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El día que Eduardo Galeano le hizo un gol a Mario Benedetti

El poeta uruguayo Mario Benedetti tuvo una especial afición por el fútbol. Aquí, el escritor (fallecido en 2009) recuerda sus épocas de arquero.

Foto: Flickr/ Elisa Cabot/ CC BY-SA 2.0

El poeta uruguayo Mario Benedetti tuvo una especial afición por el fútbol. Aquí, el escritor (fallecido en 2009) recuerda sus épocas de arquero.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 435, junio de 2006

Si una aspiración clara tenía yo, era jugar de arquero. Vocación que tuvo un grave tropiezo cierta tarde en que durante un partido infantil, un delantero del once contrario produjo un tremendo disparo que me acertó en pleno estómago y me envió con pelota y todo y al borde del desmayo, más allá de la línea de gol.

No obstante, y a pesar de que ese percance me sumió en profundas reflexiones, siempre que participé en un partido de aficionados mi puesto fue el de arquero. Después de todo era una inclinación que iba a compartir con el Che Guevara y Albert Camus.

El padre del Che me narró en cierta ocasión que Ernesto, siendo estudiante de medicina, jugaba siempre de arquero ya que el asma no le permitía desempeñarse en otro puesto, y así y todo siempre tenía el inhalador junto a uno de los postes y entre atajada y atajada recurría a su ayuda.

Albert Camus, por su parte, fue portero profesional y en alguna ocasión teorizó sobre ese severo cometido y llegó a la conclusión de que el de arquero era sin duda el puesto más ingrato de todo el equipo: cuando los compañeros festejaban un gol, él siempre estaba lejos y solitario, sin poder compartir esa alegría; en cambio cuando el equipo contrario lograba un gol, como arquero se sentía irremediablemente culpable.

Creo que mis últimas (ya había pasado mis 50) defensas de una portería tuvieron lugar en improvisados partidos entre intelectuales. En uno de ellos Eduardo Galeano me hizo un gol infamante, poco menos que generacional; para colmo quedó registrado en una foto de ignominia.

La otra ocasión llegó a figurar en Textos profanos, un libro que el poeta mexicano Efraín Huerta publicó en 1978: “En una soleada mañana, en las arenas de la plata de Jibacoa (costas de Cuba), le metí dos goles al arquero uruguayo Mario Benedetti.

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Testigos: el poeta peruano Antonio Cisneros y el novelista argentino David Viñas”. Lamentablemente nadie ha dejado constancia de los balones que atrapé. Pero eso, como todos los arqueros lo saben, nunca es noticia.

Pocos títulos hay en la narrativa contemporánea tan estremecedores como el de Peter Handke, El miedo del portero al penalti, ya que se trata de un pánico poco menos que existencial.

A quien ejecuta lo que en el argot futbolístico suele llamarse la pena máxima, a ese implacable verdugo que en el trascendental instante debe vencer todas sus timideces, es probable que la meta le parezca pequeñísima y además resguardada por un pulpo quimérico; en cambio, para el guardameta real la dimensión del arco es aproximadamente de un quilómetro y él se siente allí, por más que se persigne, como Gulliver en el país de los gigantes, sabedor además de que uno de estos habrá de fusilarlo sin piedad.

La mayor felicidad para un arquero es atrapar con ambas manos una pelota difícil y estrecharla contra su cuerpo, en el ademán tal vez más cargado de libido en este juego intransigentemente masculino. “Mientras para los demás jugadores”, ha escrito Vicente Verdú, “el balón es un elemento de intercambio, el portero posee la pelota”.

El guardameta (en América Latina también se le llama arquero o golero) es acaso el único filósofo del clan. Cuando los compañeros mantienen el balón lejos de su meta, tiene tiempo de meditar y hasta de intuir que las glorias del mundo son efímeras.

Cuando son los rivales quienes lo acosan, aprende por la vía pragmática que no hay dicha sino diligencia. Su soledad es discriminación: es el único que viste distinto de los otros diez. Y también privilegio: es el único que puede tocar impunemente (siempre que sea dentro de su área) el balón con la mano. Pero cuando le hacen un gol, la correspondiente ovación es para él un descomunal ultraje.

También es posible que la soledad (o más bien la nostalgia de los otros) lo lleve al desvarío. En mi país hubo un arquero que increíblemente se especializó en ejecutar penaltys, y lo curioso era que casi siempre los convertía.

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Sin embargo en una ocasión el balón fue atrapado por el colega a quien intentaba acribillar, y éste, sin pensarlo dos veces, hizo un pase largo a su delantero centro y aunque el arquero/verdugo corrió despavorido a cubrir su lejana meta, el otro fue más veloz y convirtió el gol. Moraleja: zapatero, a tus zapatos.

Efraín Huerta, en el libro antes mencionado, relata un drama dominical acaecido en una polvorienta cancha de los arrabales: “El portero de Mónaco paraba todos los disparos. Lo paró todo. Por su arco no pasó ni el aire. Nada entró.

Fue infructuosa y desesperada la labor de la delantera del equipo contrario, el Esparta. Al terminar el partido, un furioso delantero del Esparta se acercó al heroico portero rival y le escupió esta frase: ‘¡A ver si esta no te entra, tal por cual!’. Y la puñalada resonó como un latigazo diabólico”.

Ah, pero aun sin llegar a las puñaladas, el guardameta puede ser el protagonista del drama.

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Junio
14 / 2019


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