Nada es más bello que aquello que sabemos efímero. Cuando tenemos la certeza de que lo perderemos, se despierta en nosotros la voluntad decidida de salvar su memoria. Sudo mientras tecleo estas primeras palabras. Los fenómenos atmosféricos del cambio climático han elevado la temperatura de mitad de año cinco grados más que en 2024. El Mediterráneo parece una caldera al comienzo del verano, Estados Unidos vive un domo de calor infernal y algunas ciudades de Colombia —como Barranquilla, Montería o Santa Marta— no descienden de los veinticinco grados en la noche, el límite humano para dormir medianamente bien. El contraste no puede ser mayor: he abierto en la pantalla varias imágenes de glaciares del fotógrafo colombiano Emilio Aparicio, quien se ha dedicado a recorrerlos para captar el testimonio de su existencia. La belleza de sus imágenes y de los nevados que retrata recuerda lo efímero de su imponente presencia porque, por supuesto, el calor no da tregua en los reinos de las nieves perpetuas. De allí, su efímera belleza; de allí, la urgencia de saber que se nos van, así como de honrar su memoria y su impacto en nuestra vida.

Foto: Cortesía de Emilio Aparicio / Nevado del Cocuy.
Nieves perpetuas A las moles de hielo de las altas cumbres aún se las llama nieves perpetuas porque nadie creyó nunca que dejarían de serlo, pues fueron la vista sobrecogedora que nuestros antepasados consideraron inalterable; sin embargo, es probable que seamos la última generación en contemplarlas. Según el Sistema de Información Ambiental de Colombia (SIAC), desde mediados del siglo XIX el área glaciar del país se ha reducido en un 92 %; de 350 kilómetros cuadrados, quedan poco menos de treinta kilómetros cuadrados de picos nevados. Las previsiones indican que de acá a veinte años desaparecerán. El 14 de diciembre del 2022, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas proclamó el 2025 como el Año Internacional de la Conservación de los Glaciares. En medio de la amenaza que afrontan, el recordatorio es tanto un llamado a cuidarlos como la necesidad de visibilizarlos. Irónicamente, la fragilidad de sus ecosistemas hace más relevantes a los seis gigantes nevados que conserva Colombia, todos ellos en altitudes superiores a los 4.800 metros: sierra nevada de Santa Marta, sierra nevada El Cocuy, volcán nevado del Ruiz, volcán nevado Santa Isabel, volcán nevado del Tolima y volcán nevado del Huila. La mala noticia es que ya se extinguieron ocho de nuestras grandes masas de hielo a lo largo del siglo XX en Colombia: Puracé, Galeras, Sotará, el volcán Chiles, el Cisne, el nevado del Quindío, Pan de Azúcar y Cumbal, que fue el más reciente en perder su total superficie nevada, en 1985. En medio de la conmemoración global, no queda opción distinta de rendirles un homenaje y recordar lo que fueron. Los glaciares son fábricas de agua, reguladores climáticos y archivos históricos de la Tierra. Cada capa de hielo atrapa burbujas de aire de hace milenios, registros fósiles de movimientos telúricos, erupciones y lluvias de siglos atrás. Sus cumbres nevadas son paisajes que, cuando desaparecen, no solo se llevan consigo la belleza, sino también su impacto en los ecosistemas más bajos. En un informe reciente del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam), se certifica que el nevado Santa Isabel ha reducido su superficie en un 63 % desde 1950. Se calcula que, en el pico del Ritacuba Blanco, en El Cocuy, la superficie helada retrocede 25 metros cada año. Santa Isabel, una masa blanca visible desde Manizales, perdió el 40 % de su volumen entre 2016 y 2023, en tanto que la sierra nevada de Santa Marta ha visto desaparecer un 91 % de su nieve. Para homenajear a esos seis glaciares nevados que nos quedan, trazamos un perfil breve de cada uno de ellos a partir de la experiencia del fotógrafo de los glaciares, Emilio Aparicio. Él lo hace con la certeza de que no puede sino exaltar su belleza para que sus nieves procuren ser eternas en la memoria, pero es posible que sea tarde; las altas cumbres nos avisan, al derretirse, que estamos dilapidando la oportunidad de cambiar.

