A la una de la madrugada, Otto Ruiz, jefe de prensa de la Alcaldía de Barranquilla, recibe una llamada. Es la alcaldesa, quien con el tono alegre y entusiasta de una cumbiambera que se prepara para una comparsa de carnaval, le imparte unas disposiciones para la jornada siguiente, sin disculparse por la hora.
–A veces me llama a las cinco de la mañana como si nada –afirma el funcionario–. Cuando estoy muy cansado, después de una de esas jornadas maratónicas a su lado, no me preocupo de recargar el celular creyendo que la doctora Elsa también va a estar descansando. Al día siguiente, cuando enciendo el aparato, encuentro llamadas perdidas desde su teléfono. En la mañana me pregunta por qué lo apagué.
Elsa Noguera vive a un ritmo trepidante que no se compagina con la imagen de una persona que debe valerse de un par de muletas para poder caminar. En efecto, cualquiera que la conoce se reiría si escucha la palabra “discapacitada” para referirse a ella.
–Más discapacitados seremos nosotros –exclama su jefe de comunicaciones, Manuel Alzamora–. Muchas veces, al final de la tarde, estamos todos agotados mientras ella continua tan radiante y activa como a primera hora de la mañana. Parece que anduviera con un termo de Redbull bajo el brazo.
La noche del pasado 31 de diciembre, Elsa y su equipo de trabajo se trasladaban en dos camionetas de un hospital a otro para realizar la transición entre dos operadores de salud. Cuando dieron las doce de la noche, hizo detener los vehículos, abrazó a sus subalternos, les deseó feliz año y antes de que terminaran de sonar los pitos del Año nuevo, estaban otra vez en marcha.
Energía inagotable
De niña tuvo problemas de crecimiento y empezó a dar signos de descalcificación ósea. Sin embargo, jugaba fútbol y trepaba paredillas con sus primos. “Andaba a la par de nosotros, que éramos mayores”, sostiene su amigo de infancia Guillermo Polo.
En el colegio Marymount también la recuerdan llena de esa energía inagotable. No sólo cumplía sus labores escolares sino que ayudaba a sus compañeros a hacer las suyas. Además les explicaba matemáticas, física y química.
La profesora Lissy de Buendía recuerda sus preguntas afiladas y las veces que era la única en salir al frente para resolver algún problema complicado. Como no alcanzaba la altura adecuada para escribir en el tablero, arrimaba un banquito, se subía a él y garrapateaba el desarrollo de la respuesta.
–Creo que ninguno de sus ex compañeros puede olvidar esa imagen: aquella chiquilla levantándose por encima de todos y de toda dificultad para resolver acertadamente el ejercicio. Era un ejemplo.
Nunca se vio limitada por su problema de salud y por eso nadie lo percibió como tal. “No se ofuscaba por nada”, receurda la directora del colegio, Susan M. Kumnick. Sus impedimentos eran afrontados con alegría por ella y el resto de la clase:
–Entre risas la cargábamos en hombros para subirla o bajarla por las escaleras. Ella misma era quien más le sacaba gracia a la situación –afirma su prima y excompañera Sara Caballero–. Nadie sentía lástima por su circunstancia, al contrario: cargarla era como sacar un torero de una corrida exitosa.
Para ilustrar su voluntad e iniciativa, me cuentan cómo emprendió, lideró y culminó con éxito el anuario de su promoción, esfuerzo que tenía doble mérito si se considera que era el primero que se hacía en muchos años.
Estudiante de economía
Su etapa universitaria en Bogotá también está llena de ejemplos de firmeza y optimismo. Fue la época en que mataron a Galán y ponían bombas con frecuencia. A pesar de eso y de que hubo momentos personales difíciles como cuando en quinto semestre se fracturó el fémur en un accidente, guarda buenos recuerdos de ese tiempo. Vinieron varias operaciones y de ahí en adelante le tocó usar muletas permanentemente.
No era fácil trasladarse en una universidad tan grande como la Javeriana, con edificios hasta de seis pisos sin ascensor y distancias entre torres de hasta cinco cuadras, pero siempre se le veía con el mismo entusiasmo. Muchas veces encontraba una mano amiga, pero si no la encontraba, no se quedaba esperando ayuda. Si su ángel de la guarda llegaba, prefería que la encontrara esforzándose y no cruzada de brazos y achicopalada. Al final terminó la carrera de Economía sin perder una materia.
