Hearn nació en Irlanda pero se obsesionó con el Japón. Se casó con una japonesa, se hizo súbdito del Emperador y adoptó el nombre de Yakumo Koizumi. A la manera de un Grimm orientalista, se dedicó a recopilar y divulgar las historias y costumbres ancestrales de su patria adoptiva. Su estilo limpio y efectivo recuerda a Akutagawa, pero también a Stevenson y a los historiadores ingleses del siglo XIX. En 1903, poco antes de su muerte, publicó el que tal vez sea el mejor de sus libros: Kwaidan, una recopilación de cuentos fantásticos y de terror. Hay varios memorables. Un par de mis favoritos son La historia de Miminashi-Hoichi, que hace uso notable de la ceguera del protagonista, y Mujina, un cuento que en un par de páginas hace de un huevo una cosa ajena, insólita y horrible.



