Publicado originalmente en Revista Diners No. 139, de octubre de 1981
“Cuando se inaugure el Teatro Nacional, la obra habrá costado 45 millones, la tercera parte de los cuales todavía se debe. De ese total el Estado apenas ha aportado 3 millones.”
Acto primero
Hace veinte años los matinés de los sábados en el Teatro Chile eran una institución de la cual no podía huir jovencito alguno que se respetase en Chapinero. Lo de menos eran las películas en cartel. A eso de las dos y media empezaba a rondar por los alrededores de la calle 71 con carrera 9ª, una pequeña multitud de coca-colos en trance de molestar coca-colas, y de coca-colas en trance de ser molestadas por coca-colos. El sitio obligado de reunión previa era la tienda del señor Camacho, donde cada grupo de muchachos compraba cuatro milhojas y se robaba tres. La bebida característica, que en Colombia únicamente se tomaba allí, era la Kist de uva. Milhoja y Kist de uva constituían el distintivo gastronómico de los espectadores juveniles del Chile. Los más pequeños, que aún no habían llegado a la engañosa edad dorada de la pubertad, devoraban, en cambio, un polvo carmelitoso con sabor a arena que se llamaba Alimentón.
Provocativamente, las muchachas -de trece, catorce, quince años- aparecían en grupos escandalosos de seis o siete. Se reunían a charlar bajo la marquesina del teatro, media hora antes de que empezara la función, y en ese mismo sitio se iniciaba un ritual digno de ser estudiado por los biólogos que se especializan en el comportamiento sexual de las abejas o las termitas. Convocados por las risas y la sobreactuada alegría de las coca-colas, empezaban a dirigirse hacia el teatro los grupos de coca-colas. Nunca lo hacían en forma directa y rápida. No habría tenido gracia. Sino que salían de la tienda del señor Camacho o de las esquinas de la 71 con 11 o la 71 con 9a, como quien no quiere la cosa, y se encaminaban poco a poco, disimuladamente, hacia el teatro. Los grupos de coca-colos eran siempre más reducidos pero más numerosos que los de las coca-colas. Los formaban tres o cuatro muchachos solamente. En su lento e irregular recorrido hacia el foco de atracción femenino, se encontraban con otros grupos amigos y empezaban a saludarse con respetuoso entusiasmo. Conversaban un rato bajo cualquier árbol o encaramados en una de las medias-tapias vecinas, sin dejar de lanzar miradas al indiferente (en apariencia) colmenar femenino. Luego seguían marchando paso a paso hacia el teatro.
El encuentro de los dos sectores -el de las coca-colas y el de los coca-colos- nunca era aparatoso ni estentóreo. Los grupos de los varones se colocaban casualmente en torno a los dos o tres grupos de las mujeres, a manera de lunas de uno de esos planetas raros, y empezaba entonces la segunda etapa del acercamiento. Ella nacía con solemnes saludos inter-grupos. Una prima saludaba a un primo, un amigo a una amiga. La prima, entonces, presentaba a su compañera para que la conociera el primo, y el primo presentaba a su vecino para que lo conociera la prima. El proceso de integración se llevaba a cabo durante diez o quince minutos solamente. Después entraban a cine todos, juntos pero no revueltos o, como dicen en las convenciones liberales, reunidos pero no unidos. Nunca había excesiva familiaridad entre coca-colos y coca-colas, tal vez el gesto de mayor atrevimiento lo protagonizó una barra de gringas y agringados del colegio Nueva Granada que alguna vez, en mitad de una película de Elvis Presley, salieron a bailar en los pasillos oscuros.
Era distintísimo el ceremonial del Teatro Chile los viernes. Los viernes no se producía el apareamiento semanal y platónico de coca-colos y coca-colas, sino la invasión de los que capaban clase. Eran grupos rápidos, breves y clandestinos de estudiantes que llegaban huyendo de la sordidez de un pensum que programa clases de química los viernes en la tarde. Pagaban rápidamente la boleta y entraban a la oscuridad protectora, sin atreverse a hacer previas incursiones a la tienda del señor Camacho por temor a que los descubriera un profesor extraviado o un padre de familia en fuera de lugar.