Sierra Nevada El Cocuy Altura: 5.380 msnm. Con sus 22 picos nevados, este parque nacional ha sido el preferido de los montañistas. Emilio lo visitó por primera vez en 2009 y lo suyo fue un amor a primera vista. “No sabía que Colombia tenía estos paisajes espectaculares”, confiesa. Su llegada a Chita, Guicán y la sierra nevada del Cocuy —como se le conoce al nevado del Cocuy— se gestó por oposición: en 2006 prestó servicio militar en la península del Sinaí, donde conoció la extensión de las arenas en Egipto y lo sobrecogió el poder de su silencio. Sintió la premura de fotografiar lo que veía y entendió que estaba en el mundo no para disparar armas, sino el obturador de su propia cámara. Al regresar, estudió arquitectura, pero a los tres semestres de carrera ganó un premio de fotos con una imagen de una planta nativa que florecía de una roca. El dinero le sirvió para reconducir su camino hacia su pasión. Empezó a ver, sentir, oler y escuchar hablar de fotografía. Cuando viajó al nevado del Cocuy, buscaba lo opuesto al desierto: las montañas de su país, que no conocía. Hizo un primer ascenso al Ritacuba Blanco, el más alto de la cordillera Oriental, que lo dejó al límite del agotamiento. Recuerda cómo le temblaban las piernas en la cima, y cómo entendía que es imposible no dejar algo del ser propio en la montaña: el desgaste físico, el dolor en las piernas, sudor o lágrimas. “Hay que dejarse ahí”, insiste. Si lo dice es porque, al entregarse en el ascenso, se valoran más el paisaje de frailejones, el ecosistema presente, el largo padecimiento de los pulmones a medida que se asciende y el aire puro que lo compensa.

Foto: Cortesía de Emilio Aparicio / Volcán nevado del Ruiz.
Ha ido ya ocho veces, atraído por su magia. Pero quizás ninguno como ese primer momento de conexión profunda de 2009, cuando se postuló como guardaparque voluntario y estuvo una semana en una zona de ascenso, hasta que logró escalar hasta un punto de nieve al que hoy, por petición de los indígenas u’wa, que protegen su lugar sagrado, ya no se puede llegar. Acompañó a unos montañistas, sin seguridad y con taches de guayos, amarrado de la cintura, totalmente inexperto entonces. “Fue un momento de imprudencia, pero de conexión total. Desde entonces, veo la montaña con respeto y le pido siempre permiso, como todos debemos hacer cuando vamos a una casa ajena”, aclara. Actualmente, se pueden tomar tres rutas, pero sin alcanzar la nieve: la de la laguna Grande de la Sierra, cerca del camino hacia el pico Cóncavo, y los ascensos hasta el Ritacuba y el Púlpito del Diablo, en puntos limitados a los que se asciende desde los pueblos boyacenses de El Cocuy o Güicán, que parecen detenidos en el tiempo. De tanto que ha ido, es consciente de que el deshielo es inminente. “He visto cómo la montaña se derrite gota a gota, como si llorara. Es doloroso. Hoy es un enfermo terminal”, concluye.

Volcán nevado Santa Isabel Foto: Jhon Gracia en Shutterstock / Volcán nevado de Santa Isabel.
Altura: 4.950 msnm. Ubicado entre los departamentos de Risaralda, Caldas y Tolima, es el más accesible de la cordillera Central, pero también “es el que más pronto desaparecerá, a lo sumo en tres años”, dice Emilio, rendido ante la evidencia. Es una cumbre pequeña, con varias opciones de ascenso, con lagunas naturales que se han formado a causa del deshielo y la opción de avistar cóndores. En Quimbaya, se llama Poleka Kasue, o Doncella de las Nieves. Emilio eligió subir tras la pandemia por la cumbre sur, en un intento de dos días: el primero, de aclimatación a la alta montaña, y el segundo, hasta alcanzar el hielo. Fue la primera vez que usó crampones y cuerdas, y entendió que la montaña también enseña cómo trabajar en equipo para salvaguardar la vida: estar pendiente de alguien y anclado a otros es fundamental para sobrevivir. (Lea también: Murillo, el paraíso oculto del Tolima ) El ascenso lo hizo por una de las pendientes más duras que recuerda, de cerca de cuarenta y cinco grados, que lo obligó a iniciar a la medianoche y avanzar muy despacio, sin saber adónde iba, en un paraje totalmente nublado. Comprendió que escalar también es una forma de meditar a cada paso y aclimatarse a la climatología cambiante. Seis horas después, alcanzó la cumbre. Quiso tomar una foto, pero el móvil se le resbaló y lo perdió entre la niebla. No vio paisaje alguno porque la niebla era espesa, pero ese aislamiento le enseñó también la humildad de aceptar que llegar a un lugar no es conquistar un sueño, sino aceptar lo que hay.

