En agosto de 2024, un grupo de jóvenes estudiantes de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP) creó un semillero llamado Memoria y Subalternidad. Su objetivo: asumir la responsabilidad de dictar una cátedra de paz en varios colegios del sur de Bogotá. Su reto: lograr que esos jóvenes desarrollen un pensamiento crítico, que cuestionen los hechos históricos y lo establecido.
“A través de la investigación acción participativa, buscamos consolidar una propuesta centrada en la construcción de memoria histórica desde perspectivas subalternas, es decir, contar la historia desde la mirada de aquellos a quienes no se les ha escuchado su versión. Lo primero que hicimos fue una revisión de material bibliográfico que diera voz a los silenciados, lo que nos permitió identificar una serie de temas a través de los cuales fuera posible ofrecer una visión alternativa de la historia”, aseguran Laura Cristina Barrios Malambo, Johan David Fonseca Rodríguez y Laura Camila Martínez Garzón, integrantes del semillero, en un artículo publicado en la página web de la ESAP.
Paralelamente, el semillero eligió los hechos históricos asociados a la violencia que analizarían con los estudiantes: desde el Bogotazo de 1948 hasta el estallido social del año 2021, e incluyeron temas como el acuerdo de paz, el Plan Colombia y los “falsos positivos”. Luego, eligieron cuatro instituciones educativas del sur de Bogotá: José María Vargas Vila, El Tesoro de la Cumbre, Almirante Padilla y Nuevo Chile, con estudiantes de noveno y décimo grado.
“Al hacer una retrospectiva de nuestra experiencia, hubo varias cosas que nos llamaron la atención. Por ejemplo, que uno de los temas con más reconocimiento fue el de los ‘falsos positivos’ (ejecuciones de civiles por parte de integrantes del Ejército Nacional, ocurridas entre 2002 y 2008), especialmente en los colegios de Ciudad Bolívar, pues varias de las víctimas eran de esta localidad. Además, observamos que muchos jóvenes no identifican la violencia cotidiana de sus barrios como parte del conflicto armado, lo que nos lleva a pensar que existe un proceso de normalización.
Detectamos también un conocimiento muy limitado sobre los eventos claves del conflicto, los actores que los protagonizaron y las fechas en las que sucedieron. ¿Es posible que el sistema educativo deba replantear sus estrategias para enseñar historia en Colombia?”, señalaron entre sus conclusiones. Sin embargo, esperan continuar con este proyecto para que los jóvenes tengan un mayor interés por su historia, buscando la paz, la no repetición y el aprendizaje constante, y logrando una mayor conexión con su contexto social.
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¿Cuándo surge la Cátedra de la Paz?
La Cátedra de la Paz surgió en el año 2014, gracias a la Ley 1732 de 2014 y su Decreto 1038 de 2015, en el marco de las negociaciones del Gobierno nacional con la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP). Desde entonces, colegios, universidades y centros educativos han creado espacios donde estudiantes, profesores y padres de familia aprenden a resolver un conflicto mediante el diálogo y la no repetición de la historia marcada por la violencia.
De acuerdo con las orientaciones del Ministerio de Educación Nacional, esta cátedra no se limita a hablar de acuerdos políticos o fechas históricas, porque propone desarrollar competencias adicionales, como por ejemplo la valoración de la diversidad étnica y cultural, la comprensión de los derechos humanos, la participación democrática y el cuidado del entorno como parte del desarrollo sostenible. Estos componentes se agrupan en tres ejes que el decreto señala con precisión: cultura de la paz, educación para la paz y desarrollo sostenible, todos pensados para reconstruir el tejido social desde la escuela y preparar a las nuevas generaciones para que se relacionen de una manera coherente con su entorno.

Otra experiencia en Kennedy
En el Colegio Distrital John F. Kennedy, ubicado en la localidad de Kennedy, la Cátedra de la Paz se dicta más como una práctica que atraviesa las clases de Ciencias Sociales, donde los estudiantes llegan con sus historias de vida y obligan al maestro a entender la paz en conflictos reales, como los que se presentan en un aula.
Así lo afirma Edwin Ferrer, docente de Ciencias Sociales con casi tres décadas de experiencia, cuando Camilo Quintero*, un joven de trece años, llegó a principios de año a su clase. Quintero tenía las manos callosas por el trabajo que solía hacer: raspar coca en el monte, allá donde los hombres armados caminan entre cultivos y donde aprendió a callar para mantenerse a salvo. Era afrodescendiente, callado, distante, y un día, otro estudiante comenzó a llamarlo negro en forma insistente, hasta que la palabra dejó de ser una burla infantil y se convirtió en una herida abierta en medio del salón; de un momento a otro, el joven se levantó con furia para responder a la ofensa frente a todos.
Para Ferrer, ese episodio marcó su forma de impartir la Cátedra de la Paz en el colegio, porque cada estudiante llega al aula con una historia que no aparece en los libros. Para él, hablar de paz implica reconocer la afrocolombianidad, darle lugar al migrante, escuchar al joven desplazado que trae el campo en la memoria y abrir conversaciones que permitan comprender de dónde viene cada uno.
Cuenta el docente que, después de la pandemia, los estudiantes cambiaron su manera de habitar el colegio y la enseñanza tuvo que ajustarse a una emocionalidad más visible, a la dispersión y al cansancio, lo que hizo necesario escuchar con más atención. En medio de ese proceso, seguía presente la imagen de aquel muchacho que repetía que no quería pelear porque conocía demasiado bien la guerra, una frase que terminó convirtiéndose en una lección más profunda que cualquier cartilla.
Tiempo después, el estudiante dejó el colegio por dificultades económicas y se fue sin despedirse, aunque su recuerdo permaneció como una referencia constante en la forma como el profesor entiende hoy la convivencia dentro del aula.
Luis Ernesto Beltrán Cantor, rector del colegio, observa el mismo proceso como una construcción colectiva, donde la paz se vive en la relación diaria entre docentes, estudiantes y familias, y la autoridad se ejerce desde el diálogo y la escucha. “Un boletín de notas no le puede decir al estudiante que tiene un 5 o un 10 en la Cátedra de la Paz, sino en la forma en que se relaciona con los demás. Aquí en la institución hemos visto un cambio sustancial desde que abrimos estos espacios, porque la practicamos con cada profesor y cada funcionario del colegio, hasta con los mismos padres de familia, con quienes buscamos resolver esas situaciones de conflicto mediante el diálogo”, asegura.
*Nombre cambiado a petición de la fuente.