Las sesiones de matiné y vespertina de los viernes eran mucho menos formales y educadas que las de los sábados. Cuando salía alguna actriz en vestido de baño, los aplausos brotaban como por convención y nunca faltaron los gritos amanerados con que se saludaba la presencia de cualquier personaje blando o equívoco en la pantalla. Los viernes eran de buen recibo las manifestaciones espontáneas de humor. Yo escuché a Fernando Robledo declarársele a gritos a Pier Angeli en mitad de una función, en pie sobre su asiento de platea, y encabecé con Antonio José Caro repetidos bombardeos de maní que disparábamos desde el balcón contra los incautos espectadores del primer piso.
Así de delicioso era el Chile cuando el Chile era también el Diana y no había llegado aún el empresario de radio que poco después echó candado a sus rejas, instaló en las tripas del teatro una emisora y lo cerró para siempre a los mandatos etológicos de los coca-colos y las coca-colas de hace veinte años.
Acto segundo
Por eso me pareció que tenía lugar un milagro el día que escuché en la voz ronqueta de Fanny Mikey la noticia de que el Chile iba a resucitar luego de su prolongada sepultura.
-Sí, lindo, estoy empeñada en comprar el edificio y construir allí la sede para un nuevo teatro que se llamará el Teatro Nacional. ¿Colaboras?
Yo sabía que el Chile en ese momento era un buque fantasma, un cascarón vacío sin silletería ni telones, con pocas posibilidades de nueva vida. Pero Fanny Mikey no ha fracasado nunca en lo que se propone, como no sea en el amor, y me llené de entusiasmo ante el eventual resurgimiento del Chile.
-¿Colaboras? -me volvió a preguntar Fanny con ese tono de oferta que no se puede rehusar.
-¿A quién hay que matar? -le pregunté.
No fue necesario matar a nadie. Bastó con creer en Fanny, en Ramón de Zubiría y en Gustavo Vasco. Convertida la primera en dínamo permanente del proyecto, el segundo en fogonero de optimismo y el tercero en administrador de un déficit creativo, han pasado cuatro años desde que a Fanny se le ocurrió la idea irrealizable. Y ahora el Teatro Nacional está en vísperas de ser inaugurado.
Desde un principio se vio que la iniciativa de levantar un moderno teatro (teatro de teatro, no de cine) sobre las ruinas del Chile, era una empresa tan difícil como elevar un DC-3 de pedales. Con el transcurso del tiempo fue posible notar que Fanny había exagerado. No era como levantar un DC-. Era como elevar un Jumbo.
El día de la inauguración del Teatro Nacional la obra habrá costado 45 millones de pesos, la tercera parte de los cuales todavía se debe. De ese total, el Estado ha aportado apenas 3 millones. Lo demás ha sido conseguido por Fanny y compañía con apoyo en las corporaciones de vivienda, en los aportes de los amigos de la Fundación y hasta en un viejo emperador llamado Calígula. En efecto, la exhibición especial de una película que pinta toda clase de colores, olores y sabores las perversiones del emperador que sirvió para recaudar hasta hace pocas semanas algunos pesos más para tapar huecos en el agujereado presupuesto del proyecto.
Acto tercero
Pero valía la pena. El Teatro Nacional es hoy por hoy el más moderno de su especie en América Latina. Para elaborar sus planos, el arquitecto Germán Smper Gnecco recorrió decenas de salas en medio mundo. Fue preciso tumbar casi todo lo que no estaba derruido por dentro y trabajar dentro de la concha, mientras la gente que circulaba por fuera seguía pensando en el cadáver de Chile.
