Un viaje largo en carro o en avión puede convertirse en una prueba de paciencia. La pregunta insistente de “¿cuánto falta?” suele aparecer antes de la primera hora. Sin embargo, esta es la oportunidad de oro para que los niños jueguen, imaginen y se relacionen con los adultos sin depender de los videojuegos o series en las pantallas de sus celulares o tablets. Tan solo basta un cuaderno, una historia inventada en conjunto o el simple hecho de mirar por la ventana para descubrir que el viaje ofrece más de lo que parece. En Diners le damos unas ideas para que se divierta con los más pequeños de la familia. Juegos sencillos que viajan con la familia Las opciones más efectivas suelen ser las más simples. El clásico ‘Veo, veo’ mantiene a los más pequeños atentos al entorno mientras aprenden a describir y a escuchar. Los juegos de adivinanzas o de ‘veinte preguntas’ entrenan la memoria y la capacidad de razonar en categorías. También resulta útil entregarles un mapa en papel para que sigan la ruta, marquen pueblos y anticipen destinos.
Ahora, si desea hacer algo con lápiz y papel, prepárese para crear dibujos rápidos, unir puntos, jugar tres en línea o inventar un reto de ortografía. También dentro del carro puede contar la cantidad de vehículos de un color determinado o buscar objetos del paisaje que empiecen con cada letra del abecedario. Entre tanto, si va en avión, donde el espacio es reducido, funcionan los libros de colorear, los stickers o los juegos de memoria con cartas pequeñas. Todo cabe en un pequeño kit de viaje que no requiere conexión ni pantallas. Otras opciones para hacer con niños menores de 12 años Cantar en grupo, recitar una ronda o inventar una historia compartida también ayuda. El viaje se vuelve un escenario narrativo en el que cada participante añade una frase o un personaje. Ese ejercicio estimula la creatividad y hace que el tiempo pase sin que nadie piense demasiado en el reloj. De hecho, una investigación científica publicada en Harvard Medical School demuestra que el juego libre y creativo tiene un impacto directo en el desarrollo cognitivo. Por ejemplo, juegos que implican contar, escribir o resolver problemas refuerzan la memoria de trabajo y el razonamiento lógico. Vea también: Cinco videojuegos para vivir la paz A esto se le suman actividades tan básicas como las adivinanzas, que exigen esperar turnos, planear respuestas y organizar categorías, habilidades que se vinculan con la atención y la planificación.
Este mismo estudio demuestra que los niños en edad escolar han mostrado que quienes pasan más tiempo en juegos sin pantallas desarrollan mejor la empatía, la cooperación y la capacidad de compartir. Estas interacciones fortalecen la vida social y reducen los conflictos entre hermanos. La familia también se beneficia, porque los adultos participan del mismo juego y se convierten en aliados en lugar de espectadores. Además, otros estudios señalan que el juego libre en la infancia favorece la autorregulación años después. Niños que se acostumbran a entretenerse con imaginación y reglas simples tienen más recursos para manejar la frustración y concentrarse en las tareas escolares. Un viaje, en ese sentido, se convierte en un entrenamiento invisible para competencias que durarán toda la vida. El valor emocional del juego compartido Los trayectos largos generan ansiedad y aburrimiento. El juego actúa como un amortiguador: activa circuitos cerebrales relacionados con la recompensa y libera tensiones acumuladas.
Cuando los niños están entretenidos, perciben que el tiempo pasa más rápido y la espera se vuelve más llevadera. El hecho de cantar juntos, inventar un cuento o resolver un reto en grupo crea un ambiente de seguridad. Esa interacción fortalece el vínculo entre padres e hijos, reduce discusiones y contribuye a que los recuerdos del viaje sean positivos. Un trayecto puede convertirse en una anécdota compartida que más adelante será recordada con afecto, en lugar de en una sucesión de quejas y silencios incómodos. Consejos prácticos para preparar el viaje Antes de salir conviene armar un kit con papel, lápices, stickers , cartas de memoria o un pequeño tablero magnético. Son objetos livianos que caben en una mochila y permiten variedad de juegos. Los adultos pueden alternar entre propuestas de observación, mirar el paisaje y buscar letras o colores, y juegos de creación, como dibujar o inventar historias. El objetivo no es llenar cada minuto con actividades, sino ofrecer opciones para que el tiempo de espera no se perciba como castigo. Lo importante es que los niños tengan la posibilidad de participar activamente y que los adultos acompañen. Así, la próxima vez que un niño pregunte “¿cuánto falta?”, tal vez la respuesta no sea un número de kilómetros ni de minutos, sino más bien una nueva adivinanza o una canción que transforme el viaje en una experiencia tan valiosa como el simple hecho de viajar en familia.