Aquella vez que se accidentó y se rompió el fémur, sus padres viajaron de inmediato a Bogotá. Cuando ella vio sus caras de preocupación, tuvo ánimo suficiente para consolarlos: “No se angustien que estoy bien”, les dijo sonriendo y restándole importancia a su estado. Incluso le sacó chistes a su situación para terminar de tranquilizarlos.
Para evitar riesgos de otras fracturas, no se ha despegado más de las muletas. Resulta curioso que al preguntar a profesores, amigos y familiares, no se pongan de acuerdo desde cuándo las usa.
Es como si esas muletas estuvieran asimiladas a su cuerpo, “como si fueran una extensión de sus brazos”, señala su amiga y comadre Margarita Janna. “A veces tengo la impresión de que no tocan el suelo”, afirma pensativo su hermano Daniel. Y todos recalcan cosas similares. No de otra forma se puede entender que Elsa se haya movido hasta la ubicuidad cuando fue candidata a la vicepresidencia, y que lo siga haciendo como alcaldesa por todos los barrios de la ciudad.
Decisiones con fortaleza
En algo sí están de acuerdo sus amigos y familiares: aunque es una mujer dulce y sensible, tiene mucho carácter y asume posiciones fuertes. Si no fuera por eso, no habría podido poner en cintura las finanzas de la ciudad (que venían de una época oscura), darles transparencia y revolucionar sus números cuando fue Secretaria de Hacienda del gobierno de Alejandro Char; logro que reconocen todos los barranquilleros y razón por la cual superó al otro candidato a la Alcaldía por el doble de votos.
Su mejor amiga desde los tiempos de colegio, María Cecilia Donado, Reina del Carnaval en 1996, asegura que nunca la ha visto deprimida y que odia los diminutivos. Agrega que es frentera sin recurrir a la grosería y subraya que lo que más la define es efectivamente esa energía desbordante. “Ella sí que aprovechó, en el buen sentido, la amistad conmigo cuando fui reina. Es la única vez que ha sido clientelista”, dice en broma la Chechi Donado recordando la forma como se rumbeó aquellos carnavales, la manera cómo se le gastaron los cauchos de las muletas de tanto bailar y acompañarla a todos los eventos. Y es que Elsa todo lo hace de forma exagerada: “Es madrina de media Barranquilla y desde antes de ser alcaldesa”, me informa la Chechi.
A pesar de sus muletas y de sus 1,40 metros de estatura, Elsa refleja mucha confianza en sí misma y, paradójicamente, un halo protector. Te mira a los ojos como si quisiera colarse en tu interior, como si estuviera buscando cualquier rendija para entrar y moverse también dentro de ti. “Te mueve a hacer lo que tienes que hacer”, me dice un funcionario. “Sabe delegar e impartir funciones con permanente vigilancia, al tiempo que reconoce el trabajo de los demás y reparte los méritos”.
Quizá por esa empatía se gana tan fácilmente a los niños, que la consideran una niña más. Al igual que a ellos, le gusta el mango biche, ama los chocolates y es adicta a la coca-cola (light).
Hace poco estaba en un colegio del sur de la ciudad con estudiantes y padres de familia promoviendo una jornada colegial continua que se extendiera hasta las cinco de la tarde. Explicaba que era para darles a los muchachos mayor seguridad y mejor alimentación, alejarlos de las drogas y las pandillas, y encausar su creatividad a actividades productivas, como el fútbol, el canto, el baile, la pintura, etcétera. Los adultos aplaudieron la iniciativa de la alcaldesa, pero los estudiantes pensaron que iban a tener que estudiar todo el día y comenzaron a abuchearla. Ella levantó su voz alegre y entusiasta por encima del bullicio, como la gaita animosa de una cumbiamba; se adueñó de la tarima caminando de un extremo a otro y acabó convenciendo a todos de que aquella propuesta era la mayor aventura deportiva y artística que iban a vivir. Faltó poco para que otra vez la alzaran en hombros y no propiamente para ayudarla.