Volcán nevado del Tolima Foto: Antares_02 en Shutterstock / Volcán nevado de Tolima.
Altura: 5.220 msnm. Es el más perfecto en su forma, un volcán cónico que atrae a quienes viajan hacia el suroccidente del país en avión, así como a escaladores experimentados. Emilio ascendió a esta cumbre nevada en 2021 desde Salento, en el valle del Cocora, en una de las aproximaciones más largas que existen, de cerca de dieciocho kilómetros, en una expedición que tarda de cuatro a cinco días que lo llevó por todos los pisos térmicos, desde las palmas de cera y el bosque andino hasta el páramo. La gran diferencia, en comparación con El Cocuy, es que, al igual que el nevado Santa Isabel, no tienen comunidades indígenas que los protejan y lo operan empresas de turismo comerciales que guían a los turistas a la montaña. Sus vecinos más cercanos son campesinos que viven de sus tierras y no tienen un sentido de cuidado desde su cosmogonía. A pesar de que es comprensible que todos quieran conocerlo, los efectos del turismo eran claros: frailejones destruidos por el tamaño del equipaje que llevan los animales de carga y el impacto lógico del paso de cerca de sesenta visitantes al día. Y eso que es una montaña sin refugio, que obliga a hacer las necesidades en hoyos de gato, o letrinas en la tierra, y donde es menester acampar a 4.500 metros de altura. Emilio se quedó una semana en varios campamentos y ascendió dos veces a la cumbre. Allí logró una de sus fotos más bellas, en la madrugada, cuando el cielo estrellado se hizo visible entre la masa de hielo. También le fue posible ver el nevado del Ruiz de una manera inusual, cuando una fumarola que ascendía repentinamente por la fuerza de la naturaleza del vecino volcán se hizo visible. Recuerda, además, a un perro que lo acompañó hasta los cinco mil metros, una imagen inusual que recalca la presencia de campesinos en la zona, y un espantoso dolor de rodilla causado por el descenso con los equipos de fotografía y de montaña al hombro. La montaña exige darlo todo.

Volcán nevado del Huila Foto: Cortesía de Emilio Aparicio / Volcán nevado del Huila.
Altura: 5.364 msnm. Es el más alto de la cordillera Central, considerado un espacio sagrado por los paeces o nasas. Aunque su acceso está restringido por su actividad volcánica, los escaladores que emprenden el intento de coronar su cumbre lo consideran el más difícil de escalar y acceder. Emilio ya sabe por qué. La expedición que hizo para llegar a la cima le tomó casi cinco días. La exigencia fue tal que tardó dos semanas en recuperarse del esfuerzo que le implicó. En realidad, él comenzó el viaje en Cali, de donde salió hasta Belalcázar, en el Cauca. Ascendió en camión entre comunidades indígenas y cultivos de marihuana, sin presencia alguna de autoridad, guiado y acompañado por indígenas locales que trabajan como porteadores desde la comunidad hasta el campamento base, en un recorrido que comprende cruzar bosques altos y hasta puentes colgantes de madera en medio de una asombrosa diversidad. La etnia nasa y la forma en que cargan los petates de equipo y alimentos lo sorprendieron: cada uno llevaba más de 30 kilos a la espalda sin problemas, incluso en un recorrido que le implicó caminar doce horas entre el barro, en el ascenso más húmedo de los nevados de Colombia. Las condiciones atmosféricas fueron tan duras que permaneció con ponchos casi todo el recorrido, almorzando bajo árboles entre la lluvia o cruzando pasos con escaleras complejas bajo el agua. El primer día logró llegar al campamento Barro, cuyo nombre lo dice todo. Era casi imposible avanzar. Al día siguiente, cruzó el páramo y dejó atrás la vegetación para llegar al campamento Marte, un paraje con rocas volcánicas. Destruido por el esfuerzo físico, descansó para tratar de hacer cumbre en el pico sur a las seis de la mañana, por lo que salieron a las dos de la mañana con casco y linternas. En el recorrido avistó una avioneta que se había estrellado en la montaña. Afrontó una pendiente de 60 grados en medio del olor a azufre de la montaña, pero su equipo no pudo coronar, a pocos metros de llegar, por un inconveniente con la bota de una montañista, que los retrasó. Cuando sale el sol, el hielo se derrite y los accidentes ocurren, sobre todo en el descenso, porque los alpinistas están cansados. La montaña le enseñó, igual, que muchas cosas no se logran al primer intento, así como también que la verdadera cima es volver a casa.

