Esta práctica no es para personas ultraflexibles o que ya alcanzaron el balance en la vida. Es para gente del común, para el enfermo, el viejo, el niño, el que sufrió una pérdida amorosa.

Hay razones tan distintas para hacer yoga como personas. Siempre existe una búsqueda y esa búsqueda, física o espiritual, mediante el yoga o no, nos define. David Larrazabal, profesor de Ashtanga yoga, me dijo, casi como una confesión, que “hacemos yoga porque somos humanos, porque lo necesitamos. Tal vez somos los que más lo necesitamos”. Sin importar si se llega a la práctica por moda o por pararse de cabeza, todos salen con algo más que no estaban buscando. Con un regalo.

Recuerdo cuando retomé el yoga hace un tiempo. Sufría la soledad y tenía ansiedad social. Los pensamientos eran una avalancha, una masa sin forma, sin sentido. Durante la práctica, mi maestra, Christina Rufin, de All Yoga NYC, insistía en estar presente, en visualizar la espalda que se estira, en inhalar y exhalar según el movimiento. Solo eso importaba. Decía cosas como “no se juzguen, si hoy solo llegan a la rodilla, muy bien, it is what it is”.

Ese “hoy” es importante. Cada día la práctica resulta distinta, con subidas y bajadas, hasta para los más avanzados. Así, uno empieza a ver que los principios del yoga son aplicables a lo cotidiano. Por algo no se trata de una religión, como muchos piensan equivocadamente, sino una filosofía de vida.

Pero una cosa es estar en el mat o tapete; y otra, en una situación difícil. El sentido de hacer yoga puede ser, según Natalia Vélez, yogui y maratonista: “Dejar ir todo lo demás. Estar en la asana o postura. Observar el dolor, las sensaciones, las emociones y los pensamientos como si hubiese otro yo, que es el que observa”.

Esta aproximación, si se quiere meditativa, viene desde su origen en la India en el siglo XVII a. C. (hay varias discusiones sobre la fecha exacta). La fundadora de Neutra Bienestar, Angélica Soler, asegura que se desarrolló como una práctica “para permanecer en meditación sin que el cuerpo fuera un obstáculo”. Yoga significa unión en sánscrito, y así lo reafirman los yoguis actuales: una forma de conectarse con uno mismo, el universo, la naturaleza o, de ser creyente, con un ser divino.

¿Realmente sirve?

He escuchado varias veces que alguien no hace yoga porque no es flexible, o no tiene buen equilibrio o incluso porque está fuera de forma. Justamente se hace yoga, entre otros, para ser flexible, equilibrado y fuerte. Esto se refleja en el ámbito interno. Según Dorita Moreinis, de Studio Yoga, también se puede ser flexible en otros espacios de la vida: “El propósito puede ser: crear tu vida. Si nosotros mismos no hemos sido capaces de crear eso que queremos, el yoga te dice que estás encargado de tu vida, que pienses qué es lo que quieres y cómo lo vas a lograr”.

Si nos concentramos solo en lo físico, los expertos aseguran que hacer yoga de forma rutinaria tonifica, mejora la resistencia, flexibilidad, postura y circulación sanguínea, además de activar la energía y sanar el cuerpo de ciertas lesiones. Vélez se lesionó hace tres años durante uno de sus entrenamientos, “necesitaba el yoga para estirar y fortalecer si quería seguir corriendo. Empecé a hacerlo con la misma dedicación con la que corro. Desde entonces no me he vuelto a lesionar y corro con mayor concentración y fuerza mental”.

Leandro, cocinero y cantante lírico, también tiene una historia de recuperación: “Mi vida ha estado sentenciada al dolor por la artritis. Siempre cargué un miedo al movimiento, a la vida. Un buen día busqué a un maestro que me ayudara a mejorar mi movilidad. La mejoró tanto que ahora no me detengo. Imaginen a un cocinero con estrés y reuma, a un cantante lírico con miedo a caer en escena… y ahora imagínenlo haciendo todo esto con miedo pero con armas, con estrés pero con herramientas, con una mente oscura pero con una lámpara”.

El yoga también puede ser una manera de ayudar en los traumas y curar esas heridas que menos se ven y que más daño hacen. Luisa Fernanda, profesora de yoga en Bélgica, les enseña yoga a niños que llegan de países en guerra a ese país, que no solo tienen una especie de terapia, sino que aprenden el idioma: “Son niños que tuvieron una experiencia difícil y que a partir del juego en el yoga y la respiración alcanzan un estado de relajación”.

Incluso en Medellín, las Fundaciones Visibles y El Arte de Vivir ofrecen clases gratuitas de yoga para habitantes de calle con el fin de regular sus emociones y darles un espacio para ser escuchados.

Y otro caso, tal vez uno de los más comunes, es el de Alejandro, quien tras una decepción amorosa llegó al yoga y, en especial, a la meditación: “No descubrí ningún sentido especial de la existencia, ni me curé de enfermedades o de depresión. Solo era una sensación de placer conmigo mismo, como si todo el día me sintiera como si acabara de salir de una ducha de agua caliente. Era como una sensación de frescura y relajación”.

De tabúes y modas

Llego a la clase y puede ser mi primera o centésima vez, pero suele pasarme lo mismo. Me comparo con la persona que está al lado, que ya se para de manos y yo no, o con la celebridad de Instagram que hace yoga al frente de la playa y se ha vuelto vegana. No importa a veces cuáles sean mis avances, nunca es suficiente. Lo que esto me dice es que todavía estoy flotando en la superficie de una cuestión mucho más importante que una moda. Algo sé: existe un concepto más profundo aquí a donde solo se llega con algo más de esfuerzo y constancia.

A pesar del rechazo que la palabra moda pueda generar, a varios de los yoguis con los que hablé les parece “maravilloso” que la gente la practique, sin importar si llegó porque es ahora la tendencia entre ejecutivos estresados: “El yoga produce curiosidad y luego puedes ponerte a buscar significados más profundos. Mientras más personas tengan esta información, mejor”, asegura Moreinis.

Pero antes hay que desmitificar ciertas preconcepciones que la gente tiene sobre el yoga, como que “si eres católico no lo puedes hacer”, o que “solo puedes hacer yoga si eres vegetariano”, que no es cierto, aunque muchos practicantes sí lo sean por razones de salud o basados en el principio de no violencia. Otro tabú consiste en que el yoga es una “secta” de batas blancas e incienso que solo le importa meditar en la posición de flor de loto.

Aunque la meditación daría para una investigación aparte, Natalia Vélez tiene una manera de vincularla con el yoga: “Uno termina enamorándose de la meditación, pero eso viene después. Es como en las relaciones, tú conquistas primero con lo más ‘activo’ y con el tiempo empiezas a disfrutar momentos que te permiten conectarte mejor con el otro”. Conectar, o de nuevo el principio más importante de esta filosofía: la “unión” con uno, con el otro. Con el todo.

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