Donde alguna vez estuvo el telón contra el cual arrojábamos chicles y colillas, fue construida una armazón de tramoyas de cinco pisos de altura. Arriba, en el lugar que ocupó la peluquería de Álvaro, funcionará una pequeña academia de teatro y sala de ensayos. Debajo del escenario, donde nos escondíamos después de la motilada mensual en la peluquería a fin de no pagar la boleta del matiné, hay camerinos, baños, un salón. El balcón ha desaparecido. Ahora hay un plano inclinado donde se acomodan las 400 sillas del teatro; desde cualquiera de ellas el escenario se ve perfectamente. Para ciertas funciones será posible acomodar, en una silletería circular vecina al escenario, 60 personas más. Los altoparlantes gangosos que ponían a hablar francés a Jorge Negrete han sido reemplazados por los mejores equipos de sonido instalados en Colombia. El chorro raquítico de la linterna con la que Plutarco, portero del Chile en su mejor época, acostumbraba a acusar a los fumadores, fue sustituido por formidables sistemas de luces. En el atrio (¿Se dirá así?) donde se reunían los coca-colos y coca-colas en la ceremonia sabatina de acercamiento, serán instaladas sombrillas u mesas para tomar el café.
El Chile se ha convertido de agradable calabaza en carroza. Sostener la carroza-sin contar espectáculo- cuesta 8 millones de pesos al año. Agregándole obras, actores, montaje, escenografía, musicalización, puede subir a más del doble. Montar “El rehén”, la obra de Brendan Behan dirigida por por David Stivel que servirá para inaugurar el teatro, costó 10 millones de pesos. Fanny aspira a financiarlos con algunas subvenciones y con boletas que costarán 200 pesos en días de función popular (miércoles y domingos) y 500 en días ordinarios.
«El Teatro Nacional es una nueva etapa en Colombia -sostiene Fanny-. Es el paso al teatro profesional. Los actores ganarán sueldo por ensayar y no tendrán que preocuparse por lo que produzca o deje de producir la taquilla». En él podrán presentarse todos los directores y grupos de teatro que quieran y que tengan una obra importante para mostrar. Se fomentará, además, a los autores de teatro a través de un concurso sui géneris. La fundación Teatro Nacional no se terminará, pues, cuando alguien -que no será quien las corta siempre- corte la cinta inaugural. Sino que seguirá empeñada en promover distintas manifestaciones escénicas. El Jumbo de pedales despegó. Varias veces estuvo a punto de venirse a tierra, como cualquier Satena. Pero lo sostuvo la fe de Fanny Mikey mientras ella la sostenían sus amigos conocidos y sus admiradores desconocidos.
«Siempre que fui por la calle con ganas de tirar la toalla -comenta- me encontré con un ciudadano anónimo que me abrazaba y me decía que había que sacar adelante el Teatro Nacional. Entonces tomaba nuevo impulso… «.
Entre quienes han ayudado a levantar el Jumbo, figuran, por ejemplo, una enfermera («Nelly Velásquez, ponle el nombre, por favor», me dice Fanny) que hizo una «vaca» entre sus compañeras y le envió miI pesos como contribución al Teatro. Y un grupo escénico infantil de Barranquilla que realizó una función a beneficio del antiguo Chile y recogió 20 mil pesos.
Durante estos años, Fanny -que dormía cinco horas diarias- pasó a dormir cuatro. Y aún saca tiempo para montar obras de café concierto, para montar recintos de café concierto tan descrestadores como La Gata Caliente y para montar rumbas con los amigos. «Cuando estoy a punto del infarto (y lo ha estado), cojo un avión y me acuesto dos días en las playas de Cartagena. Entonces vuelvo renovada».
El día que entregó un cheque posdatado por 200 mil pesos para «pisar» la compra del difunto Teatro Chile, que le costó dos y medio millones, Tito de Zubiría y Gustavo Vasco se llevaron las manos a la cabeza.
-Vamos a acompañarte en este lío -le dijeron- pero con la condición de que sea la última locura que haces.
Fanny aceptó humildemente. Pero ya la «última locura» va a ser inaugurada. Y no creo que vaya a ser la última. A Fanny no la corrige nadie. Cuando le pedí que jurara sobre una Biblia que no se metería en más aventuras de estas, se negó a hacerlo y mencionó algo sobre un proyecto para enseñar teatro. Menos mal, porque yo ni siquiera tenía una Biblia. Lo que quería era estar seguro de que Fanny seguirá provocando fabulosas locuras como el Teatro Experimental de Cali, como el Teatro Popular de Bogotá, como La Gata Caliente, como la resurrección del Chile, aquel epicentro biológico de coca-colas y coca-colos.


