“Y cuento verdades como mentiras”
Es una frase de Cerati que sonaba en mi cabeza mientras trataba de pensar cómo describir la literatura de Julian Barnes, la literatura tal como la piensa el protagonista de The Sense of an Ending: La literatura real era sobre la verdad psicológica, emocional y social, demostrada por las acciones y reflexiones de sus protagonistas. O como nos lo dice el propio Barnes en Nada que temer cuando explica por qué abandonó la filosofía por la literatura: Era la que la que mejor nos decía y nos dice cómo es el mundo. También puede decirnos la mejor manera de vivir en él, aunque resulta más eficaz en esto cuando parece no estar diciéndolo.
La literatura es la verdad disfrazada de ficción como también lo es la historia; finalmente ambas son narrativas. Y es ahí donde encuentro una honestidad que no veo en los aparatos de discursos históricos que pretenden contar verdades históricas inaprensibles, pero que al final responden al mismo contexto de la ficción: un historiador o un curador está inserto en un lugar, en un tiempo y sus preguntas serán unas y no otras. Un historiador no es objetivo, cuenta historias, pero rara vez será lo suficientemente honesto con su público como para reconocerlo.
Por eso, a pesar de que Barnes dice preferir ser un novelista práctico más que un historiador-teorizador, teoriza sobre la historia en su literatura y hace evidente la presencia del ser humano que la construye. Definitivamente es esa sinceridad la que me seduce de su relatos. En alguna entrevista, Barnes confiesa que la relación ideal con el lector es la que se crea cuando quien lee siente que el autor está ahí, a su lado, en una conversación. En mi experiencia como lectora de Barnes, esa es una grata compañía, que como en las mejores relaciones, hace a un lado la hipocresía. Hay afinidades que reconfortan, como saber que hay alguien más que sigue la receta de un libro de cocina, y que se emociona tanto con un puñado de risas en torno a una mesa del comedor como yo (El perfeccionista en la cocina).
Solo una persona que escribe una Historia del mundo en 10 capítulos y medio en la que inserta un recuento personal y mezcla lo que parece ser una verdad histórica con una verdad personal (pero nunca lo sabremos, ni nos importa) podría transmitir las ambigüedades, las similitudes y diferencias entre nuestra historia y LA historia. En entrevista para Writers and Company, Barnes, discutiendo The Sense, pone en evidencia las fallas de la memoria y pregunta por nuestras certezas. Tanto nuestra historia como en LA historia, están elaboradas a partir de la construcción de una serie de memorias que pensamos son así. Sin embargo, episodios que nos ocurren en la tranquilidad y comodidad de nuestra cotidianidad, nos pueden llegar a demostrar que elaboramos esos recuentos para nuestro confort, pero revelan finalmente que hay cuentas por pagar. La historia no ha terminado.
Mirando para atrás, en su propia historia (Nada que temer) Barnes contrasta sus recuerdos de infancia con los de su hermano, y los colores son distintos. Un mismo personaje puede ser cariñoso para uno y para otro terrorífico. Es en esas inconsistencias donde están las verdades. Definitivamente somos contadores de historias, ¿pero qué historias nos gustan? No necesariamente las que crean conflicto, las contradicciones, las que causan dolor (sobre todo esas no, como diría Barnes en sus usuales acotaciones). No nos gusta hablar de la muerte, a excepción de Barnes que en sus últimos libros la tiene como eje transversal. Y en cercanía a ese tema, está muy evidente, el tema de la nostalgia. En la entrevista de Writers, Barnes se confiesa antinostálgico, pero deja que sus personajes la acaricien.
De nuevo en The Sense, el protagonista nos revela: Si la nostalgia es la recolección poderosa de emociones fuertes y la pesadumbre de que esas sensaciones no estén presentes en nuestras vidas- me declaro culpable. (But if nostalgia means the powerful recollection of strong emotions -and a regret that such feelings are no longer present in our lives- then I plead guilty).
También en el tercer libro de lo que considero una trilogía, Pulso, los personajes reflexionan sobre este tema:
-Pero sin duda vivimos nuestras emociones más intensas cuando éramos jóvenes: enamorarse, casarse, tener hijos.
–Pero ahora quizá vivimos emociones más prolongadas.
–O nuestras emociones más fuertes son ahora de distinto tipo: pérdida, arrepentimiento, una sensación de cosas que se acaban.
–No te pongas tan fúnebre. Espera a tener nietos. Te sorprenderán.
En cualquier momento, en efecto, nos sorprende esa sensación de tiempos que no recuperaremos, y creemos que en el camino algo hemos perdido. Y Barnes nos pone en alerta: la idealización del pasado nos previene de confrontar nuestro presente. Inventamos (de nuevo el confort) para distraer el ahora. Y así es también la narrativa histórica pues se puede llegar a convertir en un puñado de episodios idealizados de un pasado que nunca fue. Pero ni la historia personal, ni LA historia son blanco o negro. Sin duda creamos narrativas que nos protegen, que nos animan. En ambos casos podemos volver al recuento del protagonista de The Sense, la historia (y nuestras historias) son las memorias de los sobrevivientes, que no han sido ni victoriosos ni derrotados.


