sombras, narrada desde la experiencia y no desde la consigna.


