Llegar a Vecchia, en la carrera 45A #104-38 del barrio Pasadena, es entrar en una casa donde se percibe un aire a Italia, gracias a ese aroma de tomate recién molido y la albahaca que perfuma los rincones. En medio de esa atmósfera se encuentra Diana Carolina Pinilla, la chef bogotana que decidió convertir su amor por la cocina italiana en una experiencia de enseñanza, encuentro y memoria. El origen de una mesa Cortesía Vecchia Diana estudió gastronomía en Argentina, país donde comprendió que la cocina italiana no se reduce a recetas, sino a una forma de vida. Allí aprendió que una mesa puede unir generaciones, que una pasta hecha a mano tiene un pulso distinto y que el sabor auténtico no se alcanza con máquinas. A su regreso a Bogotá, quiso trasladar ese aprendizaje a su propio espacio y fundó Vecchia Pastas, primero como una cocina oculta y luego como un restaurante abierto al público. Desde el principio pensó en un lugar íntimo, casi familiar, en el que pudiera pasar de mesa en mesa preguntando cómo está la salsa o explicando a los comensales por qué la pasta debe sentirse al dente. Vea también: ¿Vecchia Pastas tiene las mejores pastas de Bogotá? Cada gesto de Pinilla transmite la calidez de una anfitriona que disfruta compartir.
Ella prepara las pastas a mano, mezcla las harinas, trenza las lorighittas, corta los raviolis y rellena los agnolottis con la precisión que solo da la paciencia. Todo ocurre a la vista de los visitantes, como si cada plato fuese una pequeña lección de amor y oficio. Las mesas italianas: el corazón de Vecchia Cortesía Vecchia La propuesta más especial del restaurante se llama Mesas Italianas, una experiencia creada para revivir la tradición familiar de comer en conjunto. Los sábados, domingos y festivos, el comedor se transforma en una larga sobremesa al estilo de las casas italianas, donde las bandejas pasan de mano en mano y la conversación fluye sin apuro. La experiencia requiere reserva previa, con un mínimo de tres personas por mesa, y ofrece un recorrido por distintas regiones de Italia. Cada servicio propone un viaje culinario. En la mesa dedicada a Lombardía, por ejemplo, se sirven ossobuco, risotto perfumado con azafrán, cotoletta y espagueti artesanal. Todo llega al centro, listo para compartir. No hay menús individuales, porque la intención es revivir el espíritu de las comidas familiares. El ambiente se llena de risas y murmullos, de vasos que se chocan y platos que rotan con ritmo alegre. La artesanía como principio Cortesía Vecchia “No me gusta preparar pastas de paquete, aunque vengan de Italia. La diferencia está en las manos que las hacen y en el tiempo que se les dedica”, dice Diana.
En Vecchia no hay aditivos ni conservantes. Cada masa se trabaja con harinas importadas, agua y huevo, y se deja reposar el tiempo necesario para adquirir su textura perfecta. El resultado son platos que combinan técnica y emoción: raviolis rellenos de espinaca y ricotta, cappellacci de carne, orecchiette de Puglia y las tradicionales focaccias que acompañan las entradas. Cada forma tiene su carácter, cada salsa una historia. Y la chef no duda en explicarla mientras recorre el salón, siempre atenta a los detalles, como si cada cliente fuese un invitado en su propia casa. Un restaurante que enseña En Vecchia se aprende comiendo. Pinilla suele detenerse a conversar con quienes la visitan para contarles por qué la pasta debe tener una textura firme o cómo lograr el equilibrio entre salsa y masa. A veces los clientes compran la pasta artesanal para llevar a casa y la llaman después para pedirle consejos sobre la cocción. Ella responde sin prisa, convencida de que la enseñanza también forma parte del sabor. El restaurante mantiene un espíritu íntimo. No hay más de unas pocas mesas, decoradas con utensilios antiguos, canastos heredados de su padre y pequeños detalles que evocan una cocina de antaño. El ambiente transmite calidez, sin pretensiones, con la autenticidad de un lugar donde todo se hace con las manos. Un viaje a través del sabor Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Vecchia Pastas Artesanales (@vecchiapastasartesanales) Comer en Vecchia es recorrer Italia sin salir de Bogotá.
La experiencia empieza con el aroma de una salsa de pomodoro que hierve a fuego lento, con los matices de la albahaca fresca y el pan de focaccia que acaba de salir del horno. Luego llegan los platos que cambian cada fin de semana, inspirados en las regiones italianas y servidos en bandejas generosas. La pasta tiene cuerpo y alma. Se siente el esfuerzo del amasado, el pulso de quien trenza una masa para convertirla en arte. La salsa abraza el fideo, el aceite de oliva brilla en la superficie y el queso rallado perfuma el aire. Comer en Vecchia no es simplemente alimentarse, es participar en una celebración donde la conversación se mezcla con el sabor. La promesa de la mesa italiana Diana Pinilla y su esposo, Jorge Mendives, han hecho de Vecchia un proyecto de vida. Él, peruano, aporta su experiencia en el servicio y una mirada distinta sobre la cocina. Juntos diseñaron un menú que también cuenta su historia de amor, como el lomo saltado con pasta, que combina sus raíces y se ha convertido en uno de los platos más pedidos. Para ellos, cada mesa es una oportunidad de encuentro. “Queremos que cada servicio sea un pequeño festejo de la vida, un espacio donde la gente se sienta en familia”, dice Pinilla. Y lo logra. Vecchia no es un restaurante cualquiera, es un lugar que respira cercanía y donde la tradición se convierte en garantía de buen sabor.