Volcán nevado del Ruiz Foto: Desislava Antonova en Shutterstock / Volcán nevado del Ruiz.
Altura: 5.311 msnm. Fue de los más visitados por su facilidad de acceso, pero también es hoy uno de los más volcánicamente activos. Aunque en su cumbre hay hielo, sus fumarolas recuerdan su naturaleza cambiante y ahuyentan a los visitantes. Emilio no lo ha escalado. Hoy por hoy, el ascenso al nevado del Ruiz no está permitido por una constante alerta amarilla y porque su emisión de vapor, gases y cenizas lo hace arriesgado. Si bien no es posible llegar al volcán, existen tours que permiten disfrutar del paisaje y ecosistemas circundantes, como el valle de las Tumbas y el ecosistema de páramo y sus frailejones, desde Manizales o Pereira. Sin embargo, Emilio lo ha visto desde las cumbres cercanas del parque Los Nevados. Dedicado a retratar los glaciares de Colombia, reconoce sus grietas como heridas abiertas y en las lagunas los vestigios de la nieve perpetua como prueba forense de que las masas de hielo se derriten. “Fotografío glaciares como quien retrata a un padre enfermo: para que el mundo recuerde su rostro antes de que sea demasiado tarde”, dice. (Siga leyendo: documentales para entender la actividad del Volcán Nevado del Ruiz ) A los tres años, cuando su padre le regaló un carro de control remoto, Emilio no se emocionó ante la posibilidad del juguete, sino porque creía que le habían regalado una cámara. Ya quería hacer fotos. Cuando cursó arquitectura, tomó una materia electiva de fotografía. Una Canon AE1 de su padre le permitió hacer fotos analógicas en rollos de treinta y seis cuadros. La electiva terminó por ganar su corazón: dejó las maquetas y eligió manejar asas, diafragmas y lentes. En los últimos años ha viajado por Islandia, Indonesia o Nepal, donde visitó los Himalayas, y entendió que el planeta sufre por el cambio climático. Por eso, ha vuelto la vista atrás: para fotografiar nuestros glaciares y salvaguardar la memoria de las nieves que se pierden. Pero, además, para entender la relación que hay entre las comunidades y sus montañas, y sobre cómo estas transmiten seguridad y majestuosidad a quienes habitan en sus laderas. El Ruiz le merece sus respetos. Es una montaña que ha estado activa dos millones de años y sigue rugiendo.
Sierra nevada de Santa Marta Foto: Desintegrator en Shutterstock / Sierra nevada de Santa Marta.
Altura: 5.776 msnm. Es la montaña independiente más alta del mundo, a tan solo cuarenta y dos kilómetros del mar. Luce los picos nevados Bolívar y Cristóbal Colón. Es hogar de los pueblos indígenas kogi, wiwa, arhuaco y kankuamo. Sus impresionantes paisajes combinan algo insólito en el mundo: selva, nieve y playas en un mismo paisaje. Emilio no ha tenido la oportunidad de ascender a la sierra, pero sabe que es una travesía agotadora y brutal, que comienza al lado de la playa, en Santa Marta, e implica casi dos semanas de caminata y hasta diez horas de esfuerzo al día. Es su gran pendiente, pero entiende que las comunidades indígenas conciban este territorio como el lugar más sagrado del universo y lo protejan. De sus comunidades ha aprendido a pedirle permiso a la madre tierra para que lo cuide y le permita acceder a sus espacios. Así mismo, venera el gorro tutusoma de los indígenas de la sierra, que representa los nevados de su cumbre. Sabe que, si va, buscará imágenes para guardar en la memoria del hielo. Su intención, tan simple como profunda, es también espiritual: conectarse con el hielo porque solo se ama lo que se conoce bien; de paso, contagiar ese amor a través de sus imágenes. Ante el hielo, se permite estar presente; si no ha llegado a la sierra, es porque la montaña le ha pedido esperar otro poco. Sabe que se va, que le queda poco, y le rinde tributo desde el espíritu. Ya lo he dicho: nada es más bello que aquello que sentimos efímero, como los amores que se perderán pronto, las vidas que se diluyen con celeridad o el atardecer que se desvanece. Los glaciares, gota a gota, nos piden salvar su memoria. Vea también: 100 motivos para enamorarse de Bogotá


